Histeria asiática, ¿cómo se vive el coronavirus en el Sureste?

Templo de Erawan, en Bangkok, el último fin de semana de enero.
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Hace algo más de una semana amanecí en la antigua Saigón con la garganta igual que si me hubiera atropellado un autobús. Pero eso es muy normal en mí, he de decir. Los que me conocen ya saben que el más característico de mis rasgos es una rajada voz cazallera, y quizás por eso me deleite escuchando a Leonard Cohen y a Joaquín Sabina. Pero he de reconocer que, el penúltimo viernes de enero, las palabras en mi boca sonaban algo más roncas de lo que me es habitual. Nada nuevo, suele pasar cuando uno trasnocha más de lo que el cuerpo aguanta.

Fui a abandonar el hotel donde me alojaba y, al entregarles la llave y despedirme, el tipo de la recepción -con los ojos como platos- se llevó la mano a la cara y se tapó la boca.

—Señor, ¿está usted enfermo?
—¿Perdón?
—Su voz… —el trabajador señaló con su mano libre mi garganta— ¿Está enfermo?
—Mi voz siempre está así.
—Ha de ponerse esto inmediatamente —abrió un cajón y sacó dos mascarillas que dejó sobre el mostrador—, si no lo hace deberemos llamar a la policía, es a lo que nos obliga el protocolo.

Salí del hotel perplejo y con la dichosa mascarilla cubriéndome la boca y la nariz, para regocijo de aquel recepcionista. Antes de abandonar el hotel con mi maleta, el vietnamita me explicó que el gobierno local se había tomado muy en serio el asunto del coronavirus frente a la esperada llegada de turistas en el primer día festivo del año nuevo chino. «Si alguien tiene signos de enfermedad, hemos de avisar a las autoridades y la policía ha de encargarse», me alertó.

Me quité la mascarilla al salir del hotel y pedí un taxi a través de una aplicación con el móvil para evitar tener que hablar con el conductor. Entré en el aeropuerto y pasé los controles habituales sin problema alguno. La gente, igualmente, me miraba con extrañeza. Era uno de los pocos bichos raros que nos atrevíamos a mostrar nuestras bocas y fosas nasales desnudas, y en aquel momento me arrepentí de haber abandonado dentro del taxi la mascarilla que me dio el recepcionista.

aeropuerto virus Tailandia
Una imagen que capté el lunes pasado, en el aeropuerto de Bangkok.

Cuando estaba a punto de embarcar recibí una llamada urgente. Un amigo estaba en apuros frente a la siempre tediosa policía siamesa. Así que hice esfuerzos por elevar mi truncada voz y hasta yo me di cuenta que aquello sonaba ronco y desafinado, pero a quien le alarmó en demasía fue a la azafata de Vietnam Airlines. Antes de poder entrar al avión me paró el paso.

—¿Se encuentra bien, señor? —me preguntó parapetada en su mascarilla sanitaria e invitándome a que me echara a un lado.
—¿Cómo? Tío, ahora te llamo —le informé a mi colega antes de colgar—, que no puedo creeer lo que está pasando.
—¿Le importaría decirnos si tiene mocos? ¿Tose y le duele la cabeza?
—Mire… quizás estas últimas noches me he tomado alguna cerveza de más y he gritado en el karaoke, pero mi voz de por sí ya es un poema. Sin musicalidad, vamos.
—Entonces no le importará que le tomemos la temperatura. Es por su seguridad.

Lo más feo del asunto no fue que miraran si tenía fiebre, ya que eso fue solo cuestión de hurgar en mi oreja unos segundos. Lo tedioso resultó ser que, claro, tras ello el pasaje me miraba como si hubiera matado a Bambi. Si lo normal es esperar en el pasillo de un avión a los pesados que mueven todas las maletas para colocar la suyas y no te dejan pasar, aquella tarde solo me faltó la alfombra roja. Todo el mundo se echaba a un lado cuando yo pasaba.

Menos mal que a mi lado no había nadie, porque noté a un buen puñado de inquisidores ojos que parecían recriminarme que el único que no llevara mascarilla fuese yo, el sospechoso con ronquera. Nunca imaginé que lo de forzar la voz entre copas casi diera con mis huesos en cuarentena.

El racismo ‘infeccioso’ que trae el coronavirus

Turistas chinos Erawan
Unos turistas en el centro de Bangkok.

El pasado fin de semana lo pasé en Bangkok antes de volar a Indonesia, territorio libre del coronavirus. Y lo pongo en cursiva porque, si bien los del archipiélago más poblado del mundo sacan pecho de no sufrir contagios, hace un par de días se confirmó lo que cualquiera podía suponer: que no hay infecciones confirmadas porque el país no tiene la tecnología necesaria para detectarlas.

Tailandia, en cambio, es el lugar del mundo con más casos después del país del dragón que le da a la sopa de mamífero volador. Y también es el destino más visitado por los hijos de Mao durante los festejos por el nuevo año chino. Y eso es el caldo de cultivo para que, en Bangkok. se haya llegado a un punto extremo. Ya no es solo que todo el mundo sale a la calle con mascarilla, es que a los chinos se les mira como si llevaran la peste.

