La crónica cósmica. Crónicas de rigurosa actualidad

La crónica cósmica. Crónicas de rigurosa actualidad
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El día de hoy, 15 de junio del 2019, será recordado por dos hechos que pasarán a la historia. Primero, porque yo cumplo sesenta y ocho años: ¡Toma ya, casi “na”! Y segundo, porque desde ahora estas crónicas cósmicas que publica conmochila serán de rigurosa actualidad en plan “Noticias de Última Hora”. La presente crónica podría llevar el mismo título que una de mis novelas, Circunstancial, o también la afirmación de que yo soy yo y mis circunstancias. Os lo aclaro.

Todo empezó cuando los amigos valencianos acabaron con mi relajado retiro de Chitwán en el Nepal y me pasearon por varios parques nacionales de Kenia. Fue entonces cuando la maldita burocracia india hizo una de sus maquiavélicas jugarretas y me acortó mi visado a tres meses. Al estar curado de espantos, me limité a cambiar mis planes y decidí que, tras ese período, que pasaría en las Colinas Kumaon, regresaría al Nepal, donde todavía me quedaban tres meses de visado de los cinco que conceden anualmente. Incluso hice ya la reserva ferroviaria hasta Gorakhpur, la ciudad india que queda a corta distancia de la frontera nepalesa cercana a Chitwán.

Sin embargo, estos nuevos planes también se alteraron cuando una tarde el Señor Lobo, mientras jugábamos al backgammon, me contó: “Estuve recientemente en Uzbekistán y te recomiendo echar una mirada a ese país, aunque sólo sea para visitar las cuatro maravillosas ciudades que son Patrimonio de la Humanidad”. Tras pensar en ello durante una décima de segundo, decidí hacerle caso a mi inteligente amigo indio: “¡Chelo Uzbekistán!”.

Al ser la temporada turística de las Colinas Kumaon, tuve que ir a Delhi en un abarrotado vagón de “sleeper class” porque los de A/C estaban todos reservados, hecho que demostraba que la clase media india tiene suficientes rupias en el bolsillo. Otra prueba de ello es que en Nainital, la capital del distrito, no quedaba una sola habitación libre.

En Delhi hacía un calor acojonante, 47º (tratad de imaginar el panorama cuando cortan el servicio eléctrico y los ventiladores o los acondicionadores de aire dejan de funcionar), y prometí largarme cuanto antes. Me instalé como las otras veces en el barrio de Paharganj (nombre que, sin razón aparente, significa “vecindario montañoso”).

Luego me dirigí a las oficinas de las Líneas Aéreas de Uzbekistán, la única compañía que volaba directamente hasta ese país, y mantuve la siguiente conversación: “Quisiera ir mañana hacia Taskent”, dije con mi confiada candidez habitual. “Tendrá que adquirir usted un billete de ida y vuelta”, me replicaron. “Es que a continuación yo quería ir a Kirguistán por tierra”. “Ni, ni, ni, ni”. Improvisando sobre la marcha, pregunté: “¿Vuelan ustedes a Bangkok?”. “Efectivamente, pero, a menos que tenga también otro tique para salir después de Tailandia, deberá regresar a Delhi”. Además, quisieron echar una mirada a mi visado indio. Todo aquello era kafkiano y empecé a mosquearme. Para que no faltase nada a tan absurdo cóctel, los horarios y los precios de los vuelos no eran de mi gusto. Al fin me di el gusto de mandarles al pedo porque tampoco me gusta ir adonde no quieren que vaya.

Siempre sobre la marcha, llamé a Air India, y al día siguiente partiría hacia Bangkok de camino a uno de mis destinos favoritos: Kanchanaburi y el Río Kwai. Tales cambios de rumbo no son insólitos, pues sería difícil recordar cuántos viajes habré planeado sin que llegasen a convertirse en realidad, o cuántos habré interrumpido a mitad de camino. La pura verdad es que, mientras recababa información acerca de Uzbekistán y babeaba ante las fotos de Samarcanda que me mostraba el Señor Lobo, tuve la constante sensación de que todo aquello iba a quedarse en nada.

De mañanita bebí el último chai frente al histórico y ahora clausurado Teatro Imperial, que los británicos construyeron en el año 1930, y a continuación tomé un taxi hacia el aeropuerto (podría haber ido en el Metro, pero se forman unas colas monumentales para conseguir los tiques y pasar los estrictos sistemas de seguridad con máquinas de rayos equis). Le alegré el día al taxista regalándole la última piedra de costo, y exclamó: Uttarakhand charas both achá.

