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La crónica cósmica. Me sentí a gusto y como en casa

DE BANGKOK A NUEVA DELHI – Difícilmente podrían haber diferencias más extremadas que las que hay entre Silom, el barrio en que me alojé en Bangkok, y Paharganj, mi domicilio habitual cuando estoy en Nueva Delhi. Unas diferencias que aprecias mejor si te trasladas desde una de esas metrópolis a la otra en pocas horas. Aquí van algunos ejemplos.

En Silom, donde se encuentra una de las zonas gay de la capital tailandesa, me hospedé en la onceava planta del hotel Fumara. Los ventanales de mi habitación ofrecían unas espectaculares vistas que incluían docenas de modernos rascacielos, cuya gran altura me hacía creer que me hallara en una planta baja.

Nunca me había sentido tan literalmente inmerso en la denominada jungla de cemento, aunque en este caso sería más adecuada llamarla jungla de cristal y acero. Os confesaré que, como le sucedería a un ciudadano que anduviese perdido por una selva tropical, me agobió un poco estar rodeado de aquellas altísimas torres.

Cuando abandonaba el hotel y llegaba a una de las avenidas principales, descubría que andaba bajo algunas autovías y lineas del metro elevadas que se entrecruzaban en las alturas.

Pero también los peatones teníamos opción de pasear por encima del nivel del suelo gracias a unos bulevares, a los que se podía acceder a través de escaleras mecánicas, o ascensores, que discurrían por encima de las calles, disponiendo incluso de plazoletas, y estaban protegidas del sol y de la lluvia por algunas de las autovías y líneas de metro que mencionaba antes.

Desde aquellas alturas pude contemplar los constantes atascos de tráfico como si me encontrase en un grotesco cabaré futurista.

La sensación de hallarme en un mundo artificial se acentuaba en los inmensos, espaciosos y modernos centros comerciales, en los que, sin tabiques de por medio, ofrecían sus productos las marcas comerciales más famosas de perfumería, confección e incluso de automóviles, pues en la octava planta de uno se exponían los últimos modelos de Volvo, BMW y Mercedes. La altura desde los niveles superiores era tan desmesurada que, al asomarme en alguno de los miradores, la gente de abajo parecían hormigas.

No quiero ni imaginar cómo me sentiría si me viera obligado a permanecer en una metrópoli como Bangkok, pero supongo que los residentes se habrán habituado y, para ellos, esos centros comerciales serán como oasis en los que se aíslan de la locura exterior y donde, gracias al aire acondicionado, no han de respirar el poluto aire que hay afuera.

La sensación de haber estado en un mundo artificial y futurista se multiplicó cuando, tras un vuelo de cuatro horas con la eficiente compañía Vistara, llegué a Nueva Delhi y fui en metro hasta el barrio de Paharganj.

Aunque sólo había estado ausente nueve meses, me asombró (la India siempre me asombra) el alboroto de sus callejuelas, el bullicio de los cláxones, los mugrientos niños que se buscaban la vida, la suciedad de las calles y, sobre todo, la del hotel en que me hospedé, pues contrastaba indecorosamente con la limpieza y organización tailandesas.

Tal como mencioné al principio de esta crónica, difícilmente podrían haber diferencias más extremas que las que hay entre Silom y Paharganj, donde, por cierto, me sentí a gusto y como en casa.

PASO A PASO – Lanzarote, Canarias, primavera de 1988. Continúa de la crónica anterior. En aquella época me desplazaba frecuentemente haciendo autostop porque, además de ser una forma de viajar gratuita, me permitía conocer a gente especial, como lo eran generalmente quienes que se apiadaban de alguien que estuviese levantando el pulgar en una carretera.

El conductor del coche que se detuvo frente a mí en una de esas ocasiones era un hombre joven, de mirada astuta y sin un gramo de grasa en el cuerpo. Después de poner el vehículo en marcha se presentó diciendo que se llamaba Antonio, que era gitano y que vivía en el barrio sevillano de Triana. Entonces sacó una preciosa piedra de polen del bolsillo y me ordenó: “Anda, líate un porro”.

