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La crónica cósmica. Fuera de sitio

La crónica cósmica. Fuera de sitio
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FUERA DE SITIO. Debido a los continuados halagos que he soltado acerca de Vietnam durante estos dos últimos meses, pues este país lo tiene todo, comprenderéis que sea un destino muy turístico; así que cuando me dirigí hacia el que es sin duda alguna el lugar más espectacular y único, la Bahía de Ha Long, lo hice dando por sentado que no estaría precisamente solo. Lo que no sabía (gracias a mi falta de información habitual) era que acababa de empezar la temporada alta, con lo que los precios se triplicarían, y que, sobre todo los fines de semana, los hoteles estarían llenos ya fuese de familias vietnamitas o de turistas occidentales.

De todos modos, la visita era obligada porque, de otra manera, sería como si hubiese ido a Egipto y no le echase un vistazo a las Pirámides. Pero empecemos por el principio. Hice el viaje de dos horas desde Hanoi hasta la costa sentado junto al conductor del autocar (siempre me las arreglo para subir el primero, igual que lo hice a continuación en el transbordador para conseguir el mejor asiento), y volví a gozar de los espectaculares paisajes vietnamitas que en esta ocasión me mostraron unas infinitas llanuras regadas por ríos y lagos en las que los arrozales habían cedido el sitio a los árboles frutales, las bananeras y los huertos: “¡Cuánta riqueza”, exclamé de nuevo (ayer miré una película española y me sorprendió la aridez de sus tierras). El agua ya lo cubría todo mucho antes de llegar al mar.

Un corto recorrido en barco entre manglares me llevó a la Isla de Cat Ba, y otro autocar hasta Cat Ba Town circunvalando las junglas del parque nacional que lleva el mismo nombre (Cát Bà). Mis cándidas intenciones eran las de pasar allí las últimas semanas del visado, pero empecé a cambiar de opinión en cuanto puse los pies sobre el asfalto porque, a pesar de tener a mi derecha una preciosa bahía encerrada entre islotes rocosos y salteada de barcas de pesca sobre las que volaban docenas de milanos, a la izquierda se levantaba un muro de altos hoteles que me recordaron a los de Benidorm.

Tras sudar un rato yendo de un lado a otro me confirmaron que dos días después (el viernes) no habría una sola habitación libre, y me instalé en el “Phuong Mai Family Hotel”, negocio familiar que el marido completaba con una peluquería mientras su esposa hacía masajes; ambos no dejaban de bromear y desternillarse a toda hora, y él me soltó de entrada: “En la nevera tienes agua y cerveza, pero ninguna mujer”.

Durante el resto del día completé mi “estudio de mercado” comprobando que me hallaba en el lugar equivocado (o fuera del que sería mi ecosistema ideal): “¡Rediós, esto parece Lloret de Mar en agosto!”, me dije en más de una ocasión al ver pasear a las numerosas familias vietnamitas. Empeorando las cosas, una avería había dejado a la isla sin electricidad, y todos los hoteles solucionaron el problema poniendo en marcha unos ruidosos generadores que al llegar la noche competirían armando barullo con los numerosos karaokes que había por doquier.

Dejad que complete esta imagen recordándoos que los vietnamitas te montarán una cafetería en cualquier acera o plaza trayendo cuatro taburetes de plástico, y en Cat Ba Town lo hacían también con unos karaokes para los que sólo necesitaban un equipo de música sobre ruedas que, a pesar de su exagerada potencia, en realidad no ocuparían más espacio que una de esas maletas “modelnas”.

Sentado en una terraza con una cerveza “Saigón” en la mano mientras veía pasar bicicletas tándem en las que quién iba detrás no pedaleaba y tenía la atención puesta en su teléfono, me dije: “Este no es tu sitio y será mejor que te largues cuanto antes”.

El peluquero-hotelero me vendió un tique que me llevaría por la mañana de paseo en barco y por la tarde de vuelta a Hanoi. Aunque supiese dónde me metía, tuve que apelar a todo mi control mental desde el momento en que empezó el espectáculo y, al embarcar, me encontré dentro del esperado grupo de simpáticos y dicharacheros turistas occidentales; sí, sí, ya sé que lo mío no es normal, pero…. De todos modos, en cuanto nos adentramos en la Bahía de Ha Long (Patrimonio de la Humanidad) no me costó hacer abstracción del personal y de sus esperadas conversaciones (“¿De dónde eres?”, “¿Dónde has estado?”, ¿Cuánto tiempo llevas en Vietnam?”) porque todo lo que contemplaba era simplemente increíble: ¡A pesar de haber visto algunas fotos con anterioridad, me quedé boquiabierto, y continué así todo el rato! No voy a intentar describir el laberinto que incluía literalmente miles de islitas kársticas recubiertas de verdor y erosionadas por el mar bajo las que se llegaban a formar túneles (a veces quedando soportadas solamente sobre un trípode).

