Para mucha gente viajar es una adicción. O, más bien, una necesidad. Al menos, eso me pasa a mí.
El cuerpo y la mente me piden constantemente conocer la diversidad cultural y social que puebla este planeta, probar multitud de sabores diferentes, asombrarme con la naturaleza, tan variada y bella… Podría seguir, pero estoy seguro de que entiendes lo que quiero decir.
En mi caso, y seguramente en el tuyo, no hablo de consumir viajes o contar destinos compulsivamente. Hablo de querer conocer y comprender el planeta en que vivimos.
Una de las cosas más placenteras y evocadoras que hay para mí es desplegar un mapamundi o abrir un atlas y empezar a escudriñarlo. O bueno, también Google Maps, que no soy tan romántico de tiempos pasados.

En ellos leo los nombres de los países, de las poblaciones, de los accidentes geográficos, veo cómo es el relieve o dónde van a morir las carreteras… Todo eso me produce una curiosidad enorme: algunos sitios porque los desconozco por completo; otros porque ya he leído o visto sobre ellos y quiero conocerlos en primera persona algún día.
Sin embargo, a medida que mi dedo recorre el mapa, una pequeña alarma suena en mi interior, que me recuerda que hay algunos lugares donde no debería ir.
Creo que esa alarma se llama “valores” o “principios” y me recuerda que debería tener claras dónde están mis líneas rojas.
¿Líneas rojas? Se me ocurre definirlas como los lugares o actividades a donde, por mucho que me apetezca, no debería ir o realizar porque chocan con mis valores esenciales.
En mi día a día intento tenerlos bien presentes cuando decido, por ejemplo, en qué supermercado hago la compra, qué marca de ropa compro o en qué plataforma escucho mi música… Entonces, a la hora de viajar ¿no deberíamos ser fieles a ellos también?
Tendríamos que ser consecuentes y saber decir, “no, a ese país no voy a ir” o “esa actividad, paso de hacerla” o “no voy a viajar en ese medio de transporte”… por muy apetecible, cómodo o interesante que parezca.
Pueden ser muchas cosas que decidimos no aceptar. No solo pienso en países, también en regiones, actividades, medios de transportes, monumentos, mercados… La lista puede ser infinita.
Os seré muy sincero: es muy difícil ser consecuente y autolimitarse para alguien que, como yo, aspira a conocer, a ver, a probar, a disfrutar… ¡a entender el mundo en el que vive!
De repente, las líneas rojas se vuelven flexibles, borrosas. Rosadas.
Parece que en la mayoría de casos, siempre encontramos una justificación para hacer eso que siempre pensábamos que no íbamos a hacer. Para pisotear nuestros propios principios. O, adaptando la frase que popularizó Groucho Marx, decirnos “estos son mis principios y si no me gustan… tengo otros” y quedarnos tan anchos.
Siempre creí que visitar un país que no respetara los derechos humanos iba a ser para mí la primera gran línea roja. Hasta que decidí ir a Myanmar. Luego Turkmenistán. Y luego otros países africanos, de Asia central… Me salté mi propia línea. Se difuminó.
Las dictaduras son el máximo exponente de ese lugar donde sistemáticamente se pisotean los derechos humanos. Creo que aspirar a que se cumplan es lo mínimo que deberíamos exigirnos a la hora de visitar un país, como personas que somos, por solidaridad con el pueblo que las sufre. Pero en los países que visité consideré que mi presencia podría suponer una herramienta para dar a conocer la situación de la población, para demostrar que les importamos a la vez que intentaba gastar lo menos posible en productos o servicios de empresas estatales. En este caso, Principios 0: Egoísmo 1.

