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La crónica cósmica. Hasta pronto Kanchanaburi

La crónica cósmica. Hasta pronto Kanchanaburi
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Me gusta viajarCargando…

HASTA PRONTO KANCHANABURI .Se acerca del momento de lo que denomino como la alegre y triste despedida al disponerme a cambiar de domicilio. Aunque lo haga casi siempre siguiendo el ritmo que me impone la burocracia y sus putos visados, en esta ocasión deseo partir debido a la masa turística que no deja de invadir Kanchanaburi recordándome que, para mi gusto, la Tierra está demasiado poblada, hecho que me atemoriza y desagrada.

Supongo que a quienes están acostumbrados a ello, a los atascos de tráfico de las horas punta y los fines de semana, a viajar en los transportes públicos como si se hallasen en una lata de sardinas, a las colas frente a los cines, las discotecas o los cajeros de los supermercados, a andar por unas calles abarrotadas sorteando a otros peatones, a currar en una empresa que tiene doscientos empleados, o a ir todos de vacaciones al mismo tiempo, les parecerá normal; pero para los marcianitos asilvestrados como un servidor resulta realmente agobiante.

Los veo llegar y partir continuamente, un día aquí y dos días allá, sudando como cerdos (¿quién ha visto sudar a un cerdo?) al arrastrar tras ellos unas maletas inmensas que contrastan con los limitados equipajes de los trotamundos con los que me encuentro el resto del año, yendo de una pensión a otra porque están llenas, y pagando el doble por las cabañas; y, a pesar de mi insensibilidad, me digo, “Pobrecitos”.

En esta ocasión mi estancia en Kanchanaburi ha tenido un color distinto gracias a cruzarme con el que ya puedo apodar como el amigo valenciano, hombre que, aparte de darme palique y buen rollo, me guió hasta unos sitios muy interesantes. Pero antes de seguir adelante aprovecharé para recomendar su web a quienes deseéis realizar algún viaje, porque está muy empollado y os proporcionará buenas ideas (Umm, os doy este consejo de todo corazón, y no porque me sobornase con un montón de cervezas…).

Empezamos la excursión de mañanita y antes de que apretase el calor. Alquilamos sendas motocicletas y me probé cuatro cascos antes de dar con uno en el que cupiese mi cabezota. ¡Rediós, no había conducido una moto desde hacía diez años, y al principio, aparte del lío mental que comporta ir por la izquierda, estaba muy agarrotado! Recorrimos veinte kilómetros hasta el templo de “Wat Tham Seua” en el que hay un Buda de dieciséis metros y unas buenas vistas del valle y el río (lleno de piscifactorías que abastecen los mercados de los alrededores). A los seguidores de Buda les encantan las alturas y es inevitable que te veas obligado a trepar un montón de escalones. Os aclararé que la arquitectura de los templos budistas tailandeses es completamente distinta (más exótica) a la china (más fantasiosa) y, por supuesto, a la nepalesa (más… profunda) o a la tibetana (más austera).

La siguiente visita nos llevó a otro templo, “Wat Ban Tham”, pero éste tenía más encanto porque se hallaba en el interior de una gran cueva a la que se subía entrando por la boca de una larguísima escultura representando a un dragón, desde donde, trepando y sudando un poco más (en este país ya sudas a las siete de la mañana y sin hacer nada…), tenías unos paisajes espectaculares.

Lo mejor para mí vino a continuación, cuando, recorriendo una tranquila carreterita encerrada por la jungla, llegamos a unos prados en los que se encontraba una yeguada gubernamental en la que había cientos de caballos, yeguas y pollinos pastando o en cuadras abiertas. ¡Nunca había visto tantos caballos juntos! Recordé al director del “Señor de los Anillos” comentando lo impresionante que fue tener a doscientos de ellos galopando juntos. Tal como hago habitualmente en esas circunstancias, me dije, “Valía la pena cruzar medio mundo para llegar aquí”.

El final de la excursión estuvo acorde, pues, unos pocos kilómetros después, el amigo valenciano me llevó ante uno de los árboles más impresionantes y hermosos que haya visto, una acacia (“jomjuree” en tailandés) centenaria (en Europa tendría que ser milenaria para alcanzar tal tamaño), que para rodear su tronco se necesitarían a diez personas con los brazos extendidos, y el diámetro de su copa superaba de largo los cincuenta metros. “Xe, moltes gracies, valencianet”.