Mi viejo y buen amigo californiano (cuya novia es vietnamita y precisamente de Cat Ba) me escribió pidiéndome que le mandase alguna foto, y aprovecharé estas líneas para decirle que, entre otras rarezas (por ejemplo, las orejas de elfo), los marcianitos no usamos cámaras ni teléfonos.

El programa incluía un paseo en kayak que, afortunadamente, yo pude hacer a solas, pues la ida hasta una cueva-túnel y una cala escondida fue muy fácil porque la marea te empujaba hacia allí, mientras que la vuelta, claro, resultó todo lo contrario, y no me hubiese gustado llevar conmigo (que soy un buen remero) a alguno de los papanatas que se hacían la picha un lío.

Al vestir únicamente el bañador y caer sobre mí el achicharrante Sol tropical, perdí rápidamente mi habitual blanca palidez y regresé al barco con el aspecto de un cangrejo. Pasé el resto de la jornada soñando con desembarcar (¿desagruparme?). Me apetecía tan poco charlar con los demás que, cuando me encontré rodeado de un grupito formado por castellanos, vascos y argentinos, mantuve la boca cerrada sin identificarme, y me limité a escuchar que todos tenían unos problemas parecidos para conseguir habitación (incluso se habían visto obligados a cambiar diariamente de hotel o a dormir cuatro en una doble).

Llegada la hora de comer me las arreglé para hacerlo con los únicos vietnamitas presentes, un simpático matrimonio con tres críos que buscaron la soledad de la cubierta superior: ¡Bien! El resto del recorrido por aquella colección de islas nos paseó entre auténticas aldeas flotantes de pescadores, y al fin nos llevó a “Monkey Island”, donde había más turistas que monos.

EN LA TABERNA GALÁCTICA. Con tan sólo verle adiviné que me hallaba ante un personaje especial, y no me equivoqué. Tras presentarse diciendo que era parisino y se llamaba Nicolas Queune, me contó con un deje de sonrisa feliz en la cara: “Desde hace cinco años estoy recorriendo el mundo a pie. Antes de venir a Vietnam me pateé el Japón y después fui a Nueva Zelanda, Australia, Malasia, Tailandia, Camboya y Laos. No resido jamás en hoteles, e instalo mi tienda de campaña en cualquier lugar de la jungla o en las estaciones de tren. Descubrí que mi vida burguesa era muy insípida al leer la web www.toutemarchant.com en la que se contaba la historia de dos franceses que hicieron lo mismo. Fue como si hubiese recibido la Iluminación, y lo preparé todo en diez días. Hasta ahora he andado ocho mil kilómetros, y en el camino he perdido cincuenta kilos de los ciento veintitrés que pesaba entonces. Si lo deseas puedes leer mis diarios en la página de Facebook <Expedition One Piece Francais>”. Me despedí de Nicolas con la satisfacción que siento cada vez que conozco a un nuevo miembro de mi tribu.

MIRA LO QUE PIENSO.

  • El amigo valenciano publicó hace un tiempo “Una cerveza con Luis Garrido-Julve” a la que os recomiendo echar una mirada; en ella aparezco yo como actor secundario, y quiero mencionar que, a pesar de tener aparentemente cara de mala leche (que quizás se deba a la posición de mi deteriorada dentadura postiza), yo estaba del mejor humor y ni tan siquiera recuerdo la última vez en que me cabrease.
  • Mi admirado El Roto opina así: “El orgullo patrio es una absurdez. Sentirse orgulloso de ser de un sitio en concreto, una estupidez”. “Cambiaban las banderas de un país a otro para que no se notara que gobernaban los mismos”.
  • Yo pregunto: “¿No es así que insultar a alguien llamándole narigudo o imbécil es un mal menor si es cierto, mientras que será mucho peor difamarle porque incluirá la mentira?
  • ¿Sabíais que por debajo del Nilo corre un río subterráneo que tiene cinco veces más de caudal?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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