La crónica cósmica. La alfombra voladora

La crónica cósmica. La alfombra voladora
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Igual que en cada ocasión, al empezar a teclear esta crónica recito ceremoniosamente, “la aventura continúa”. Luego hago constar en el cuaderno de bitácora: destino desconocido. Y para terminar os aconsejo que dejéis volar vuestra limitada imaginación.

Ayer se presentó ante la puerta de mi cabaña uno de esos vendedores ambulantes de alfombras que os mencioné anteriormente, con la salvedad de que éste no era nepalés, sino de Cachemira. Al saber por experiencia que esa tierra produce los mejores comerciantes del mundo, me dije, “Ay, ay, ay”.

Mis temores se confirmaron cuando, tras explicarle que no necesitaba ni quería una alfombra, me susurró mirando precavidamente a uno y otro lado, que una de sus alfombras era mágica.

“¡Mágica?! ¿Qué puede tener de mágica una alfombra?”, le pregunté con evidente incredulidad.

Y el cachemir me dejó de piedra al responder: “Es una alfombra voladora”.

Sin darme tiempo a digerir esa información, extendió sobre el suelo del porche una alfombra rectangular, que mediría tres metros de largo por dos de ancho. En ella dominaba el color granate, pero si mirabas con atención veías que tenía tejidas, con todo detalle, un sinfín de diminutas escenas de jungla en las que había animales y plantas.

“¿Sabes?”, le repliqué sonriendo con presunción, “hasta hoy creía haber visto de todo; pero me equivocaba, pues nunca me había cruzado con alguien que tratase de venderme una alfombra asegurando desvergonzadamente que fuese voladora…”.

Mis palabras se quedaron en el aire, y mi asombro ya no tuvo límites, al ver que el cachemir pronunciaba algo parecido a “abracadabra” y la alfombra se elevaba a un metro del suelo; altura a la que se mantuvo al recibir una nueva orden.

Si yo hubiese sido más emocional, supongo que ser testigo de un hecho tan insólito me habría maravillado tanto como para dejarme la mente bloqueada; pero al no ser ese el caso, pensé inmediatamente en las ventajas que podría aportarme aquel prodigio. ¡Lo que me ahorraría en billetes de avión y en horas de autobús! ¡Y a tomar por el culo con las aduanas y los visados!

Deseché una duda porque no tendría una respuesta: ¿existirían asimismo camas, sillones y sofás voladores?

¡Maldita sea, al astuto cachemir no se le pasó por alto el interés que se había pintado en mi rostro y me apretó con el precio! El largo regateo que vino a continuación fue la confirmación de lo que os decía antes acerca de los renombrados y habilidosos comerciantes de Cachemira, que te podrían convencer de comprar una nevera en el Polo Norte o una estufa en una isla tropical. ¡Con qué picardía movía él sus fichas! Por cierto, y ya que mencionó las fichas, nuestro “tira y afloja” dio tanto de sí como para que mientras tanto jugásemos unas partidas de backgammon y fumásemos una cuantas jucas (“hookah”) salteadas con buen costo de su tierra.

Os confesaré que la puta alfombra voladora me costó un pastón, pero fue una inversión que hice a gusto porque espero sacarle un buen provecho económico transportando pasajeros de un lado a otro. Estoy seguro de que, precisamente ahora, con el histerismo virulento que está cerrando fronteras y cancelando vuelos, pagarán a gusto el precio que les pida.

A vosotros, como oferta de lanzamiento, y también por ser seguidores de “Conmochila”, os llevaré gratuitamente de paseo. Por si hay alguno al que le atemorice volar, os aclararé que mi alfombra voladora es más segura que el mejor de los aviones y no sufriréis turbulencias. ¿Vamos allá?

Pronuncio la contraseña secreta, que no es precisamente abracadabra, y la alfombra voladora se activa. Nos elevamos por encima del soleado jardín de la pensión en que me hospedo (supongo que no hará falta repetir, como cada semana, los nombres de Sauraha, Chitwán y Nepal, ¿verdad?).

