La crónica cósmica. Diferentes razas y nacionalidades

La crónica cósmica. Diferentes razas y nacionalidades
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DOCE HORAS MOVIDITAS. 4:30 de la mañana: ducha, chai y porrito. 5:30: recorrí los seis kilómetros hasta Tari Bazar en el tuk-tuk de un vecino con el que había quedado el día antes. 6 horas: salté del triciclo justo a tiempo de subir en un microbús que pasaba. 6:45: la misma situación se dio en la ciudad de Narayanghat, donde tomé inmediatamente otro microbús.

9:45: llegué a Pokhara y paré un taxi: “A la Oficina de Inmigración”. 10 horas: crucé la puerta en el momento que también lo hacían los cuatro funcionarios que tramitaban los visados. 10:15: pagué la exagerada suma de cuatro dólares por cada día de extensión hasta el 29 de mayo (¡Malditos maoístas capitalistas!). 10:30: regresé al bazar en el mismo taxi. 10:45: chai y bidi. 11 horas: partí de vuelta a Narayanghat en otro microbús, adonde llegué cuatro horas después. Con otros dos vehículos parecidos, repetí a la inversa el recorrido de la mañana pasando por Tari Bazar. 16:30: fin de esa entretenida carrera con la satisfacción de haber conseguido mi visado.

Valga añadir que, al saber que en los autobuses compartiría el espacio con un montón de gente, me había comprado una de esas máscaras que cada día son más caras y que, supuestamente, sirven de protección contra el coronavirus. Cuando me la puse descubrí que era de talla asiática y no servía para un semita narigudo como yo. Entonces me reí recordando el día en que visité a mi amigo el Señor Chacal en su tierra natal de Assam y me llevó de paseo en su moto Enfield: me entregó un casco que había sido fabricado en la China y, al cerrar la visera, comprobé que no había suficiente espacio para mi narizota. ¡Ja!

Al día siguiente me puse a teclear con la sensación de empezar un nuevo período de mi vida. Umm, no hace falta ser un visionario, ¿verdad?, porque en los próximos tres meses van a darse unos hechos que lo van a cambiar todo.

LA TABERNA GALÁCTICA

Érase una vez que, en la puerta de mi antro predilecto, me detuve atónito al ver que prácticamente la totalidad de la clientela eran mujeres. Además, parecía una representación de las Naciones Unidas porque las había de diferentes razas y nacionalidades. Me adentré entre ellas tímidamente preguntándome si me mandarían a paseo en cuanto sacase mi grabadora. Afortunadamente, al llegar junto a la barra encontré a una vieja amiga que me presentó diciendo que, por ser un hombre, no era un mal bicho, y las demás aceptaron contarme alguna anécdota de su vida.

La primera en hacerlo fue una rusa pelirroja, cuarentona y corpulenta: “A principios del Siglo XX, el bisabuelo de un amigo mío hizo negocios con el califa de Damasco y éste le regaló parte de su harén, exactamente doce concubinas. Pero cuando regresó a Rusia con aquel espectacular equipaje, el Zar le obligó a quedarse sólo con una, que sería la bisabuela de mi amigo”.

La siguiente en hablar fue una nepalesa de una edad parecida a la de la rusa: “Yo trabajo de cocinera en un resort de lujo que se halla dentro del Parque Nacional de Chitwán. Durante los últimos monzones hubo unas inundaciones terribles que nos dejaron aislados cuando teníamos ochenta huéspedes occidentales y poca comida en la despensa. Empeorando las cosas, no podrían traernos víveres en helicóptero porque el resort se encuentra en una zona cubierta de árboles en la que no es posible aterrizar. Hubo disputas e incluso algún conato de motín como si estuviésemos en una barca perdidos en medio del océano. También como si fuésemos náufragos, tuvimos que racionar la comida. Quien nos sacó del atolladero y convirtió aquel incidente en una fiesta fue un chaval que me ayudaba en la cocina y que, en su aldea junto al Río Rapti, era muy aficionado a la pesca. ¡No se nos había ocurrido que bajo aquellas aguas que nos rodeaban pudiese haber peces, muchos peces, a los que todo el mundo, ya fuesen huéspedes o empleados del resort, nos dedicamos a pescar con cañas y redes improvisadas! ¡La imaginación al poder!”.