En ese mapa que se despliega ante mí pienso también en todos esos países en donde la mujer es oprimida a diario, ninguneada, a niveles extremos. Pienso en Afganistán, desde luego. ¿De verdad quiero ir a un país en el que se niega el derecho a la educación elemental o al acceso a la sanidad a las mujeres? Para mí ese país es una línea roja, a mi pesar, pues la ruta de la seda y Asia Central son mis pasiones y debilidades viajeras. Pero no me sentiría cómodo en un país que trata a las mujeres como escoria. Remonto el marcador, Principios 1: Egoísmo 1.
No es mi caso, pero para otras personas, mujeres sobre todo, muchos países musulmanes también lo son, especialmente en los que no hay paridad por ley, con derechos diferentes por su sexo o donde las mujeres son obligadas a cubrirse y adoptar unos códigos de vestimenta que no se exigen a los hombres. Los consideran una herramienta de sometimiento, de control. No me parece muy alejado de la realidad, pero sí que estuve en países que encajan ahí, como Irán o Pakistán, que disfruté enormemente, a pesar de la poca comunicación con las mujeres que tuve en este último.
Aunque esto no va de religiones buenas o malas: el Islam no es la única religión que discrimina por sexo. Muchas religiones prohíben la entrada a las mujeres a templos o zonas de estos. Recuerdo en Georgia, como no se podían acercar a templos ortodoxos (algo parecido pasa en el Monte Athos); en muchos templos hinduistas o budistas también, en que además segregan por sexos como en otras religiones. Nada de igualdad. Eso siempre me ha dado qué pensar: ¿Qué hago si a mi pareja, por ser mujer, no la dejan entrar? ¿Entro a conocer el lugar y minimizo mis principios de no discriminación por sexo?

Otro ejemplo podría ser países que persiguen y encarcelan a homosexuales, solo por el hecho de intentar vivir libremente su sexualidad, como Rusia. En Arabia Saudí, Yemen y Uganda es peor: existe la pena de muerte contra ese colectivo. Otros como Tanzania o Bangladesh imponen penas ¡de cadena perpetua! ¿No merece nuestra reprobación? ¿No merece que les pongamos una línea roja? ¿Solo porque yo no sea homosexual no tengo que preocuparme? Yo visité varios de estos, ignorando esto cuando la realidad es que en muchos lugares se persigue primero a los homosexuales, luego a personas de una religión, luego a quien piense distinto… y luego a cualquier cosa aleatoria que le interese al dirigente de turno. Represión total.
Se me ocurren muchas otras líneas rojas, que intento evitar: visitar lugares donde hay trabajo forzado, explotación infantil o condiciones de semiesclavitud (por ejemplo, en la construcción de megaestructuras turísticas o estadios ¿os acordáis del Mundial de Fútbol de Qatar?)
¿Y a Estados Unidos dónde lo metemos? Un país que desde hace décadas pervierte y manipula países y democracias a lo largo y ancho del mundo, que ha invadido, bombardeado, manipulado… Yo me tuve que morder la lengua y tragar saliva: este pasado verano fui a recorrer una parte de ese país mientras bombardeaba Irán. Aún no estoy orgulloso de haber decidido ir, pero me busqué una fórmula para compensar el gasto que hice en gasolina, donando una cantidad equivalente a una ONG que intenta paliar todo el daño que hacen. Era mi manera de recomponer mi marcador de esa lucha interna de principios que supone muchas veces viajar por el mundo.
Para cerrar este apartado, admito que sí hay un lugar que tengo claro que no visitaré nunca: Israel. Me da mucha pena no conocer algunos lugares históricos que hay en lo que hoy se llama Israel, pero no quiero que ningún euro de mi bolsillo vaya en forma de impuestos al Estado Israelita, que está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino. No quiero ir ni aunque sea para intentar conocer una realidad que tal vez no sea la que muestran los medios de comunicación. No.
Sigo mirando el mapa, soñando viajes. También me da por pensar en cómo llego a esos lugares.
¿En avión, con lo que contamina, con lo que sus emisiones contribuyen al efecto invernadero? Lo sé, pero lo uso, aunque no debería.
Intento consolarme pensando en que intento viajar mucho en otros medios poco contaminantes (como la bici o el tren), camino mucho, no tengo coche, no como carne… no sé, cosas que pienso que equilibran en parte la balanza, que minimizan un poco la huella de carbono que dejamos. También es cierto que ya no uso aviones como antes: esas escapadas de fin de semana, rápidas y aceleradas a conocer países de mi entorno, se acabaron.

Donde tengo claro que no me desplazaría sería en crucero, uno de los transportes más contaminantes, con su combustible pesado y nocivo, vertidos de aguas residuales sin tratar… Ni aunque me lo pagaran. Esa es otra de mis líneas rojas, de las que cumplo, aunque he de decir que no es difícil hacerlo: ese medio de transporte masivo creo que no me aportaría nada, me resultaría tremendamente aburrido.
Incluso en los países que sí es aceptable visitar según criterios de derechos humanos, pueden darse otras formas dañinas en actividades, que siempre intento evitar, no asistiendo y denunciando. En este sentido, aquí me resultan más claras y más fáciles de cumplir mis líneas rojas.
La primera que me viene a la cabeza es la explotación animal.
Hay países, regiones o empresas que promueven activamente el maltrato animal, como espectáculos con fauna salvaje sedada (tigres, elefantes) como los «templos» de los tigres en Tailandia; paseos en elefante en muchas regiones del sudeste asiático o, como recuerdo ver, en Sri Lanka.