Si tenéis que volar desde el Aeropuerto Internacional Indira Gandhi de Delhi, os aconsejo ir con tiempo de sobra. Debido a los habituales atascos de tráfico, necesitaría una hora para llegar allí. Luego tardé una hora más para facturar el equipaje y otra para pasar los controles de seguridad, en los que un funcionario iracundo trató como si fuesen escoria a unos pobres chicos de Bangladesh, y patearme la inmensa terminal hasta la puerta de embarque, que cambiaron varias veces obligándome a ir de un extremo a otro. Unos grandes letreros anunciaban “Number one airport in the world”, y yo, aparte de preguntarme quién habría hecho tal evaluación, pensé que, si por acaso, sería el número uno en lentitud.

El vuelo de Air India partió puntualmente hacia oriente mientras los monzones entraban en la India por el sudoeste, o sea por Kerala. Al ver desde el aire las áridas llanuras del Valle del Ganges imaginé que dentro de unos pocos días se hallarían bajo el agua y que unas semanas después se cubrirían con un manto de verdor. Este fue el único paisaje que contemplé, pues el avión, un “Boeing Dream Liner”, tenía unas ventanillas muy “modelnas” que la jefa de las azafatas oscureció automáticamente pulsando unas teclas del ordenador y me dejó con un palmo de narices antes de que sobrevolásemos las increíbles costas del Golfo de Bengala.

Aterrizamos en Bangkok cuando ya había anochecido y, para ganar tiempo, en vez de tomar el “Sky Train”, compartí taxi con una chica de Nueva Zelanda que iba al mismo barrio: el gueto turístico de Khao San Road.

Tras los 47º de Delhi, en esta ocasión la siempre bochornosa capital tailandesa me pareció agradablemente fresca. Me instalé en una pensión en cuyo jardín había un cartel advirtiendo: “Cuidado con los cocos” (que te pueden partir el coco al caer de los cocoteros). Al poco ya estaba saboreando una cerveza “Leo” en una terraza de una calle peatonal. Era el momento de las reflexiones y de asentar los recuerdos.

Pensé en una vieja trotamundos occidental que vivió varios años en las Colinas Kumaon haciéndose pasar por un hombre (chica práctica en un país tan machista) y que trabajó como maestro escolar sin que nadie descubriese el engaño.

Pensé en los mil incendios forestales (exactamente 1.030) que habían arrasado Uttarakhand durante estos dos últimos meses, quemando incluso algunas de las tiendas de campaña del lujoso camping de mi viejo amigo Amit.

Pensé en las espectaculares tormentas que a veces se encargaban de apagarlos y conseguían que las temperaturas descendiesen 10º.

Pensé en las antiguas fotos en blanco y negro que me mostró el Señor Lobo, gracias a las que descubrí asombrado que los bosques por los que tanto me gusta pasear son bastante jóvenes debido a que los anteriores árboles habían sido talados en tiempo de los británicos para plantar té, cuando consiguieron sustraer por primera vez semillas de China.

Pensé en la aguerrida norteamericana Miss Wallace, que tras permanecer media vida en las Colinas Kumaon dirigiendo un áshram cristiano primero y después un hospital, sigue residiendo allí a sus noventa y un años, y cuando se hace un lío con el ordenador acude con su jeep a pedir ayuda al Señor Jabalí.

Pensé en los drones que se usan actualmente para transportar sangre hasta las aldeas más aisladas de las montañas.

Pensé que la cultura general de la población “pahari” de esas tierras era muy limitada, y muchas veces errónea, además de estar plagada de supersticiones absurdas: “Beber agua después del chai es malo para la salud”.

Pensé en la larga barba de vagabundo que me había crecido durante esos dos últimos meses y que yo, al vivir en una casa en la que no había un solo espejo, no me había apercibido de ello.

Pensé que, como en otras ocasiones, esas semanas en las Colinas Kumaon habían transcurrido en un santiamén.

También pensé sonriendo en algunas de las típicas costumbres de los indios: cuando les pides algo, por ejemplo, un arroz frito en un restaurante o unos pantalones en una tienda, es inevitable que te pregunten cuántos quieres: “Si te parece voy a comerme veinte platos de arroz frito. ¡Anda ya!”. Diálogo para besugos en una cafetería de Paharganj en la que vendían cerveza ilegalmente y te la servían en un vaso de papel como si fuese un refresco: “¿Quiere una cerveza grande o pequeña? La grande cuesta doscientas cincuenta rupias y la pequeña ciento cincuenta”. “Ponme una grande”. “No tenemos”: ¡Ja, estos indios están locos!

Despedida y cierre: Antes de irme a la cama y dar por terminada tan larga jornada, pedí un mojito, y pensé: “¡Rediós, que bella es la vida!”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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