CON MOCHILA

El Palacio Imperial de Tokio como nunca lo has visto -ni te lo han contado-

Cuando pensamos en castillos japoneses, automáticamente nos vienen a la mente nombres como Himeji o Matsumoto. Y con razón, porque son lugares de belleza excepcional. Pero pocas veces nos acordamos del castillo de Edo (actual Palacio Imperial de Tokio), que en su día fue el castillo más grande e imponente de todo lo que nos ofrece Japón.

Hoy, convertido en residencia oficial del emperador y su familia, la vieja fortaleza de los shogunes Tokugawa  ha perdido parte de su antiguo esplendor. Pero, a la sombra de esas murallas centenarias que antaño fueron escenario de conspiraciones palaciegas, amores prohibidos, vendettas a golpe de katana e historias de fantasmas vengativos, en la actualidad el visitante puede encontrar hermosos jardines por los que pasear y alejarse por un momento  del frenético ruido de la megalópolis tokiota. ¡Y totalmente gratis, que siempre es de agradecer!

Torre de vigilancia en las murallas del Palacio Imperial
Torre de vigilancia en las murallas del Palacio Imperial

Si la ciudad de Tokio tiene algo parecido a un centro neurálgico, ese es sin duda el Palacio Imperial.  Además de estar situado justo en el centro geográfico de la capital nipona, el viejo castillo es su corazón, el nexo de unión entre la antigua Edo de la era de los samuráis y la moderna y vibrante urbe que es Tokio actual. El Japón tradicional y el moderno se dan la mano aquí, en esta imponente fortaleza que una vez fue la sede de poder del shogunato Tokugawa (siglos XVII al XIX) y hoy es la morada de la familia imperial japonesa.

El Palacio Imperial, el corazón de Tokio

Para algunos, el Palacio Imperial es poco más que una trampa para turistas, un lugar sin mayor interés. Pero, si sabes dónde mirar, este antiguo castillo samurái reconvertido en mansión palaciega está lleno de rincones interesantes.

Y no solo eso, el palacio sirve también de hub de unión entre diversos barrios de la ciudad muy diferentes entre sí. En cierto modo, desde su céntrica posición el Palacio Imperial vertebra y configura la ciudad que la rodea, de igual manera que, siglos atrás, definió el desarrollo urbano de la vieja Edo, la ciudad que luego sería conocida como Tokio.

Vista aérea del recinto del viejo castillo  de Edo, actual Palacio Imperial
Vista aérea del recinto del viejo castillo de Edo, actual Palacio Imperial

Merece la pena prestarle atención a sus murallas y sus jardines, porque el Palacio Imperial puede aportarnos claves interesantes para conocer el alma de la capital nipona. No en vano, la historia de Tokio y de la propia nación japonesa están íntimamente ligadas a este lugar. Aquí te proponemos una mirada diferente, a través de un recorrido que, de paso, nos va a descubrir un Tokio un tanto diferente al habitual.

De fortaleza samurái a Palacio Imperial

Tokio tiene una historia más bien corta. A finales del siglo XVI, en plena era de los samuráis, era poco más que una aldea de pescadores con una pequeña fortaleza costera. Por aquel entonces ni siquiera se llamaba Tokio, su nombre era Edo. Y, naturalmente, no era la capital del país. Esa era la vetusta Kioto, donde residía el emperador.

Todo empezó a cambiar cuando cierto clan samurái, los Tokugawa, se hacen dueños de estas tierras y, más tarde, se convierten en amos y señores de Japón. A partir del siglo XVII, la poderosa dinastía Tokugawa va a hacer de la pequeña Edo su centro de poder, y van a levantar un castillo digno de su grandeza. Esta fortaleza, construida con el estilo típico de los castillos samuráis, es el actual Palacio Imperial.

Murallas del viejo castillo de Edo
Murallas del viejo castillo de Edo
Paseando a la vera de las murallas
Paseando a la vera de las murallas

Los Tokugawa gobernarían Japón con puño de hierro desde el castillo de Edo durante 250 años, en el trono del shogun. Esos dos siglos y medio dieron para anécdotas y leyendas muy interesantes, y entre estos muros hay montones de rincones con historias que merece la pena conocer.