TALIBANIA. A quienes no habéis estado nunca en Kanchanaburi pero, por supuesto, conocéis la historia del puente sobre el río Kwai (creo que en tailandés se escribe Khwae) que los japoneses construyeron durante la Segunda Guerra Mundial para llevar suministros a las tropas que tenían en Birmania, os aportaré unas cifras terroríficas que he conseguido en el cementerio ajardinado que hay en el centro de la ciudad, donde me doy un paseo todas las tardes. Usaron como mano de obra esclavizada a 60.000 occidentales de los que murieron 12.000, y a 200.000 asiáticos de los que murieron 92.000. Aquí hay tumbas con una placa, el nombre y la edad, de 5.000 británicos, australianos y canadienses, (di con uno llamado R. Barber, ¿un pariente lejano?), y 1.900 holandeses. El amigo valenciano me aclaró que el puente actual no es el que construyeran entonces usando solamente madera. Si en este puto clima ya sudas rascándote la barriga, ¿imagináis el suplicio que representaría currar de sol a sol abriendo camino en la jungla? ¡Cabrones, hijos de la gran puta de un burdel de mierda! Umm, qué a gusto me quedo con este mantra.

¡QUÉ CALOR!. Llevo nueve meses durmiendo bajo una mosquitera acompañado del acogedor sonido del ventilador (y también de los encantadores dragoncitos “guecko”). Al pobre aparato solamente lo desconecto cuando salgo de la cabaña, pongamos por caso para ir en busca de una taza de té, momento en el que, claro, debo vestirme. Debería hacer una estadística de las veces en que me visto y desnudo diariamente, y también de las que me ducho.

Un producto esencial para sobrevivir al bochorno tailandés (y también a los insectos) son los polvos de talco refrescantes “Snake Brand” con los que crees ponerte hielo bajo los sobacos.

Otra forma de tragar con el calor es meterte en los supermercados “7-Eleven”, pero lo considero poco sano e incluso arriesgado porque parece que te halles de pronto en la Antártida. A parte de que Tailandia sea ya el país en que se hace un uso y derroche exagerado del plástico, en los “7Eleven” superan el límite de lo absurdo al vender plátanos que están individualmente envueltos en una bolsa de plástico transparente e introducen después en otra para llevar. Ya que estamos en el supermercado, haré un comentario acerca de las asquerosas imágenes que aparecen en los paquetes de tabaco tailandeses, que llegan a ser vomitivas y desentonarían incluso en un vertedero de basura. Vaya, hombre, parece que no hay manera de salir del supermercado, y ahora será para apuntar que solamente tienen permitido vender alcohol o tan siquiera cerveza a partir de las cinco de la tarde; me enteré de ello cuando me pidieron que esperase un minuto y medio hasta que sonase el reloj: ¡Dong!

TRADICIONALES HASTA EL FIN. Los tailandeses usan dos formas de saludo: La sonrisa quizás sea la más habitual, y, ya más respetuosamente, e incluyendo a veces una ligera inclinación en plan japonés, juntando la palma de las manos como los indostanos. El otro día aparecieron en el telediario unas imágenes realmente cómicas captadas por la cámara de seguridad de un supermercado que demostraban hasta qué punto está arraigada tal costumbre: Se veía entrar a un tipo cubierto con un casco de motociclista que, tras encañonar al cajero con una pistola y coger todo el dinero, juntaba las manos e incluso se inclinaba antes de salir por piernas. ¡Ja! ¿Humor tailandés?

PINACOTECA MENTAL

  • La versión tailandesa del “volleyball” se juega usando sólo los pies y la cabeza, y pegan saltos (a veces mortales) para chutar la pelota a más de dos metros de altura. En mis paseos de atardecida acostumbro a detenerme un rato junto a varios hombres para verlos jugar en los terrenos de un templo cercano donde hay mucha tranquilidad, árboles, críos y perros. Si les sale bien la jugada, se ríen, y si les sale mal, se desternillan.
  • Puestos a escoger un restaurante con música en vivo, creo que el “rockabilly” es ideal para una buena digestión.
  • El tipo de vehículo que se ve con más frecuencia son las motocicletas con un aparatoso sidecar cubierto con un toldo, que medirá un metro cuadrado, en el que a veces hay dos bancos en forma de ele y sirve como taxi, y otras es una tienda ambulante ya sea de verduras, carnicería o zumos de fruta.
  • Siendo yo un admirador de la imaginación, tuve que rendirme ante la tailandesa al ver en el jardín de una casa a un bebé metido en un carrito de supermercado que hacía las veces de lo que en mi pueblo llamábamos parque.
  • Había un autobús que se dirigía a una ciudad llamada Phutamonthon, y me pregunté si sería vecina de Pattaya (donde trabajan doscientas mil prostitutas).
  • En Kanchanaburi hay muchos occidentales “entrados en años” (¡Ja!, buena expresión ¿eh?) que residen permanentemente aquí ya sea porque están emparejados con una tailandesa joven o porque alquilan los servicios de una putita, y el otro día me crucé con uno tan reviejo y acabado como para dar por sentado que solamente usaría a la jovencita de turno para que le cambiase los pañales: “Los ojos son niños”, que decía mi difunto suegro”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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