También está la caza de trofeos de animales criados en cautividad a tal efecto (en Sudáfrica y Namibia, por ejemplo) o fiestas tradicionales basadas en la crueldad animal, como las peleas de gallos en América Latina y Asia. U otras más cercanas: ¿os suena la tauromaquia, esa “fiesta” en la que en casi todos los pueblos de España se juega y luego asesinan toros después de hacerles sufrir, y todo ello en nombre de la tradición? Pues eso.
Otras actividades reprochables y líneas rojas para mí también son las que utilizan animales en actividades denigrantes, como los carros de calesas en ciudades españolas, o que mantienen a los animales en cautividad en condiciones reprochables (como suelen ser casi todos los zoos o parques temáticos marinos, con mamíferos cetáceos en diminutos tanques de agua), los cafés en los que tienen a gatos o cerdos como reclamo comercial, o animales salvajes que son alimentados de manera artificial para nuestro “disfrute”, como el tiburón blanco en Sudáfrica, el tiburón ballena en Oslob (Filipinas) o las mantarrayas en Stingray City (Islas Caimán).
Y es posible que para algunos también lo sean los mercados, en los que muchas veces se exhiben muertos o venden animales vivos, normalmente en malas condiciones que rozan la crueldad. Recuerdo ahora el mercado de Tomohon (Indonesia) donde además de serpientes, murciélagos y tortugas, tenían perros vivos esperando a un comprador, hacinados en jaulas. Lo peor fue ver cómo mataban uno a palos cuando un cliente lo compró. De haberlo sabido antes de entrar…
No estaría mal que una línea roja fuera también la de no visitar aquellos lugares en los que se hayan dañado los ecosistemas o donde se ha expulsado a las poblaciones autóctonas para construir infraestructuras para el turismo.
No siempre es fácil saberlo, pero hay ejemplos claros: la Rivera maya, donde se destruyeron miles de manglares y arrecifes, puede ser un ejemplo. O Bali, donde dentro de poco no quedarán arrozales, usándose los terrenos para construir villas para acoger al turismo que ya desborda la isla (o en los que quedan cobrarles la entrada para verlos…).

Deberíamos ponernos como línea roja, pienso, aquellos en los que nuestra presencia es más dañina que beneficiosa para el medioambiente, en aquellos lugares (muchas veces islas) que están al límite de sus recursos (de agua, de tierra, de gestión de la basura). Pienso en Boracay (Filipinas) o Rapa Nui, Santorini o dentro de nada, a este paso, Ibiza o Tenerife, y tantas otras.
O no acudir, por mucho que nos apetezca, allí donde la gentrificación a la que contribuimos al viajar haya sido tan extrema que los locales no puedan permitirse (o quieran, por el horror que supone vivir rodeado de marabuntas de turistas) vivir en los barrios céntricos, convertidos en lugares pensados para el turismo. Ejemplos, por desgracia, ya hay miles, como Venecia, el Gótico en Barcelona o Alfama en Lisboa.
Alguna persona dirá que la línea roja debería ser no viajar. Nos estamos cargando el planeta.
Razón no le falta, pero no solo por viajar.
Me cuesta ponerme ese límite. Yo creo que no se trata de no viajar, sino de pensar qué efecto tiene nuestra presencia en los lugares, desde todos los puntos de vista que podamos e intentar minimizar todo lo negativo de nuestra presencia potenciando lo positivo que hay, que es mucho.
Acabo cediendo el testigo. Haciéndote esa pregunta.
¿Cuáles son tus líneas rojas?
¿Qué cosas no haces, qué lugares no visitas, para no romper tus principios?
¿Es “querer conocer” una excusa para saltarnos esas líneas y quedarnos tranquilos?
¿Para no dejar de visitar lugares que sabes que no deberías, pero que te fastidia no hacerlo?
En mi caso, y me avergüenza reconocerlo, en muchas ocasiones sí.
Qué difícil es ser consecuente.
