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La crónica cósmica. ¡Eres catalán, catalán!

¡FELIZ TIHAR! – Sauraha, Nepal. Estos días estamos celebrando Tihar, que en la India se llama Diwali o Deepavali. Es la festividad familiar de las luces, los regalos, las comilonas y los fuegos artificiales, dedicada a la diosa Laxmi.

El primer día, anteayer, se honoró a los cuervos, a los que se dio la bienvenida y se alimentó como a reyes; tales pájaros, que son la hostia de listos, se juntaron en grandes bandadas con si supiesen exactamente en qué fecha nos hallábamos.

Ayer le tocó el turno a los perros y, aparte de darles buena comida, se les colocaron guirnaldas de flores en el cuello. Como cada año, al Pelut, el perro de esta casa, le pareció una mariconada y puso mala cara: no paró hasta que logró librarse de la guirnalda.

Hoy es el día de las vacas, y se les permitirá pastar libremente aunque masacren los huertos. Mañana, al fin, serán mimados los humanos: las mujeres rezarán a la Muerte para que conserve un año más la vida de sus hermanos. Narmada, la esposa de mi amigo Shankar, me dará este trato como si yo perteneciese a su familia y me pintarrajeará la frente de rojo con una aparatosa marca hindú llamada tilak.

Supongo que os enterasteis de que en Nepal hubo un nuevo terremoto que, en la parte occidental del país, dejó más de un centenar de muertos. En realidad tuvimos una docena larga de sacudidas, que aquí en Chitwán no causaron daños y que yo no noté porque estaba durmiendo en cada ocasión: es mi sino, pues la mayoría de terremotos en que he estado durante mi vida me cogieron roncando a pierna suelta.

Recuerdo una vez en la Selva Negra de Alemania en que sí me desperté porque mi centenaria casa de madera estuvo removiéndose ruidosamente un buen rato de un lado a otro: “¡Crac, crac, crac, crac!”.

FAUNÓPOLIS – Este gran jardín de Sauraha ya va tomando el aspecto otoñal y algunas mañanas despierta cubierto con el manto de niebla que asciende del río Rapti. Han empezado a llegar los preciosos patos Brahmanes que habrán pasado el verano en sitios como Siberia.

Docenas de ruidosos cuervos se juntaron para velar a uno de ellos que fallecía en el suelo tras electrocutarse con un cable eléctrico.

Adaptándome a las estaciones, ahora, en vez de buscar la sombra, paso ratos tomando el sol en el jardín y me entretengo contemplando los incontables insectos y mariposas que pululan sobre las flores y los capullos escarlatas de unas matas llamadas “cresta de gallo” (chicken crest), como si fuesen comederos.

Estuve viendo el reportaje de un experimento muy interesante en el que se comprobó cómo reaccionaban los animales al hallarse inesperadamente frente a un gran espejo de material sintético e irrompible. Las panteras, las águilas y los pollos, tras pegarse un buen susto, se atacaban encarnizadamente, mientras que los macacos, los chimpancés, los orangutanes, los delfines y los elefantes se reconocían a sí mismos.

A un joven elefante doméstico le colocaron un adhesivo en la frente y él se lo palpó con la trompa como preguntándose de dónde habría salido.

PASO A PASO – Koh Samui, Tailandia, otoño de 1987. Continúa de la crónica anterior. Hoy he decidido dedicar más espacio a este capítulo de “Paso a paso” porque deseo presentaros a un personaje muy interesante, digno de la Taberna Galáctica, que conocí en ese primer viaje a Tailandia. Os lo cuento.

Mientras los días transcurrían rápidamente en mi tranquila residencia, en la playa de Bophutme, me descubría repetidamente con la mirada puesta en las cercanas costas de Koh Phangan, como si escuchase la llamada de esa isla.

Al saberme de otro clan y sentir poca atracción por los occidentales que venían al país con la exclusiva intención de follar y beber, ni por un momento sentí la tentación de ir hasta la zona turística o tan siquiera visitar las bellezas naturales de Koh Samui. El único desplazamiento lo hice acompañando a Mauro hasta Chaweng, la pequeña ciudad donde se hallaba el puerto.

El italiano y yo nos separamos para dedicarnos cada a uno a nuestros asuntos. Después de adquirir las cuatro cosas que necesitaba: velas, incienso, el periódico Bangkok Post y algunas chucherías dulces para meter en la boca si los efectos de la maría lo exigían, deambulé un rato sin sentir el mínimo interés por aquel lugar y busqué un bar con aire acondicionado donde refugiarme del abrasador bochorno.

Puse los ojos sobre un pequeño local donde servían pan y quesos franceses. Al cruzar la puerta mi boca se humedeció. Pedí un bocadillo de queso azul y una cerveza Singha, muy fría.

Aparte de mí, el único ocupante de la casa era un occidental con el pelo blanco y el aspecto de llevar tiempo por los alrededores. Al oír mi acento me preguntó si era español. Al responderle afirmativamente añadió: “Y además eres catalán, ¿verdad?”. Al descubrir que ambos proveníamos de Barcelona, empezamos a hablar en catalán.

Se llamaba Pau, tenía cincuenta y dos años y en pocas ocasiones había salido de nuestro país. Había sido un rico empresario que tocaba teclas por todos lados hasta que su mundo se vino abajo en un solo día.