Pero toda esta historia gloriosa termina cuando, a finales del siglo XIX, la era de los samuráis toca a su fin y el emperador decide abandonar Kioto para mudarse a Edo. Y, una vez allí, qué mejor lugar para fijar su residencia que el castillo de los shogunes Tokugawa, la fortaleza más imponente de todo el país.

Cuando en 1868 el emperador y su corte se trasladan a Edo, la ciudad pasa a llamarse oficialmente Tokio (Capital del Este), y desde entonces es la capital oficial de Japón, sustituyendo a Kioto. También es ahí cuando el antiguo castillo de los Tokugawa pasa a ser conocido como Palacio Imperial, denominación que mantiene hasta nuestros días.

Rascacielos vistos desde las almenas del castillo: el viejo Edo y la moderna Tokio se dan la mano
Rascacielos vistos desde las almenas del castillo: el viejo Edo y la moderna Tokio se dan la mano

El Palacio Imperial de Tokio hoy: qué queda y cómo visitarlo

Aunque sea la residencia del emperador y su augusta familia, el Palacio Imperial de Tokio es un lugar muy diferente a las solemnes villas imperiales de Kioto. Para empezar, sigue siendo un castillo de estilo samurái, con sus imponentes murallas, sus fosos y sus torreones. Parte de sus baluartes defensivos han desaparecido, otros han sido reconstruidos o restaurados, pero ese aire marcial que le dieron sus constructores originales apenas ha cambiado.

Pero, además, la vieja fortaleza lleva cuatro siglos siendo el corazón de la ciudad, y se nota. Es un lugar vivo, donde sigue latiendo el pulso de la capital y sus habitantes. Hay turistas sacándose selfies, sí, pero también muchos japoneses que acuden allí cada día a disfrutar de los jardines de palacio a su manera. El Palacio Imperial y sus aledaños son un lugar ideal para ver a los lugareños en su salsa.

Descansando junto al puente Takebashi
Descansando junto al puente Takebashi

La mayor parte del complejo está abierto al público, y la gente puede pasear libremente a la sombra de las murallas. Abre todos los días (salvo los lunes y los viernes), de 9:00 a 18:00 horas (cierra un poco antes en invierno), y la entrada es gratuita. Solo algunas secciones, las que dan acceso a la residencia privada de la familia imperial y sus dependencias, están vetadas a los visitantes.

Eso hace que la presencia policial en todo el recinto sea notable; cada pocos metros se topa uno con algún puesto de vigilancia, con sus centinelas armados con bastones y perfectamente uniformados.

También hay controles en los accesos al interior del castillo-palacio, donde los guardias revisan los bolsos y mochilas de los visitantes, por si las moscas. Pero, como esto sigue siendo Japón, la vigilancia es bastante laxa. Ningún poli te va a decir nada… A no ser que te dé por hacer alguna locura, como lanzarte a un foso a nadar, claro. Ante todo, sentido común.

Guardia imperial vigilando la entrada
Guardia imperial vigilando la entrada

Más allá de eso, el visitante es libre de pasear por donde le dé la gana. El lugar invita a ello, puesto que los jardines y parques que alberga  tras sus muros son de lo más agradables. En el tórrido verano tokiota se agradecen rincones así, con sus áreas de descanso, sus casas de té y sus bancos donde sentarse a la sombra de los bambúes.

En primavera, en cambio, se puede disfrutar del espectáculo de los cerezos en flor regando con sus pétalos los fosos del viejo castillo. Incluso es posible pasear en barca por algunas secciones de esos mismos fosos, para admirar los cerezos desde otra perspectiva.

Esa es parte de su magia: el palacio ofrece algo especial y diferente en cada momento del año. Cada enero, para celebrar el Año Nuevo, el emperador abre al público parte de sus dependencias personales (más allá del puente Nijubashi) y saluda a la multitud desde el balcón de su residencia privada.

En verano, la chavalería busca refugio bajo la sombra de los pinos en el impoluto césped de los jardines. Y, durante todo el año, haga frío o haga calor, centenares de aficionados al running se dedican a recorrer a zancada limpia el perímetro exterior de los muros del castillo.

