Sufrimiento y celuloide: un viajero convertido en boxeador y actor

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Mientras en España se anunciaba el estado de emergencia y la gente se peleaba por armarse con papel higiénico en los supermercados, Moncho volvía a entregar su pasaporte frente a un tipo de inmigración en el aeropuerto de Bangkok. «Veo en su historial que lleva usted mucho tiempo en Asia, ¿por qué no vive en el país que le ha tocado en lugar de venir al nuestro?».

Hay que perdonar a los tailandeses por dichos atropellos, ya que la culpa de dichas faltas de respeto no las tiene el pueblo, sino las élites militares que mandan en el país, las mismas que adoctrinan con un exacerbado nacionalismo  a sus oficiales. Y frente a la pandemia que se vive en todo el mundo, al empresario mafioso del ladrillo que se coló como ministro de Sanidad en las elecciones amañadas del pasado año le dio por echar la culpa de la expansión del coronavirus a los «sucios occidentales».

Según dicho sujeto que se puso al frente de la sanidad de su país solo porque quiere fomentar que se plante marihuana, la «chusma europea» es culpable de que el virus se haya extendido, y pide a su pueblo que tenga cuidado con los europeos porque «no se duchan» y «visten mal». Aunque él se enfunde en trajes italianos a medida y luzca excéntricas marcas francesas al alcance de muy pocos. Con un discurso así, es común que a uno le miren mal los de uniforme que controlan los puestos fronterizos.

El buen Moncho -recién aterrizado desde Indonesia- se tomó con buen humor la falta de tacto del tipo que le interrogó en el aeropuerto, como también le quita importancia a las palabras del político racista que avergüenza a los propios siameses. Son ya muchos -muchísimos- años en Bangkok y recorriéndose Asia. Y quizás por eso la histeria propiciada por el coronavirus no le afecta demasiado. Ya que en el continente oriental están más que acostumbrados a las desgracias.

aeropuerto de Bangkok
Una imagen del pasado. A principios de febrero, el aeropuerto principal de Bangkok aún sufría colas. Ahora es casi un desierto.

Puede decirse que Moncho está más que acostumbrado a los sufrimientos. Se las vio sin seguro médico frente a un tremebundo accidente que requirió cuatro horas en un quirófano. Como en otra ocasión tuvo que cruzar entre Tailandia y Laos a pie durante varias largas horas por no tener ni un centavo. Y eso sin tener que hablar de las tantísimas ocasiones en las que vio que se quedaba sin futuro.

Y sin embargo, Moncho es para mí un superhéroe. «Algún día he de escribir una historia sobre ti, tú te consideras un tipo muy normal, pero eres formidable», me cansé de repetirle en mil ocasiones. Hoy he decidido darle un pequeño homenaje. Porque, pese a las penurias, las aventuras de Moncho le han dado más felicidad que la que podía esperar en esa vida común que le esperaba en su querido Mediterráneo. Ese lugar al que un gris agente de inmigración siamés quería mandarlo hace escasos días.

Porque, ¿quién puede presumir de haber sido boxeador de Muay Thai en Tailandia? ¿O de haber huido de la sobriedad de su pueblo para aprender un idioma nuevo e impregnarse de otra cultura? Por no hablar del día en que Moncho se vio en la casa del presidente de Paraguay siendo recibido por el hombre más importante del país. Y todo porque en una ocasión decidió que quería largarse de casa con poco más que una mochila y un puñado de euros.

De la playa en el Mediterráneo al ring en Bangkok

Muay Thai gimnasio Bangkok

Conocí a Moncho entre sudor y adrenalina, ya que nos citamos en el gimnasio donde suele ir a entrenar boxeo tailandés, muy cerca del centro de la ciudad. Ya entonces me pareció un tipo extravagante y que me enviaba mensajes en un tailandés muy correcto. El mismo que se movía por la ciudad en los autobuses públicos gratuitos que ni siquiera los tailandeses gustan de coger. Entrenaba en uno de los pocos centros públicos y gratuitos de deporte del país, y allí se dejaba la piel con campeones de boxeo.

