La crónica cósmica. El placer que me provoca este safari

La crónica cósmica. El placer que me provoca este safari
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UNA SERIE DE EVENTOS INESPERADOS (pero no desafortunados como en la película con este título). Podría decirse que, en realidad, todo empezó hace cuatro años cuando yo, un viejo nómada que se sentía satisfecho con sus diferentes campamentos estacionales y que cada vez exploraba nuevos territorios con menos frecuencia, me crucé en Kanchanaburi con el amigo valenciano de conmochila.com, hombre con un culo de mal asiento que me espetó: “¡Cómo puede ser que no hayas estado en Vietnam o en Pulau Kapas, o en las junglas de Taman Negara!”. De manera que él fue el responsable de que desde entonces visitara una buena colección de sitios interesantes.

Tras aclararos esto, comprenderéis que me “alarmase” al recibir hace un mes en Sauraha un correo suyo desde la campiña inglesa en el que me hacía dos preguntas: “¿Podrías estar en Katmandú el primero de marzo y el día siguiente en Delhi? ¿Y estarías dispuesto volar seis veces en las dos semanas siguientes?”. Mi alarma fue justificada, pues había planeado permanecer unos cuantos meses más holgazaneando en el que es mi lugar predilecto del Nepal.

De todos modos, respondí afirmativamente, claro, y ahí empezaron las movidas que han continuado hasta hoy. La primera fue dirigirme a la capital nepalesa para solicitar un visado indio de seis meses que me concedieron sin más problemas. El avión de Air India salió con retraso debido a un nuevo conato de guerra entre la India y Pakistán, país que acababa de bloquear su espacio aéreo.

Caso insólito, permanecí en la India menos de veinticuatro horas, y el sábado por la mañana tomé un avión de la compañía Omán Air hacia Muscat (que también partió con retraso debido a las mismas circunstancias). El contraste entre el aeropuerto nepalés y el de Omán no podría ser mayor. Al primero se lo considera uno de los peores del mundo (aparte de estar abarrotado y hacer un frío que te cagas, algunas puertas de embarque (hay cinco) se cerraban con unos candados de los que no encontraban la llave: ¡Ja!). El otro es una modernidad inmensa en la que no hay prácticamente nadie. Mi tercer vuelo partió asimismo con retraso y aterrizó en Nairobi a medianoche. ¡Ponía por primera vez los pies en Kenia! Siguiendo las directrices de mi guía valenciano, tomé un taxi hasta el cercano y lujoso Hotel Crowne Plaza, donde me encontré con él y su encantadora novia.

EL PRIMER DÍA. Tras dormir pocas horas, de mañanita nos reunimos con Charles, un simpático keniata con un perfecto castellano que, no limitándose a ser académico, incluía tantas expresiones callejeras que podía creerse que, en vez de ser africano, fuese, pongamos por caso, manchego. También me gustó el sonido de su voz y el de la lengua suajili. Charles, que trabaja para la compañía Masikio Safaris y sería nuestro guía, conducía una camioneta que, a pesar de tener un aspecto normal, era una todoterreno y habría podido competir en el París-Dakar.

¡Mi alegría no tenía límites, pues había temido que hiciésemos ese safari (en suajili, safari significa viaje) en uno de los típicos grupos de turistas! Otra cosa que me pareció maravillosa fue que nos encontrásemos en la época seca (llueve sobre todo en abril, mayo y junio) y en la temporada baja de turismo de un país muy turístico (la temporada alta es en nuestro verano).

Partimos viendo como Nairobi despertaba, y durante las siguientes cinco horas, mientras nos dirigíamos hacia el norte, no perdí detalle de la interesante película keniata que veía tras las ventanillas. Plantaciones de café, de mangos, de piña y de aguacate. Coloridos mercadillos junto a la carretera. El Monte Kenia, nevado y con su supuesta forma de avestruz, levantándose a lo lejos (más de 5.800 metros de altura). El tráfico me pareció muy civilizado si lo comparaba con el del Nepal o la India: ¡Nada de bocinas atronando continuamente!

Nos detuvimos al cruzar la línea del ecuador y, mientras bebíamos un buen té del país, nos mostraron cómo el agua giraba en un sentido en un lado y en el contrario en otro.

Los vallados, en vez de ser a base de un feo alambre espinoso, estaban hechos con plantas vivas de rico verdor. Había por doquier un sinfín de iglesias pertenecientes a docenas de sectas cristianas (además de la católica). También se veían grandes manadas de ganado con sus obligados pastores; las vacas eran sobre todo los cebúes de origen indio, y había muchas más ovejas que cabras. En cuanto a los burritos, algunos tiraban de los carros de tres en tres, pero la mayoría iban de por libre y a su aire.

Aluciné al ver unos curiosos remolques bajos con unas luces parecidas a las de la policía o las ambulancias que en realidad pertenecían a las funerarias y transportaban un ataúd cada uno.

En cuanto a los keniatas, son por lo general altos, cachas, campechanos, amables, hablan un inglés perfecto, y llevan la cabeza afeitada, incluso la mayoría de las mujeres, que son culonas y tetonas. Al contrario que en Asia, no usan bicicletas y van a todos lados andando o corriendo. Charles nos contó que él iba a la escuela trotando durante ocho kilómetros. Los niños, además, van recogiendo la leña que usarán para cocinar. Recordé a un amigo de Gambia que curraba a dieciséis kilómetros y los recorría diariamente corriendo para ahorrarse el coste del autobús.