Todos los días hay runners corriendo por el perímetro de las murallas del palacio
Todos los días hay runners corriendo por el perímetro de las murallas del palacio
El acceso a algunas áreas del palacio está restringido
El acceso a algunas áreas del palacio está restringido

La vuelta al Palacio Imperial: un paseo que descubre el viejo Tokio

Precisamente, una de las actividades más interesantes que ofrece el viejo castillo de Edo es imitar a los runners y pasear a la vera de sus murallas, hasta dar la vuelta completa al recinto. El recorrido, una circunferencia de unos 5 kilómetros, se completa en poco más de una hora y tiene el atractivo de ofrecernos vistas impresionantes del palacio, con sus fosos y torreones. Pero, además, nos acerca a algunos rincones muy interesantes de la ciudad, a barrios que no siempre aparecen en las guías de viajes al uso.

Otra cosa no, pero la casita del emperador se encuentra céntrica como pocos otros lugares en Tokio. Es, probablemente, el sitio de más fácil acceso de toda la capital nipona. Lo más fácil es empezar el recorrido en la Estación de Tokio, que nos deja justo frente a la puerta principal del Palacio Imperial, la famosa Otemon.

La Estación de Tokio, con los rascacielos de Otemachi al fondo
La Estación de Tokio, con los rascacielos de Otemachi al fondo

La propia estación, ese inconfundible edificio de ladrillo rojo al estilo europeo, es un punto de interés en sí mismo. Se trata de un lugar muy querido por la gente local, y es habitual ver a parejas de recién casados haciéndose el reportaje fotográfico, con vestido de cola y todo, con el Palacio Imperial como fondo.

Quién diría que, cuando el viejo castillo se empezó a construir, a finales del siglo XVI, se encontraba a orillas del mar. Parte del agua que llenaba sus fosos venía directamente de la bahía de Edo (actual bahía de Tokio), y las olas rompían contra sus murallas en lo que hoy es el parque Hibiya.

Pero, a medida que el castillo crecía y se expandía, la propia ciudad de Edo lo fue haciendo con él. Poco a poco le fueron ganando terreno al mar hasta que, hoy, el Palacio Imperial se encuentra rodeado de tierra por los cuatro costados, en pleno centro geogfráfico de Tokio. Gracias a eso, podemos rodearlo a pie fácilmente.

Otemon, la puerta principal de entrada al castillo-palacio
Otemon, la puerta principal de entrada al castillo-palacio

Desde la puerta Otemon, lo habitual es hacer el recorrido en sentido contrario a las agujas del reloj, circunvalando todo el perímetro del castillo. En el camino nos iremos encontrando con distintos lugares interesantes. Por mencionar solo unos pocos, jardines como los de Kitanomaru y Chidorigafuchi, templos y santuarios como el controvertido Yasukuni, caserones señoriales a la moda europea del siglo XIX… Y también los rascacielos de Otemachi y Marunouchi, el skyline del Tokio más moderno y comercial.

El distrito financiero y de negocios, trufado de impresionantes edificios que albergan las sedes de algunas de las principales corporaciones del país, flanquea el ala Este del Palacio Imperial. Puede imponer un poco a primera vista, pero no hay que dejarse engañar por su aire de seriedad. Las glamurosas Otemachi y Marunouchi se han ido suavizando poco a poco en los últimos años, y ahora buena parte de sus cafés y restaurantes ofrecen menús aptos para todos los bolsillos, no solo para ejecutivos agresivos.

Rascacielos de Otemachi vistos desde una de las puertas de entrada al castillo
Rascacielos de Otemachi vistos desde una de las puertas de entrada al castillo
El skyline del distrito financiero visto desde abajo
El skyline del distrito financiero visto desde abajo
Rascacielos reflejados en el foso del viejo castillo
Rascacielos reflejados en el foso del viejo castillo

Pero lo que le da más sabor a esta ruta son las diferentes áreas de Tokio que conecta entre sí. Cada una de las puertas de palacio da paso a un barrio diferente. Diversos pétalos de una flor que, con el castillo como centro neurálgico, se despliegan por los cuatro puntos cardinales. Y la gracia está en ir topándose con ellos uno a uno, a medida que avanzamos en nuestro camino en torno a las murallas.