En aquel momento, Moncho había pasado ya por sus peores años en Asia y estaba más cómodo en una rutina que muchísimos envidiarían. La de un treintañero sin móviles caros ni coches o motos, con muy poco dinero en el bolsillo pero haciendo lo que le gustaba. Su historia, eso sí, estaba muy relacionada con el boxeo siamés.

Hace casi una década, Moncho dejó su costa mediterránea y su pueblecito tranquilo para perseguir un sueño, según él, muy trillado. «Yo quería hacer lo típico, venir a entrenar Muay Thai y acabar peleando y siendo campeón, lo que nos gusta a muchos», solía decir.

En realidad, son unos cuantos los que vienen a Bangkok con la idea de replicar los pasos del francés Dida Diafat, el primer occidental que se coronó como campeón de campeones en el mundo del boxeo tailandés. En la película Chok Dee -que el propio luchador protagoniza- cuenta cómo llegó a Siam con cuatro cosas en una mochila para aprender a luchar y acabó llegando a lo más alto.

Película Chok Dee Didi Adafat

Cada año llegan incontables entusiastas del boxeo a Bangkok animados por lo que cuenta Chok Dee, pero pocos llegan a lograrlo. Moncho nunca ganó ningún torneo importante, pero pudo emular al luchador francés.

«Vine con una mochila y poco más, empecé a entrenar y acabé encontrando un gimnasio donde podía vivir y comer sin pagar nada a cambio de pelear». Así, Moncho un día pasó de llevar una vida común en una oficina de su provincia a dormir a veces magullado, con olor a linimento y madrugando para volver a entrenar.

Hizo algunas peleas, pero pronto se dio cuenta que sus 80 kilos de peso y su falta de agresividad no le harían campeón. Fue entonces cuando empezó a llevar lo que él mismo llama «la vida de los 300 euros mensuales».

Dos años de ‘malvivir’ y disfrutar

tráfico Bangkok
Moncho no podía permitirse viajar en metro o en tren, mucho menos en moto-taxi. Los baratísimos autobuses locales eran su única opción.

Lo que tantos anhelan, Moncho lo hizo posible. Vivir con 300 euros al mes en Bangkok es prácticamente imposible, aunque sea uno de los falsos tópicos que siempre se han dicho sobre Tailandia, país que muchos aún creen que tiene unos precios de derribo y en algunos gastos habituales puede ser más caro que Europa. Pero él lo logró.

—Vivía en una habitación de 20 metros cuadrados sin aire acondicionado, al otro lado del río. Pagaba poco más de 70 euros al mes y el resto se iba para las comidas y para unas cervezas el fin de semana.
—¿Y cómo llevabas los casi 40 grados de calor en verano?
—Muy simple —me relataba Moncho—, estaba todo el día fuera de casa. Así me puse muy en forma y aprendí tailandés.

Su rutina era bastante sencilla. Por las mañanas estudiaba tailandés o daba alguna clase de entrenamiento personal -de donde venían sus ingresos- antes de comer un plato de arroz en la calle por un euro. No tomaba café ni dulces. A mediodía se iba al gimnasio gratuito de algún parque público y allí, junto a tailandeses de barrio, entrenaba. Luego iba al centro de Muay Thai y boxeaba con los peleadores que hubiera por allí.

A la noche se veía con algún amigo y cenaba fuera algo barato. Así era hasta el fin de semana, que aprovechaba para salir de copas en Khaosan, donde todo es barato y no le cobraban entrada en las discotecas. Al vivir una vida tan sencilla y en una zona sin un solo extranjero ni tailandeses que hablaran inglés, su manejo en la lengua local mejoró a pasos agigantados.

gimnasio parque lumpinee
Moncho suele ir a los gimnasios al aire libre que hay en los parques de Bangkok. Foto: Morph Prodok (CC).

«Hubo momentos muy chungos, recuerdo que una vez debía salir del país para hacer un visado y tenía tan poco dinero que el trayecto entre la frontera de Tailandia y Laos lo tuve que hacer a pie, no me sobraban ni un par de euros para el bus», comenta siempre Moncho. «Aún siento en mi piel la sudada que me pegué para cruzar aquella docena de kilómetros, con el solazo de mayo abrasándome y cargando con la mochila».

