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La crónica cósmica. Cada día me enamoro un poco más de los amables vietnamitas

La crónica cósmica. Cada día me enamoro un poco más de los amables vietnamitas
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Me gusta viajarCargando…

CANSADO DE PLACER. Ayer descubrí, ¡Oh, sorpresa!, que habían transcurrido más de cinco semanas desde que aterricé aquí, en Vietnam; y ya que, como todos sabemos, sólo pasa volando el tiempo satisfactorio, recordé al grupo “Radio Futura” cantando, “Estoy cansado de placer”, porque no hay otra manera de definir el gustazo que me ha aportado cada uno de esos treinta y ocho días. En ello ha colaborado en gran manera la compañía y la organización del amigo valenciano, y quizás os reiréis si os digo que tengo la sensación de estar de vacaciones.

Ha sido así sobre todo desde que partimos de Hanoi y llegamos a Hôi An tras viajar dieciocho horas hacia el sur. Hicimos ese recorrido en tren y en una confortable cabina con literas desde la que pudimos contemplar los siempre espectaculares paisajes vietnamitas con las típicas formaciones rocosas kársticas del Sudeste Asiático. Durante la noche las llanuras del norte, salteadas de ríos y lagunas con miles de patos (¿Patofactorías? ¿Patolandia? ¡Ja!), dejaron paso a unas serranías cubiertas de densa jungla que terminaban junto al Mar de la China Meridional.

Completaré estas imágenes añadiendo que, de forma parecida a la India, en muchas poblaciones las vías de los ferrocarriles se hallaban pegadas a las casas y los comercios, y el tren cruzaba por ellas haciendo sonar el atronadoramente claxon como si fuese un vehículo más. Al contrario que en Tailandia, en los ferrocarriles vietnamitas se permite beber y fumar: ¡Bien!

Igual que en otras partes del país, vi por todos lados pequeños cementerios y tumbas aisladas que podrían hallarse en medio de los arrozales e incluso en el patio de las casas. La parte final de este viaje hacia el centro de Vietnam nos paseó ante una albufera llena de barcas de pesca, y terminó en la ciudad de Da Nang, en la que tomamos un autobús urbano para recorrer los últimos treinta kilómetros hasta Hôi An.

Tal como habréis comprobado repetidamente al leer estas crónicas, yo, aparte de ser un escritor de tercera regional, no soy en manera alguna un poeta, y ahora ni tan siquiera voy a intentar describiros esta legendaria población cuyo puerto comercial ya existía en el Siglo I (entonces conocida como Lam Ap Pho o Ciudad de Champa), porque, debido a sus diferentes peculiaridades y al encanto del barrio antiguo, sería como si tratase de hacerlo, pongamos por caso, con Venecia, Cartagena de Indias, Cuzco, Varanasi o la difunta Alepo.

Lo que sí os diré para animaros a dar este paso es que los ricchós, o sea los ciclo-taxis, son los únicos vehículos que transitan al anochecer por las silenciosas callejuelas de la parte histórica, y que éstas están iluminadas por cientos de farolillos parecidos a los de las barquitas que navegan por el canal que separa la pequeña península que se forma en la desembocadura del Río Vinh Cùa Dai.

A pesar de las inevitables cantidades de visitantes que recibe Hôi An, mientras paseo por este entorno sin mácula admirando su delicada arquitectura, creo hallarme en un cuento de hadas, y tengo otra razón para felicitarme por tener a un buen guía.

Nos hospedamos en una pensión de la península llamada “Moon’s Homestay” en la que tenemos por un lado el río, y por el otro el canal y el famoso Puente Japonés, obra de arte de madera que está cubierta y es de ensueño.

Tal como sucede en todos los sitios, la atmósfera y el aspecto de Hôi An son completamente distintos cuando al amanecer recorro sus solitarias y limpias callejuelas acompañado de felices perros (también hay un espectacular gallo que va a su aire y juega con una perra), o tomo el primer café en una cafetería que hay frente a la escuela, donde, antes de que empiecen las clases a las siete, los alumnos desayunan la sopa de fideos en una cantina sobre ruedas que cierra sus inexistentes puertas en cuanto terminan de comer sus pequeños clientes.

Cada día me enamoro un poco más de los amables vietnamitas, de su deliciosa y variada comida, y de su buena y barata cerveza. También aumenta mi simpatía por este pequeño país que en el pasado se enfrentó con éxito a naciones tan poderosas como Francia, China o Estados Unidos de América, o que invadió Camboya para terminar con el genocidio que estaban llevando a cabo los Jemeres Rojos del desquiciado y sanguinario Pol Pot.