Pasado el mediodía llegamos a la Buffalo Spring Reserve y al Ashnil Sumburu Camp donde nos hospedaríamos en una amplia cabaña. El lugar estaba aislado con vallados electrificados tras los que vimos pasar una manada de elefantes: pueden pesar hasta seis toneladas e impresionan más que los asiáticos. Era un lugar muy árido y hacía mucho calor. La mayoría de árboles pertenecían a la familia de las acacias (de las que en Kenia hay sesenta y cuatro tipos), y sus espinosas ramas estaban llenas de nidos de pájaros tejedores.

Tras ducharnos, comer y tomarnos unas refrescantes cervezas Tusker, Charles nos llevó de paseo por el parque en su camioneta, a la que le había levantado el techo. Vimos cocodrilos, impalas, babuinos y unos monos parecidos a los langures asiáticos. El espectáculo con mayúsculas tuvo como actoras a dos leonas acompañadas de cuatro jovenzuelos que descansaban a la sombra de unas matas que había junto al amplio río Isiolo, que en esta época y en algunas partes de su cauce se hallaba prácticamente seco. Nos detuvimos a pocos metros de las madres y pudimos contemplarlas a gusto gracias a la indiferencia que muestran hacia los vehículos.

Siguiendo su mirada, comprobamos que observaban a una jirafa solitaria que se puso en alerta al descubrir su presencia. Entonces una de las leonas, seguramente la jefa del clan, partió sigilosamente dando un rodeo y dejamos de verla. Al poco los leones pusieron su atención en cuatro jabalíes que, saliendo de la jungla, se adentraron por la arena del río e hicieron la necedad de meterse en un hoyo para abrevar sin dejar a uno de guardia. Inmediatamente reapareció por otro lado la leona de antes y fue a por ellos sin que se enterasen del peligro que corrían, hasta que ya fue demasiado tarde. Ella escogió al mayor y la carrera duró unos cortos instantes. Sus chillidos desesperados duraron asimismo los cortos momentos que tardó en asfixiarlo clavándole los colmillos en la garganta. La otra leona y los jovenzuelos se lanzaron a por los demás jabalíes mientras huían en distintas direcciones, pero no consiguieron cazar a ninguno. Además, ya tenían el plato servido, y se limitaron a juntarse con la jefa para saborear el festín. La jirafa (llegan a pesar 1.200 kg.) observó el macabro espectáculo aliviada de no formar parte del menú.

Poco después, y cuando continuábamos con la excursión, nos cruzamos con un solitario león macho al que tampoco pareció importarle nuestra presencia.

Unos datos. Hace tres meses regresé de Malasia pesando 60 kilos (demasiados), y en el Nepal me he quedado en 54 (perfecto). Euro: 108 shilingi (la moneda de Kenia). En suajili se llama muzungo al hombre blanco (en Gambia era tubap).

SEGUNDO DÍA. Charles nos contó que en la Buffalo Spring Reserve fue muy famosa una leona que cuidó durante más de un año de una gacela que se había quedado huérfana.

A las siete de la mañana empezamos un nuevo recorrido por ese parque y, a quien madruga Dios le ayuda, vimos algo tan insólito como una mamá leopardo acompañada de su cachorro; una encantadora preciosidad a la que pudimos contemplar de cerca porque decidió aprovechar la sombra de nuestra camioneta y se acostó junto a nosotros. También nos cruzamos con cebras de distintas razas (incluidas las silbadoras). Nos encandilaron las gacelas dikdik, que tienen el tamaño de una liebre y son pura dulzura.

Otros “bichos” a los que contemplé a gusto fueron los ónix con sus largos cuernos, y un antílope que los tiene curvos y que se parecía al nilkanth (también llamado toro azul) de la India.

Al ver un grupo de avestruces, Charles nos explicó que alcanzan la velocidad de 65 kilómetros por hora, mientras que los leones se quedan en 55. Otras lecciones de nuestro amable guía (que no dejaba de sorprenderme por el simple hecho de que hablara castellano) se referían a los elefantes: “El rugido grave que hacen a veces es un ultrasonido que los demás elefantes pueden “oír” a través de las plantas de los pies. También se comunican golpeando el suelo con la trompa. Hubo una vez un elefante al que protegía el presidente de la nación y llegó a vivir sesenta años (según dicen, los elefantes asiáticos superan los cien).

Más datos. Tal como me sucedió en otros viajes recientes, no empecé a sentir el cansancio de los kilómetros recorridos ni el cambio de horario ni las pocas horas de sueño o el jet lag hasta mucho después de que hubiese terminado todo. Sin embargo, después sufrí un agotamiento horroroso que podría comparar a la dura resaca de las fiestas que lleva a otros “viejos” a dejar de beber.

Pero, mientras he ido recuperando las fuerzas, ha ido aumentando el placer que me provoca este safari, al que valoro más y más porque lo estamos haciendo la mayor parte del tiempo a solas, sin vernos rodeados por docenas de turistas, y al cual ya considero el mejor regalo que haya recibido en mi vida: ¡Che, que vivan los amigos valencianos (tanto monta monta tanto…)!

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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