Era en aquellos tiempos cuando mucha gente le preguntaba qué necesidad de sufrir tenía y por qué no regresaba a su tierra y volvía a trabajar de comercial. Lo que nadie entendía era que, para Moncho, esa vida sencilla al otro lado del mundo era más que placentera, y que lo de tener un coche y un alquiler en España se le antojaba como una pesadilla.

Aun así, hace unos pocos años se estaba planteando regresar a su pueblo y reiniciar. Y justo cuando ya iba a tirar la toalla, la suerte se le apareció.

De boxeador a actor de televisión

Nunca imaginó Moncho que en lugar de viajar en los autobuses gratuitos de Bangkok -como el de la foto- acabaría participando en sesiones de fotografía como la del paso peatonal.

Había decidido que iba a hacer una última pelea en Hua Hin, a unas tres horas de Bangkok, y que se retiraría ya. «Me acuerdo que iba en el tren y solo podía pensar en lo que me dolería todo al acabar la pelea, iba a ser la última y regresaba a España», rememora.

Se sentó a su lado una joven rusa y charlaron un rato. Ella le dijo que era modelo en Tailandia, una profesión con mucha demanda en la capital del país, donde hay muchos trabajos similares. Y al poco rato le dijo que ella creía que él seguramente también podría hacer trabajos parecidos, por lo que le dio un contacto al que enviar una propuesta.

«Luego estaba en mi habitación y pensé que podía probar suerte, pero no le di ninguna importancia; me hice unas fotos horribles con mi móvil barato y malo, las envié y me olvidé del asunto». Pero no podía creerse cuando le llamaron.

Empezó con trabajos sencillos, pero al cabo de un año Moncho había pasado de boxeador amateur en decadencia a actor en teleseries tailandesas. Siempre que necesitan a un occidental, le llaman a él. «Normalmente me toca hacer de malo, así que suele haber siempre un guaperas que me acaba pegando un tiro para regocijo del público», comenta divertido. Uno de sus papeles más curiosos fue de secuestrador y mafioso, pero también ha representado a hombres de negocios o a un experto en vinos.

Moncho participó en la teleserie más popular de Tailandia en los últimos años, ‘Bupaesaniwas’.

El mundo del espectáculo no le da mucho dinero a Moncho, pero sí lo suficiente para llevar una vida cómoda. «Ya tengo aire acondicionado y cuando me voy de copas no tengo que abastecerme de cervezas en el 7 Eleven», dice alegre. Ahora, el dinero lo invierte en viajar y en pasar cada vez menos tiempo en Tailandia. Coincidí con él recientemente en Filipinas y ahora acaba de regresar de un viaje por varias islas poco populares de Indonesia.

Por eso, cuando ve todo lo que está ocurriendo con la pandemia de coronavirus mantiene la calma. Al fin y al cabo, en un momento de su vida se vio sin seguro médico justo tras haber recibido un golpe tremendo en el pie que supuso una larguísima operación de urgencia. «Me salvé de pagar una locura porque la gente del gimnasio me llevó a un hospital público y se arregló con unos cien euros, aunque tras la operación me mandaron a casa a hacer el postoperatorio». Tras aquel infortunio ya tiene seguro médico.

Por supuesto, lo de narrar su historia hoy no es casualidad. En un momento en el que media Europa se encierra en casa para evitar que se produzcan más contagios de la mayor pandemia de la historia reciente, recordar historias como la de Moncho es casi una necesidad. Porque, a veces, coger cuatro bártulos e irte a pasar una temporada a la otra cara del mundo puede ser la mejor decisión que tomes en tu vida. Y sin duda para Moncho lo fue.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
1 comentario
  1. Jaime67 dice

    Muy buen articulo como siempre.

    Un saludo desde mi confinamiento en mi casa, me recuerda a la mili / any 1975 / cuando estuve treinta dias seguidos en prevencion, asi que tendre paciencia.

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