EL INDOSTÁN

  • A pesar de que el cristianismo llegó a Kerala poco después de que Jesús fuese crucificado, los cristianos de ese estado indio han mantenido sutilmente el sistema de castas del hinduismo, y las familias que se convirtieron primero a la nueva religión se hallan por encima de las que lo hicieron más tarde.
  • 22 vagones del tren “Ahmadabad-Puri Express” recorrieron 13 kilómetros sin llevar una máquina o un maquinista, pero sí a mil aterrorizados pasajeros.
  • Mientras yo esperaba en la estación de Ajmer conté los vagones que remolcaba un tren de carga: ¡46!
  • Entre los años 2008 y 2014 se descubrió varias veces en diferentes hospitales de Delhi que la sangre para las transfusiones contenía sida, hepatitis B, hepatitis C, sífilis o malaria.
  • Un marido estranguló a su esposa por cuestiones monetarias, y lo hizo ayudado por su hijo y su hija.

MIRA LO QUE PIENSO. Debido al éxito popular (¡Ja!) y a las felicitaciones (¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!) que obtuvieron las reflexiones personales que aparecieron en una de las últimas crónicas (¿o sería la penúltima?), he decidido completarlas con esta especie de currículo que quizás peque de incorrecto porque en mi “ardua” vida nunca me vi obligado a escribir uno para solicitar un empleo.

Mi cóctel personal tiene la cultura genética de unos ancestros fenicios y judíos, el nacimiento en una familia numerosa de la que era el Benjamín, una educación represiva, católica y fascista, y una diversa experiencia laboral que incluyó especialidades tan distintas como la de metalúrgico, ayudante de matarife, oficinista, vendedor de coches y de libros, chófer, contable, funcionario, finquero, administrador, locutor, pinchadiscos, vaquero y recolector de naranjas. Pero, si somos lo que hacemos, todo esto sólo formó parte de los primeros treinta y tres años de mi existencia, pues durante los restantes he pasado más tiempo en la India, el Nepal, el Sudeste Asiático, Oriente Medio, África, Sudamérica, la Selva Negra alemana, Francia y las Islas Canarias, que en mi lugar de nacimiento, al que actualmente únicamente me siento ligado por una lejana memoria que parece de otra vida.

Me guío meticulosamente por mi propia filosofía sin apartarme jamás de mis creencias. Observo a los demás para aprender de sus virtudes y evitar sus debilidades, y trato de aleccionarles con el ejemplo y no con las palabras, porque éstas, ya fuesen de un pensador, un profeta o un supuesto dios, se tornaron con demasiada frecuencia en un mal. De todos modos, mis actos sólo me conciernen a mí, y trato de ser tolerante con ellos, igual que lo soy con todo y con todos, evitando sistemáticamente tomar el pesado y odioso cargo de un juez.

Por la mañana hablo con Dios y por la noche bailo con el Diablo porque esta ceremonia me ayuda a ser tolerante. Mi alarma se dispara ante una película, un libro, una canción o un cómic que haya sido patrocinado por el gobierno (local o nacional), ¡Ay!, porque en esos casos prevalece casi siempre el patriotismo por encima de la calidad.

Me presento a los desconocidos explicando lo que hice y lo que respeto en una persona. Somos lo que hacemos, y yo soy raro porque no hago cola, no pago un duro a hacienda, y no paso la vida en un curro. Pienso que sería absurdo tratar de mejorar y, así, alterar la perfección de mi propia situación y entorno.

Entre los cambios que decidí llevar a cabo a partir de los treinta y tres años hubo el de negarme a aceptar cualquier tipo de obligación impuesta por el sistema social, y sólo admito lo que me entra naturalmente sin vaselina: Es otro de tantos experimentos que hago de la vida “para ver qué pasa”.

Si crees en Dios es pecado preocuparte por tonterías abstractas, pero también es una gilipollada hacerlo por lo que de todas maneras no tiene solución. Yo soy un crédulo, pero no creo en las profecías, y evito pensar en ellas. Estoy seguro de que todas las culturas buscaron o crearon a Dios al enfrentarse a hechos tan milagrosos como la riqueza de la jungla o el Sol naciente (dadle una mirada al reportaje “Zeitgeist”). La fe está en nuestro coco como el instinto, y al fin sólo existe lo que creemos. Todo lo demás es pura ilusión: Maya.

Me gustan todos los animales, y sobre todo los perros, e incluso miro con cariño a las ratas.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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