Poco después, cuando ya estábamos en una taberna del pueblo de Uga con unas cervezas de por medio, Antonio empezó a contarme algunas de las aventuras que había vivido recientemente: “Hay días en que uno debería quedarse en la cama. Una vez, sin buscarlo ni quererlo, me metí en un buen lío mientras estaba en Madrid, adonde había ido a llevar unos kilos de costo.

Terminados ya los negocios, y cuando me encontraba en un bareto cercano a la Plaza Mayor, se armó una trifulca de cuidado entre unos tipos que hasta unos momentos antes habían charlado tranquilamente. Enseguida se rompieron botellas y repartieron sus buenos puñetazos.

Yo, tonto de mí, me junté con otros clientes de la casa para intentar separar a aquellos majaras y evitar que se mataran. Y en esas estábamos cuando se oyeron pitidos y sirenas anunciando la llegada de la pasma. Los agresores desaparecieron de escena como por arte de magia, pero yo, sabiendo que era inocente, me quedé tranquilamente allí.

No obstante, los uniformados opinaron de forma muy distinta al ver mi camiseta manchada con la sangre de uno de los que había intentado separar, y el oficial que estaba al mando ordenó: “A comisaría con él”. Y ya me tienes esposado y metido en la loquera.

Pero el mal rollo no había hecho más que empezar. Cinco minutos después de haber aterrizado en una celda llena de pringados, y no me preguntes porqué, nos sacaron a todos para mandarnos directamente a Carabanchel sin haber visto al puto juez. No me lo podía creer. Me preguntaba, ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Pero espera, que aún faltaba lo peor. En cuanto llegamos a aquella casa de locos nos juntaron con el resto de los presidiarios sin pasar por las celdas de aislamiento y, antes de poder decir ay, va y se arma una bronca general en la que podíamos oír la tenebrosa palabra: “¡Motín! ¡Motín!”. ¡Joder, de nuevo no me lo podía creer! ¡De oca a oca y tiro porque me toca!

¡Había entrado a tomar unos vinos en aquel bar como podría haberlo hecho en cualquier otro, y allí estaba, en la cárcel más abarrotada del país, en medio de un motín, y con los antidisturbios preparándose para asaltarla con las peores intenciones!

Uno de los veteranos del lugar se acercó a mí para aconsejarme: “Nos van a dar de hostias a punta pala, así que vístete con toda la ropa posible y no te dolerá tanto”. Casi me puse a llorar porque solamente tenía lo puesto, o sea una camiseta y unos vaqueros.

Dicen que el Señor aprieta pero no ahoga, y así fue en aquel desafortunado día, porque en el último momento me vio desde una puerta enrejada el guarda que se había encargado de mi ingreso y dijo a sus compañeros: “Éste no pinta nada aquí, dejadle salir”.

Con la misma rapidez que había hecho el camino de ida, rehice el de vuelta, y me llevaron a la comisaría, donde precisamente se encontraba declarando el propietario del bar en que se había armado la pelea, quien me reconoció y comunicó al pasma de turno mi inocencia.

Lo dicho, hay días en que uno debería quedarse en la cama”. Antonio y un servidor nos convertimos en amigos y durante las semanas siguientes nos corrimos unas buenas juegas. Continuará.

MIRA LO QUE PIENSO – A los turistas que reservan habitaciones en los hoteles a través de compañías como Booking se les ofrece la opción de evaluar posteriormente el servicio que han recibido, la calidad, etcétera. Con ello, claro, algunos tienen la oportunidad de demostrar que son unos perfectos idiotas difamando o diciendo sandeces acerca del lugar en que se han hospedado, como también lo hacen al votar a políticos como Milei, Putin, Netanyahu, Feijóo o Abascal.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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