Vale, los turistas de la nación más grande del mundo nunca son del agrado de casi nadie. Y, qué diablos, yo no tengo simpatía alguna por el modelo de gobierno de esa China supuestamente comunista que más bien es totalitarista, pero de eso el pueblo no tiene culpa alguna. Y el odio que ha surgido hacia estas gentes, si lo comparamos con lo mío en Vietnam, deja a mi desventura como un simple besito en la nalga. Y me parece que nos estamos pasando, además de que hemos visto muchas películas de zombis.

Dos jóvenes locales, en el centro de Bangkok. Lo normal estos días es llevar mascarilla.

«Luis, ¿tú también crees que deberíamos llamar a la policía y denunciar a todos los chinos que se quedan aquí de Airbnb?». Esas fueron las palabras de una chica que vive en mi edificio, que me dijo que un grupo de vecinos se planteaba aprovechar el resquicio de la supuesta ilegalidad de los alquileres vacacionales en Tailandia para que la policía arrestara a los chinos que estaban de visita en el país y se alojaban con nosotros.

Los principales destinos turísticos del país han sido señalados como lugares de máximo riesgo solo porque, claro, están los chinos de visita, a quienes tampoco hay que señalar de apestados.

Un amigo que dirige dos restaurantes internacionales en Bangkok me comentó ayer que muchos clientes habituales le dicen que, en el caso de que permita comer a los turistas chinos en sus locales, ellos dejarán de visitarlos. «Menos mal que no suelen venir por aquí, sino tendría que decirles que estamos llenos».

Estimo también que el Gobierno tailandés, más preocupado por sus finanzas que por otras cuestiones, mete la pata al decirle a sus gentes que el coronavirus es una gripe nada más y que la situación está totalmente bajo control, cuando ya hay contagios de siameses que nunca salieron de su país y los números están ahí. Pero las malas acciones de un gobierno ineficiente no son excusa para cargarle el fiambre a los ciudadanos comunes.

De supuestas erecciones a verdaderas tensiones

Festival Japón Tailandia disfraz
Asistentes a un concierto en el festival Japan Expo, en Bangkok este fin de semana.

Quienes están en Europa me comentan que eso de los aluviones de odio contra los chinos está también muy a la orden del día. Y que lo habitual es pensar que el gobierno del país más grande del mundo miente, lo que es muy posible pero no se ha confirmado. Ya hemos comentado en estas páginas que lo del control de la información en China es algo peligroso.

Aun así, a veces es mejor quedarse con lo que está frente a nuestras narices, al menos en los lugares que habitamos. La mayoría de afectados por coronavirus sufren la gripe unos días y pronto están recuperados. Antes de alertarse por la situación, vale más la pena mantener la higiene y llevar mascarilla si estás en una zona afectada.

La visión del coronavirus está muy condicionada por las noticias que recibes. Esta semana anduve por Indonesia, donde no se ha registrado ni un solo contagio, y nadie llevaba mascarilla. Los ciudadanos locales han cancelado sus viajes a Tailandia o a China, los dos países apestados, pero están orgullosos de que su país esté libre de infecciones. Lo que desconocen es que el país insular no dispone de los medios necesarios para detectar el patógeno, por lo que si hay algún contagio se certifica como gripe común aguda. El miedo no nace del peligro real, sino de lo que percibimos.

templo rezos coronavirus
Madre e hija rezan en el templo de Erawan, ayer en Bangkok.

No olvidemos que muchas de las noticias que vemos son falsas, debido a -cómo no- las redes sociales. En Asia me han mandado vídeos de mercados con ratas cocinadas donde se decía que aquello era el foco de la infección en Wuhan, cuando se trataba de un remoto lugar de Indonesia, ese archipiélago donde están tranquilos porque no hay casos declarados.

En el aeropuerto de Bangkok, por ejemplo, un hombre chino se desmayó y quedó tendido en el suelo, lo que originó el caos y miles de vídeos y noticias en Internet. Luego se aclaró que de fiebre o virus nada de nada. Colapsó porque llevaba una borrachera de campeonato y a base de café con aspirina -además de una duchita- volvió a ser persona.

También están los que le echan la culpa a los bajos deseos. Con eso de que el virus se estima que llegó a los humanos por zoonosis tras pasar de un murciélago a una serpiente, hay quienes afirman que se coló en los hombres a través de la entrepierna de aquellos que querían aumentar su potencia sexual. Y es que la serpiente se utiliza en pócimas para la erección. La historia me parece curiosa, pero de ahí a que sea el motivo real -o único- de contagio hay un buen trecho.

7 eleven Tailandia mujer

Con todo ello no quiero decir que el coronavirus sea una gran mentira mundial; ni mucho menos entrar en esa conspiranoia que intuye que, tras el contagio, solo hay un interés capitalista para vender mascarillas o hundir la economía china.

El coronavirus es una realidad, pero no hemos de fantasear con historias de ciencia-ficción, sino protegernos por lo que pueda venir y no escuchar a quienes hablan del fin de la humanidad. Para muchos es fácil perder la calma, pero es mejor esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. ¿Recomiendo a quien tenga que venir a Asia que cancele sus planes ahora? Para nada, pero nuevamente esta decisión es muy personal y lo que yo más escucho es que es el momento de no venir al continente más grande del mundo. Yo así no lo considero, pero la decisión es personal, todo está en el aire y lo importante es estar atento a ver qué pasa, todavía es muy pronto. Lo que sí recomiendo es tratar de controlar la histeria y no dejarse llevar por el amarillismo de las falsas noticias. Eso debería ser, nuevamente bajo mi prisma personal, una obligación moral a imponernos.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve

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