La crónica cósmica. Sensibilidad herida o patrañas

La crónica cósmica. Sensibilidad herida o patrañas
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Deje que me queje. “Quisiera denunciar que han herido mis sentimientos”. “Muy bien. Rellene esta instancia haciendo constar a qué grupo, comunidad o secta pertenece usted, y no olvide mencionar cómo han sido heridos sus sentimientos”. “Umm, es que no formo parte de ninguna colectividad”. “¡¿Cómo?!”. “Sí, que voy de solanas”. “Pues, entonces, sintiéndolo mucho, no podré hacer nada por usted”. “¿Y si en vez de Puig me apellidase, pongamos por caso, Trump, Putin, Berlusconi o Borbón?”. “¡Ah, en tal caso sería distinto! Pero llamándote precisamente Puig, hala, a la calle con tus quejas, puto separatista. ¡Siguiente!”.

Este tema de la sensibilidad herida me suena a otra de tantas patrañas de nuestra hipócrita sociedad. ¿Acaso hay un medidor, algo como un termómetro o unas balanzas, donde pueda comprobarse el tamaño de la herida? Se pueden evaluar los daños de una herida física, por ejemplo, si te revientan un ojo con una bola de goma o te rompen un par de costillas a porrazos; pero nadie puede demostrar si sus sentimientos han salido malparados.

Aunque creo que para ser respetable es imprescindible ser respetuoso, a mí me importan un bledo los sentimientos de los demás; lo único que me preocupa del asunto es, aparte de la evidente hipocresía social que encubre, que nadie me hará caso si declaro que mis sentimientos y mi sensibilidad espiritual son heridos diariamente por la sociedad en general y especialmente por muchas sectas religiosas, que hacen la vista gorda aceptando tácitamente la injusticia que reina en este mundo.

¿Humanidad? ¡¿Qué humanidad?! Me refiero a la manera que se trata a la naturaleza, a los animales, a las mujeres (que cobran menos por hacer el mismo trabajo que los hombres o los zánganos), a los niños esclavizados y a quienes pasan hambre. Me refiero asimismo al injusto sistema judicial y penitenciario, a las guerras por razones económicas y de poder, y al dominio de las empresas multinacionales (y el de los políticos que son sus marionetas), a las que sólo les interesan los beneficios y no les importa desertizar la Tierra.

Bueno, bueno, bueno, parece que hoy me he levantado un poco lanzado, ¿verdad?

También quería hablaros del supuesto imperialismo cultural que denomino enriquecimiento cultural porque ¿cómo hubiese sido la rica lengua castellana si no incluyese palabras griegas, árabes, francesas e incluso indostanas como gurú, culi o curri? Así como algunas catalanas: esquirol y el alioli que viene de “all i oli”. Y eso sin mencionar las que debemos a los productos comerciales, como el táper de plástico que ha substituido a la fiambrera de aluminio, el cello y tantas otras.

El nombre que usan en casi todos los países del Sudeste Asiático para denominar la maría es el indostano “ganja”. Orangután proviene del nombre malayo “orang hutan”, que significa hombre de la selva. El apelativo Canguro nació cuando un occidental le preguntó a un aborigen australiano cómo se llamaba ese marsupial, y el otro le respondió, “kan ghu ru”, que en su lengua significa “no entiendo su pregunta”.

Terminaré con ese tema añadiendo que Taman Negara significa, en malayo, parque nacional, y es una redundancia decir Parque Nacional de Taman Negara: Parque Nacional de Parque Nacional. ¡Ah, por cierto, que sólo comprendí el significado de esa denominación de parque nacional al comprobar que no se refiere a la nación en sí sino a un parque en la tierra y no en el mar, que sería parque marino! Toma ya la de cosas que habéis aprendido hoy.

ON THE ROAD AGAIN – Estoy a punto de hacer el equipaje (qué placer siento al partir de un buen sitio para ir a un sitio bueno), y, tal como hago siempre, completaré esta acuarela malaya con cuatro trazos más.

Entre las diversas razones por las que me siento a gusto en lugares como Pulau Kapas y Kuala Tahan (kuala significa: la boca del río), es la ausencia de la pasma.