Una chica nepalesa de ojos rasgados que no tendría más de veinte años y fumaba un aromático porrito, nos asombró contando: “Trabajo en el cuerpo de policía de Katmandú y recientemente nos ordenaron quemar ochenta kilos de un costo excelente que habían requisado a un hampón. Al ver aquel montón de paquetitos que se iban a convertir en humo, los diez agentes que participamos en la operación nos comunicamos con la mirada y cada uno arrambló con algunos”.

Ahora tomó la palabra una joven india: “Mi abuelo se ganaba la vida haciendo bidis que después vendía en el bazar. El tabaco lo compraba a granel, pero para conseguir las hojas se metía en la jungla y las recolectaba del árbol que prefería. Primero las secaba, luego las metía en agua y las cortaba dándoles la forma y el tamaño adecuados. Después de liar un centenar de bidis, los juntaba y ataba con un cordel y, para terminar, les tostaba la cabeza colocándolos un momento sobre una plancha metálica caliente”.
La siguiente en acercarse al micro fue una italiana campechana y sonriente que me preguntó:

“¿A ti te da más vergüenza tirarte un pedo si estás entre mujeres que con otros hombres?”.

Aunque no hizo falta que respondiese, pues lo hizo la concurrencia con una carcajada general, pensé que ella estaba en lo cierto, y que los seres humanos tenemos lo que podría denominarse vergüenza sexual. Sin embargo, la italiana todavía me tenía preparada otra pregunta curiosa: “¿Y no crees que es una pena que se hayan dejado de usar los biombos, que eran unos muebles muy eróticos?”.

A continuación, me acerqué a una galesa de la que, por su curtido aspecto, adiviné que sería una experimentada trotamundos. A pesar de confirmarme que así era y que había puesto los pies en todos los continentes, no me habló de sus aventuras, sino de otras viajeras, de las que dijo que se merecían un homenaje: “Jeanne Baret, que era francesa, fue la primera mujer en dar la vuelta al mundo. Lo hizo entre los años 1766 y 1769 acompañando al botánico Dr. Philibert Commercon en un barco de la Marina Francesa. En esa época estaba terminantemente prohibida la presencia de mujeres en esas embarcaciones, pero ella, disfrazándose de hombre, logró pasar desapercibida entre ciento dieciséis marineros. Fue desenmascarada y obligada a desembarcar en Isla Mauricio, cuando ya había navegado por seis océanos y descubierto setenta nuevas especies de plantas”.

La galesa tomó un buen trago de su cerveza y siguió hablándome de otras heroínas intrépidas: “Amelia B. Edwards era una escritora inglesa, nacida en 1831 y fallecida en 1892, que viajó por Oriente Medio y Egipto, y afirmaba: “El cansancio no significa nada para mí y el peligro no tiene nada que ver conmigo. No tengo miedo de nada”. Otra viajera indómita fue Rosita Forbes. También era inglesa y vivió entre los años 1890 y 1967; ella decía: “Al buscar un comienzo mío como persona lo encuentro navegando en un carguero entre Massava y Suez”. Para terminar, deja que te presente a la escritora y viajera estadounidense Martha Gellhorn, nacida en Misuri en el año 1908 y fallecida en Londres 1998, quien decía: “Sólo tengo que ir a otro país, otro cielo, otro idioma, otro paisaje distinto, para saber que vale la pena vivir”.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Cuando yo era joven sentía vergüenza ajena de la España franquista (¡Puta república bananera!), y ahora la siento de la Tierra y de sus líderes.
  • Reparte amor, y no temor.
  • La prueba de que no me asusta conocerme es que valoro y me gusta que la gente me señale tics y costumbres que tengo y no advierto.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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