Cuando el primer shogun de la dinastía Tokugawa llegó a Edo, allá por finales del siglo XVI, en plena era de los samuráis, pocos podían soñar que esa pequeña aldea de pescadores se convertiría un día en la rutilante metrópolis que hoy es Tokio. En poco más de 300 años la ciudad ha crecido y se ha transformado hasta cotas inimaginables.
Y en el epicentro de toda esa evolución siempre ha estado el viejo castillo de Edo, la fortaleza que los shogunes del clan Tokugawa eligieron como cuartel general de su gobierno. Los Tokugawa unificaron Japón poniendo fin a siglos de guerras civiles, y su subida al poder marcó el comienzo de un periodo de paz y prosperidad, y de buena parte de la historia viva de Japón que hoy podemos visitar.

Entre 1600 Y 1868, desde los muros del castillo de Edo quince generaciones de shogunes Tokugawa gobernaron Japón con mano de hierro. Hasta que, a finales del siglo XIX, la Restauración Meiji acabó con el régimen feudal, derrocó al shogunato y volvió a poner al emperador al frente de la política nacional.
En el año 1868 el emperador, que hasta entonces había vivido encerrado en su palacio en la lejana Kioto, se mudó con su corte a Edo y se instaló en el castillo. Desde entonces y hasta nuestros días, el antiguo castillo del shogun se convirtió en lo que hoy conocemos como el Palacio Imperial de Tokio, la residencia oficial del emperador y su familia.

De paso, ya que Edo era ahora la sede del gobierno imperial, se le cambió el nombre por el de Tokio, la Capital del Este. Y así se sigue llamando en nuestros días.
Pero este viejo castillo reconvertido en mansión palaciega es un lugar bastante peculiar. Para empezar, a primera vista puede parecernos que no es siquiera una fortaleza samurái al uso.
Tiene fosos y murallas, sí, pero carece de ese elemento tan característico y reconocible de los castillos nipones: el tenshu, o torre del homenaje. Ese torreón de varios pisos en forma de pagoda, como el que podemos ver en otros castillos famosos de Japón como Himeji o Matsumoto.
La cosa tiene su explicación. Cuando se empezó a construir el castillo de Edo, allá por el año 1590, se hizo sobre la base de una antigua fortaleza costera que ya había en el lugar. El recinto se fue ampliando poco a poco en años posteriores, y en un principio contaba con una torre del homenaje como todas las demás.
Bueno, no exactamente, porque en su momento fue la más alta y colosal de todo el país. Al completarse, en 1638, medía cerca de 80 metros de alto, más que cualquier otra jamás levantada en Japón. Un torreón impresionante, como correspondía al castillo del amo y señor de la nación.

Pero esta gloria no duró mucho. Apenas 20 años después, en un incendio que devoró media ciudad de Edo, el torreón del castillo fue pasto de las llamas… Y ya nunca se reconstruyó. Los shogunes del momento decidieron (con buen juicio) que era mejor destinar los fondos públicos a otros menesteres, y el castillo se quedó desmochado para los restos. Todo lo que queda hoy del que fue el torreón más imponente de todo Japón es el zócalo de piedra sobre el que se elevaba.

En los últimos años ha habido algunos planes para reconstruir el torreón, en un intento de darle a Tokio una nueva atracción turística. Como si tuviera pocas ya. Pero las finanzas estatales niponas están hoy tan maltrechas como en la época de los Tokugawa, y es poco probable que un plan faraónico como este fructifique.
Al menos, en los jardines del actual Palacio Imperial podemos contemplar una detallada maqueta de cómo lucía el torreón del castillo en sus mejores tiempos. Algo es algo.

Pero, sinceramente, al viejo castillo de Edo no le hace falta ninguna torre para impresionar al visitante. No en vano fue en su día la fortaleza más grande e inexpugnable de todo Japón, el cuartel general de los Tokugawa, el clan samurái más poderoso de la historia, y eso se sigue notando en sus ciclópeas murallas de piedra, sus vastos fosos y en las mil y un atalayas de vigilancia que jalonan todo el perímetro de sus muros.
Una de las torretas más famosas es la llamada Fujimi Yagura, junto a la Puerta Otemon, denominada así porque desde ella se podía divisar el monte Fuji. O eso se supone.
Pero hay muchas más, y algunas incluso se pueden visitar por dentro y de manera totalmente gratuita. Merece la pena dedicarle un rato a recorrer las murallas e ir descubriendo estas pequeñas joyas a tu ritmo.



De hecho, en el recinto del actual palacio Imperial hay tantos puntos de interés, y muchos de ellos son tan poco evidentes a simple vista, que puede ser buena idea echar mano de una de las visitas guiadas (gratuitas y en inglés) que se organizan un par de veces por semana. Eso nos puede ayudar a ver el castillo con otros ojos.
Pero, si lo de seguir a un guía y escuchar sus peroratas no es lo tuyo, a continuación te damos unas cuantas claves para que sepas hacia dónde dirigir la mirada.
Cuatro siglos de historia dan para mucho, y los muros del castillo de Edo han sido testigos de sucesos de todo tipo. Desde los incidentes más escabrosos y truculentos a los momentos más decisivos y trascendentales de la historia reciente de Japón.
Aquí ha sucedido de todo, y aunque la mayoría de los edificios ya no sigan en pie, un viajero con suficiente capacidad de evocación puede entrever aún los ecos de esas hazañas y tragedias y que tuvieron lugar aquí hace no demasiados siglos.