Tras haber residido anteriormente en zonas en las que predominaban los terrenos llanos, hacerlo en “Park Lodge” ha exigido un gran esfuerzo a mis piernas y, sobre todo, a mis castigados pulmones de fumador, porque para salir de este resort me veo obligado a trepar por una cuesta que no es larga pero sí muy empinada y los primeros días me pareció demencial. Valga mencionar que la clientela de esta casa es, en su gran mayoría, seguidora de “Conmochila” y que incluso hubo dos parejas que me aseguraron haber venido aquí gracias a leer la “Crónica Cósmica”.

Aunque durante los últimos tres años esta pequeña población llamada Kuala Tahan no ha aumentado de tamaño, sí lo ha hecho en cuanto al número de niños a los que llevan de un lado a otro en sus pequeñas motocicletas. ¿Casco? ¡¿Y eso qué es?!

También se han multiplicado los gatos, que me acarician con la cola al pasar junto a mis piernas.

Se podría decir que el precio del tique de entrada en Taman Negara es simbólico, pues sólo te cobran un ringgit por todo el tiempo que estés aquí (en mi caso un mes), que serán cinco ringgits si llevas una cámara fotográfica. Al funcionario que me extendió el permiso le costó creer que un servidor fuese el último ser humano que no usaba teléfono ni cámara fotográfica y, creyendo que trataba de ahorrarme un euro, me amenazó diciendo que, de ser pillado fotografiando, me impondrían una multa.

Un dato acerca de ese inmenso parque: en el interior de sus junglas viven unas tribus nómadas de la etnia batek; debido a la impenetrabilidad de estos bosques, supongo que se desplazarán por sus muchos ríos.

Umm, había olvidado comentar que el recorrido de tres horas en barca ascendiendo por el curso del Río Tembeling estuvo bien, pues me gusta ir en barca y contemplar paisajes naturales; pero tampoco fue nada del otro mundo, y, pongamos por caso, no se podría comparar en manera alguna con el que hice entre “Las 4.000 Islas” del Mekong en la frontera de Laos con Camboya, donde navegué bajo un túnel verde como si pasease por la jungla.

Una muestra del ritmo con el que crecen las plantas en los países tropicales lo pude constatar en uno de los paseos que hago al atardecer y me lleva hasta la mezquita que se encuentra en la cumbre de una colina que queda por encima de Kuala Tahan. A pesar de que el año anterior las vistas que hay desde allí se habían ampliado mucho porque cortaron un montón de árboles, en esta ocasión, debido a la rapidez con que han rebrotado, ya se han reducido de nuevo y lo único que veo es un muro verde. En este templo han instalado un moderno equipo de altavoces, y ahora, mientras tomo unas cervezas en el hostal chino que se halla por debajo, puedo escuchar todas las tardes unos encantadores cantos corales que parecen provenir de las junglas que nacen en la orilla opuesta del río.

Después de las cervezas Tiger, la cena. La comida malaya me gusta mucho (y la tailandesa, y la laosiana, y la nepalesa…), pero si hay un plato que, para mi gusto, supera a todos los demás es el “kuey teow kunfu”: pasta con gambas y verduras flotando en una crema de huevo.

Si venís de vacaciones a Malasia o Tailandia pensando en cambiar dinero en efectivo (en vez de usar la tarjeta de crédito), os advierto que no os aceptarán los billetes que tengan algo escrito, aunque sea solamente una rayita o un número.

MIRA LO QUE MIRO

  • Casi siempre termino aburriéndome de las series que van alargando y alargando; pero hasta ahora no me ha sucedido así con “Weeds” porque, aparte de lo encantadora que es su protagonista y lo divertidos que son los personajes secundarios, los guionistas saben darle un buen giro en el momento en que empezaría a decaer.
  • Creo que Netflix está triunfando al imponer la imaginación frente a la apatía de Hollywood con sus interminables secuelas. Y también porque promociona nuevos actores y directores locales, en vez de gastarse la pasta con las superestrellas. ¿Habéis visto “Love, Robots, Death”, o “Durante la tormenta”, que tiene el suspense de una película de los años 50? “Paquita Salas” anda sobrada de imaginación, gracia y personalidad. Un buen director de cine sabe sacar el mejor provecho de los actores, como lo hizo Tarantino con Travolta en “Pulp Fiction”; y así sucede en “Van Gogh en la Puerta de la Eternidad”, donde mi admirado Willem Dafoe interpreta de maravilla al pintor. Miré un film nigeriano con el mismo interés que cuando era joven iría, por ejemplo, a un restaurante exótico. ¿Muere el cine o cambia su forma? Mucha gente dice: “No me gusta el cine porque adivino la trama y el final”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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