Por señalar algunos de los más destacados, entre la puerta Sakuradamon y la de Hanzomon nos encontramos con el distrito administrativo de Kasumigaseki, sede de los distintos ministerios y del edificio de la Dieta, el parlamento japonés. Aquí, a la sombra de los muros del centenario castillo de Edo, es donde se siguen tomando las decisiones que rigen el destino de todo el país.

Acceso al distrito administrativo, desde la puerta Sakuradamon
Acceso al distrito administrativo, desde la puerta Sakuradamon
Silueta del edificio de la Dieta, el parlamento nacional japonés
Silueta del edificio de la Dieta, el parlamento nacional japonés
Vista desde los fosos de la puerta de Hanzomon
Vista desde los fosos de la puerta de Hanzomon

En los aledaños de la Puerta Babasaki, junto a Hibiya, se extienden los callejones de Yurakucho, con sus mil y un garitos incrustados bajo las vías del tren donde disfrutar de la gastronomía local.

Desde la puerta Hirakawa (estación de metro de Takebashi) llegamos a Kanda y Jinbocho, el paraíso de las librerías de viejo y los cafés más hispters. A pocos metros de la puerta Otemon, detrás de la estación de Tokio, está el puente Nihombashi, que marca el «kilómetro cero» de todas las carreteras y autopistas de Japón.

Las dimensiones de la muralla del viejo castillo de Edo son impresionantes
Las dimensiones de la muralla del viejo castillo de Edo son impresionantes
Panorámica del foso y las murallas a la altura de Chidorigafuchi
Panorámica del foso y las murallas a la altura de Chidorigafuchi

Y, para los aficionados al Tokio más cultural, por todo el perímetro del recinto amurallado se encuentran algunas de las bibliotecas, salas de conciertos, museos y teatros más importantes de Tokio.

Mención especial al mítico Nippon Budokan, recinto construido en su día para las olimpiadas de Tokio de 1964 y que hoy es considerado una de las mecas de la cultura popular nipona. Escenario habitual de conciertos de todo tipo (además de combates de boxeo, wrestling y MMA), por el Nippon Budokan han pasado bandas tan legendarias como The Beatles o Led Zeppelin, entre muchas otras.

Muros exteriores del castillo, en Otemachi
Muros exteriores del castillo, en Otemachi
Lienzos de muralla en torno al puente Takebashi
Lienzos de muralla en torno al puente Takebashi

Desde luego, además de ver fosos y torreones, un paseo alrededor del viejo castillo de Edo tiene mucho que ofrecer. Eso sí, conviene avisar de que parte de la ruta transcurre junto a la carretera, por lo que el ruido del tráfico puede resultar molesto en algunos tramos. Con todo, también tiene su cosa observar el intrincado entramado de autopistas y pasos elevados del Tokio metropolitano.

El ruido del tráfico puede ser un engorro al pasear por el circuito del palacio
El ruido del tráfico puede ser un engorro al pasear por el circuito del palacio
Tramo arbolado del paseo que circunvala el palacio, cerca de la puerta Hanzomon
Tramo arbolado del paseo que circunvala el palacio, cerca de la puerta Hanzomon
Haciendo un descansito frente a la puerta Sakuradamon
Haciendo un descansito frente a la puerta Sakuradamon

Y, si después de todo esto te has quedado con ganas de más, aún puedes patearte los fosos exteriores del viejo castillo, el llamado Sotobori, un entramado de canales que se extiende por zonas interesantes (y poco conocidas) de la ciudad.

Fujimi Yagura, una de las torretas más fotogénicas de todo el Palacio Imperial
Fujimi Yagura, una de las torretas más fotogénicas de todo el Palacio Imperial

Parte de las defensas del castillo de los shogunes Tokugawa, los fosos exteriores abarcaban en su día casi la mitad de la antigua ciudad de Edo, y hoy conectan entre sí barrios como Kagurazaka, Iidabashi o Yotsuya, donde el viajero puede descubrir facetas muy atractivas del Tokio de ayer y hoy.

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Published by

Rubén Ibarzabal

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