Por ejemplo, en la explanada que se extiende frente al zócalo de piedra del antiguo torreón, donde hoy solo hay un parque con pinos, se alzaban las dependencias del O-oku, el harén del shogun. Hoy nadie lo diría, viendo a las familias merendar tranquilamente sobre el césped, pero allí vivían las esposas y concubinas del shogun (que podían llegar a ser varios cientos), y como es de esperar el sitio ha sido testigo de incontables amores prohibidos, conspiraciones palaciegas, suicidios e incluso asesinatos.
Un poco más allá se encontraba el célebre Pasillo de los Pinos (Matsu no Roka), lugar de paso de los grandes señores del imperio y escenario de una de las vendettas más sonadas de la historia de Japón.
El incidente, una reyerta a golpe de katana entre dos señores samuráis mal avenidos en 1701, daría pie a la archifamosa venganza de los 47 ronin, una historia que ha sido inmortalizada innumerables ocasiones en novelas, películas y obras de teatro.

Pero, si se trata de altercados sangrientos, la palma se la lleva la puerta Sakuradamon, una de las principales que dan acceso al castillo. Allí, al pie de la muralla, un comando de samuráis sin señor asesinaron a katanazos al ministro Ii Naosuke, el hombre fuerte del shogunato, en 1860.
El magnicidio sacudió los cimientos del país entero y desencadenó un torbellino político que, a la postre, acabaría trayendo el fin de la era de los samuráis. Pocos lugares más significativos en la historia de Japón que esta puerta maldita.

Y, hablando de lugares malditos, los amantes de las historias de fantasmas a la japonesa están de suerte, porque extramuros, frente a las murallas del castillo, muy cerca de la puerta Otemon, se halla uno de los lugares encantados por excelencia de la capital nipona.
Se trata de la tumba de Taira no Masakado, donde está enterrada (o eso dice la leyenda) la cabeza de un antiguo y vengativo señor de la guerra samurái, amigo de provocar terremotos y desastres naturales si no se le trata con la debida deferencia. Una historia digna de conocerse, y que los japoneses se siguen tomándose muy en serio hoy en día: nunca faltan las flores ni las ofrendas en la tumba del bueno de Masakado, por si las moscas.
Estas son solo algunas de las historias que guardan los muros del viejo castillo de Edo. Muros que, hoy, albergan jardines y casas de té, pero que tienen mucha tralla a sus espaldas. De hecho, gran parte de lo que hoy podemos ver ha sido restaurado y remozado a conciencia en las últimas décadas. Aparte de las dependencias privadas donde viven el emperador y su familia, claro, que también son un añadido reciente (aunque esas no se pueden visitar, como es lógico).
Los incendios, que entre los siglos XVII y XIX fueron cosa habitual en la vieja ciudad de Edo, y después los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, se cobraron un duro peaje. Los castillos japoneses tienen muros de piedra y fosos de tierra compactada, sí, pero el resto de dependencias (torreones, adarves, atalayas…) estaban hechos principalmente de madera, lo que los hace especialmente vulnerables. El castillo de Edo no es una excepción



La mayoría de las torres de vigilancia y lienzos de muralla que hoy podemos ver son una reconstrucción moderna. Pero eso no debe llevar a engaño al visitante; que el castillo de Edo haya sido profusamente restaurado no le resta un ápice de sabor ni autenticidad.
Porque, para empezar, las reparaciones se han hecho siguiendo meticulosamente los planos originales, por lo que son tremendamente fieles y respetuosas con el pasado histórico.
Pero, además, hay que tener en cuenta que todos los castillos japoneses que hoy podemos visitar han sido, en mayor o menor medida, restaurados. Incluso Himeji, uno de los pocos que conserva su forma original desde el siglo XVI, ha sido desmontado y reconstruido, piedra a piedra, varias veces en el último siglo. La última vez, hace apenas un par de años.

Puede parecer chocante, y a más de uno tal vez le chafe un poco la ilusión, pero no hay otro remedio. Es la única manera de conservar estas construcciones monumentales, que en buena parte están hechas de madera y papel, en un país con una actividad sísmica tan intensa como Japón. Cada cierto tiempo hace falta darles una mano de chapa y pintura.

Ya se hacía en la época de los samuráis, y se sigue haciendo ahora. El viejo castillo de Edo ha pasado varias veces por ello, y lo volverá a hacer en el futuro. Exactamente igual que el resto de fortalezas y bastiones de tiempos medievales, cuya conservación es un asunto más delicado de lo que pueda parecer.