«Fue el diez de febrero de 1982, cuando los inspectores de Hacienda se me echaron encima y me bloquearon todas las cuentas corrientes. Mi abogado me acabó de alarmar advirtiéndome que tenía muchas probabilidades de que me impusiesen una multa que sería incapaz de pagar, que me quitarían todas las propiedades y que incluso podría terminar entre rejas», me explicó Pau.

«El debacle incluyó que mi esposa me pidiese el divorcio. Curiosamente, me tranquilizó saber que mi mundo se desintegraba. Dejé de escuchar a mi abogado y planeé mis siguientes pasos. Aquella misma tarde crucé la frontera de Andorra, vacié la caja de seguridad que tenía en el banco Crèdit Andorrà y al día siguiente llegué al aeropuerto Charles De Gaulle, donde embarqué hacia Tailandia.

Había estado aquí durante unas cortas vacaciones, que aproveché para recabar información con miras a posibles movidas comerciales. Escogí instalarme en Koh Samui pensando que sería más fácil hacer negocios con los otros occidentales y pasar desapercibido entre ellos. Con un ciclomotor que alquilé hice un recorrido exploratorio y supe qué faltaba en esta isla, o sea qué se podía vender. Empecé por los periódicos extranjeros, de los que llegaban muy pocos y con muchos días de retraso.

Por casualidad, en el aeropuerto de Bangkok había observado que el personal de limpieza de los aviones no tiraba a la basura los periódicos que los pasajeros solamente habían hojeado, sino que los metían cuidadosamente aparte: ahí estaba otra muestra del mercado de segunda mano. Un mercado que en el Tercer Mundo se encuentra por todos lados, puesto que había alguien que pagaba a tanto el kilo aquel papel impreso para revenderlo después por otro lado. Lo mismo hice yo después de lograr los contactos necesarios.

Cada mañana venía hasta el puerto para ver llegar el transbordador y recoger el paquete que contenía periódicos de todo el mundo con fecha del día anterior. Era un envío que había cruzado el país en el maletero de un autocar nocturno, cuyo chofer se lo había entregado a un camarero del transbordador de Sura Thanni; éste lo depositaba en mis manos en cuanto llegaba aquí y yo recorría diversos quioscos a los que vendía tan preciado material para los occidentales hambrientos de noticias.

Los orientales, a pesar de ir cortos de imaginación a la hora de inventar, son los reyes cuando se trata de copiar y sólo fue cuestión de tiempo para que algún avispado tailandés plagiase mi idea. Sin embargo, para entonces yo ya había ideado un nuevo negocio: el pan era otra adicción que los occidentales echaban en falta a la hora del desayuno y, tras encargar esto aquí y aquello allá, al poco ya estaba repartiendo sacas de panecillos por diferentes comercios, hoteles, restaurantes y cafeterías.

Cuando también me copiaron, encargué en Bangkok los quesos más populares y monté este chiringuito que me aporta buenos beneficios».

“Definitivamente eres un comerciante nato”, le dije admirado.

Y Pau añadió: “Compulsivo, diría yo. Hace un año, durante las Navidades, fui a Australia de vacaciones. Una mañana, mientras desayunaba en un hotel de Sidney, leí en el periódico el anuncio de una fábrica de juguetes que liquidaba todo su material por cierre de la empresa.

Cinco minutos más tarde tomaba un taxi pidiéndole al chofer que me llevara a la dirección que aparecía en el periódico, y una hora después acordaba la compra por un precio irrisorio de un montón de juguetes que ni tan siquiera me había molestado en mirar; un precio que, eso sí, incluiría el transporte del material hasta la dirección que yo les daría posteriormente. El resto del día lo pasé recorriendo diferentes partes de la ciudad hasta hallar un local que me convenciera, tanto por la situación como por el precio.

Escogí uno que estaba en una calle céntrica, aunque no fuera una vía principal, y se hallaba en los bajos de un bloque recién levantado. Medía trescientos metros cuadrados y su única decoración era la fea persiana metálica que servía de puerta. El administrador se sorprendió cuando le dije mi intención de alquilar el local por días, pero al ofrecerle el doble de lo que pedía por la mensualidad si me lo quedaba todo un mes, acabó aceptando.

Como te puedes imaginar, esta no era mi intención. A la mañana siguiente yo mismo subí la persiana del local y colgué unas sábanas anunciando, con grandes letras, la venta de cualquiera de aquellos juguetes por un solo dólar. Me dispuse a esperar la reacción de la gente.

¿Funcionaría a mi idea o sería un desastre? La respuesta fue un sí absoluto. A media mañana el local se hallaba abarrotado de clientes que querían comprar regalos navideños, y por la tarde incluso se formaron colas en la calle. Dos días más tarde pude devolver las llaves del local habiendo vendido el último juguete y ganando el doble de lo que había invertido”.

Exclamé: “¡Eres catalán, catalán!”.

Y Pau terminó diciendo: “Sí, catalán descendiente de fenicios y judíos, pero además hombre práctico. Como tal te daré un consejo: si te quedaras a vivir en alguno de estos países tropicales y, como es de suponer, te enrollaras con alguna mujer local, no legalices nunca tu relación con ella, porque mientras seas su amante te mimará de maravilla pero, por el contrario, en cuanto te conviertas en un esposo legal descubrirás que te has casado con una mujer muy astuta que jugará contigo como quiera. Yo vivo con una viuda que cuida de mí con mucho esmero gracias a la inseguridad del mañana”.

Me despedí de Pau y fui a reunirme don Mauro para regresar a la plácida playa de Bophut”. Continuará.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 948 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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