Sobrepasamos la copa del tamarindo que da sombra a mi cabaña, nos dirigimos hacia el este, y al llegar al bazar pongo el freno de mano para contemplar debidamente un espectáculo entrañable e insólito: un rinoceronte jovencito al que todavía no le ha crecido el cuerno recorre tranquilamente la calle como Pedro por su casa y, uno tras otro, va entrando en los jardines buscando flores y hierba tierna que comer. Aunque, lógicamente, lo echan de cada sitio, lo hacen con amabilidad sin darle de palos, y él regresa a la calle pensando ya en la siguiente incursión mientras es seguido por un numeroso grupo de curiosos.

Continuamos nuestro viaje aéreo dirigiéndonos hacia el este. En Tari Bazar, que se halla a seis kilómetros de distancia, nos encontramos con una situación parecida a la anterior, aunque ahora se trata de un espectacular rinoceronte adulto que ha cruzado lentamente la carretera principal cortando el tráfico rodado y toma precisamente el camino de Sauraha, población que terminará atravesando de cabo a rabo.

Le doy al pedal del gas a la alfombra y volamos otra vez hacia oriente. Al rato ya vemos la capa de humo que cubre Dhaka, la capital de Bangladesh, que es una de las ciudades más polucionadas del mundo, junto con Delhi y Pekín. Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, ocho millones de niños mueren anualmente en el mundo debido a la polución del aire. Si comparáis esa aberrante cantidad, que aceptáis pasivamente al residir en ciudades que son auténticos campos de exterminio, con la de las defunciones provocadas por la epidemia de coronavirus, ¿no os parece que el histerismo global que se ha desencadenado es simplemente patético?

A continuación, nuestra alfombra nos lleva a Tailandia, país que al fin ha empezado a luchar contra la constante proliferación de basura plástica y, aparte de haber prohibido las bolsas de un solo uso, en los mercados se venden unas de tela. ¿Sabíais que el inventor del plástico creía que iba a salvar al mundo? Supongo que, igual que tantos otros líderes y pioneros, debe estar removiéndose en su tumba al ver lo que hemos hecho con su idea.

Con vuestro permiso, haremos una parada en mi querida Kanchanaburi y tomaremos una cerveza “Leo” junto al Río Kwai, viendo como un grupo de chicas alimenta a los felices y gordinflones peces bigotudos que viven en la laguna del templo chino.

De nuevo en ruta, pasamos por encima de Bangkok, inmensa metrópoli que se extiende en todas direcciones y que será de las más afectadas cuando el aumento de las temperaturas provoque la subida del nivel del mar. Actualmente muchos de sus barrios acaban bajo el agua con cualquiera de los frecuentes y fuertes chubascos que la riegan.

En esa ciudad, que es la más poblada de Tailandia, se ha inaugurado la primera “Cannabis Clinic”, donde se cura a los enfermos con medicinas derivados de la maría. ¡Bien!

La siguiente parada de nuestro periplo aéreo nos lleva a Quang Tri, en el centro de Vietnam. Durante la guerra contra Norteamérica, este lugar fue zona desmilitarizada y, actualmente, sigue cubierto de bombas y minas personales que un equipo de valerosas y heroicas mujeres se dedica a desactivar. ¡Desde el fin de aquella absurda contienda, esas bombas de relojería han causado más de 40.000 muertos! ¡Hay más de 6’1 millones de hectáreas de tierra que no se pueden cultivar!

Ahora sobrevolamos la extensa colección de volcanes de Java, isla en la que también se ha multiplicado la irrupción de basura sintética proveniente de Occidente, que usan como combustible en muchas fábricas, sin preocuparse de los gases tóxicos que desprende o de los efectos que pueda tener en los habitantes de las poblaciones cercanas.

Para quitaros el mar sabor de boca que os puedan haber dejado esos últimos datos, terminaremos nuestro paseo aéreo en el idílico Lago Toba de Sumatra, donde el aire es puro y las temperaturas rozan la perfección.

Por favor, continuad sentados y con los cinturones de seguridad abrochados hasta que nuestra alfombra voladora aterrice. Deseamos que el vuelo haya sido de vuestra entera satisfacción y en el futuro esperamos teneros de nuevo con nosotros.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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