La crónica cósmica. La cabaña de la Cerveza Perezosa

La crónica cósmica. La cabaña de la Cerveza Perezosa
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INVARIABLE. Érase una vez, o dos, hace muchos, muchos años, en otro milenio, cuando empecé a viajar continuamente tuve algunos desengaños al regresar a ciertos sitios que anteriormente me hubiesen gustado mucho y encontrarlos cambiados para mal. El fallo era mío, claro, pues pecaba de cándido al esperar inconscientemente que la película continuase donde la había dejado, como si hubiese pulsado el botón de pausa y todo siguiese exactamente igual.

Sin embargo, resulta que todo se halla en una perenne metamorfosis y, como sabe todo el mundo, solamente hay una cosa que no cambia: el cambio. ¡Ja, seguro que ya os estaréis preguntando adónde iré a parar con esta parrafada!

Pero si nos empeñásemos en dar con la excepción que confirmase la regla, ésta sería el Nepal, país que año tras año sigue igual de bien, y de mal; o sea lo contrario que los países del Sudeste Asiático. Por eso, al haber pasado los últimos siete meses allí, noto más esa diferencia.

El segundo de mis hermanos, a quien también le gusta juntar palabras y se encarga además de corregir estas crónicas, al leer en la última lo que yo decía del Nepal, me comentó: “Se nota que te gusta el caos”. Así es, y de ahí que me sienta más a gusto en unos determinados países, como la India, y no me apetezca ir a otros que no hará falta nombrar.

Pack ecológico de viaje

En Sauraha, junto al Parque Nacional de Chitwán, encuentro especialmente esa confortable inmutabilidad. Han levantado algún edificio nuevo, pero, por lo demás, continúa presente la plácida atmósfera de esa extraña población formada por una docena de aldeas de la etnia tharu entre las que han ido apareciendo unos resorts que tienen en común sus extensos y cuidados jardines. Umm, ahora recuerdo que siempre he definido a Sauraha como un gran jardín.

Tras haber residido aquí mucho tiempo, cada nuevo regreso se acompaña de docenas de saludos, “¡¿Qué tal?!”, “¿Cómo vamos?”, “¿Dónde has estado?”, “¿Te vas a quedar muchos meses?”. Esas son las personas, como el lechero, la frutera, la farmacéutica o la chica que me vende la miel; pero también están los perros, y su saludo de bienvenida me parece aún más entrañable.

Iré andando por la calle, y de pronto me atrapará por detrás un perro que me habrá visto de lejos, y se me arrimará cariñosamente dejándome claro que me recuerda, aunque no me haya visto ni olido en año y medio.

Me hospedo en la misma pensión y en la misma cabaña de siempre. En la puerta han pintado la figura de un oso, bajo el que está escrito: “Sloth Bear Hut” (Cabaña del Oso Perezoso). O por lo menos esto es lo que debería decir, pero resulta que el artista se despistó y cambió la a por una e dejando “bear” convertido en “beer”, y hasta ahora nadie se ha fijado en que ésta sea la “Cabaña de la Cerveza Perezosa”. Por si estáis pensando, “Muy apropiado”, os replicaré que no estoy bebiendo ni una cerveza, pero sí ron, ¡Ja!

Otra de las cosas que me seduce de este país es la comida, y durante esta primera semana le he dado mucho gusto al paladar. En Katmandú, y animado por el frío, comí sobre todo judías rojas y lentejas, por supuesto muy picantes, acompañadas de unos “tandoori roti” recién salidos del horno. Aquí, en las tierras bajas del Tarai, todo el mundo come invariablemente “Dal Bhad”, el plato que lleva montañas de arroz blanco junto con dos o tres tipos de verduras que son siempre muy sabrosas y frecuentemente desconocidas para mí. A veces también hay pollo, pato o pescado.

Por lo general usamos la misma palabra para definir todas las comidas picantes aunque, pongamos por caso, la versión mejicana del picante sea distinta a la tailandesa o la india; y el peculiar picante de la cocina tharu me llega al alma (además de a la lengua…).

MIRA LO QUE LEO. Mi afición por las novelas de suspense no deja de aumentar. Leí en un santiamén la sexta del noruego Jo Nesbo, escritor que mejora con cada uno de sus libros. A ésta la siguió A Sangre Fría, en la que el señor Truman Capote me sedujo desde el primer párrafo con sus grandes habilidades narrativas. A continuación, y armonizando con el entorno, leí por segunda vez El Palacio de Cristal, de Amitav Ghosh, uno de los mejores escritores indios de la actualidad, que en esta novela te pasea por parte de la historia de Birmania y Malasia. Me sorprendió agradablemente enterarme que mis autores y libros preferidos eran prácticamente los mismos que gustaban a Hemingway.

Ahora estoy leyendo el interesante diario que escribió recientemente mi amigo Gonzalo Morquecho con el título Un Año de Rutina, Diario de un Don Nadie. Él es actor y maestro de arte dramático, y reside habitualmente en Kuala Lumpur. Nos conocimos en la Isla de Kapas, donde coincidimos dos veces. A pesar de que Un Año de Rutina es una profunda introspección personal, su lectura es amena, unas veces dramática, y otras incluso divertida. Toda esta presentación viene al caso porque en la página cincuenta y dos Gonzalo hace unos comentarios acerca del pelo que también los podría haber hecho yo, pues opino igual. Gonzalo me dio permiso para que publicase los párrafos que copio a continuación.

“Aquellos que tenemos pelo largo, y más si es así desde hace muchos años, desarrollamos una relación muy espacial con él; es gran parte de nuestra identidad. Esto tiene una razón científica más allá de los apegos emocionales y personales. No sé si sabías que el pelo son terminaciones nerviosas. Durante la guerra de Vietnam los yanquis llevaron nativos americanos a la selva para rastrear las sendas y encontrar a los Vietcongs. Al “alistarse voluntariamente” en el ejército les cortaban el pelo. Durante un periodo de tiempo los raptados y rapados no conseguían éxito alguno en su tarea, no había manera de que averiguasen ni uno de los caminos que marcaban las invisibles señas que dejaban los rebeldes vietnamitas. Según ellos la razón de fracasar en todos los intentos era la falta de pelo; no tenían sus melenas.

El ejército americano en fase de desquicie total tras el fracaso de los rastreadores, y la guerra en general, accedió a traer nuevos rastreadores nativos americanos, éstos con su largo y liso pelo negro sin haber sido esquilmado y profanado. Los nuevos soldados de pelambrera densa eran capaces de encontrar rastros y seguir a los vietcongs. Incluso los que tenían el pelo corto al principio fueron adquiriendo de nuevo sus capacidades al ritmo que les crecía el pelo. De ello se hizo un estudio científico y se llegó a la conclusión de que el pelo es capaz de sentir, es como una antena que nos comunica con lo más orgánico y natural alrededor nuestra.

¿Por qué creéis que en trabajos denominados serios, en realidad quieren decir alienadores, no está bien visto llevar pelo largo? Muchas veces incluso prohibido. ¿Por qué en el movimiento hippie, capaz de alarmar a varios gobiernos, las melenas eran predominantes? ¿Por qué en ámbitos artísticos y bohemios los pelos largos son moneda corriente? ¿Por qué la estética nazi se asocia a cabezas rapadas, por qué no hay militares, policías o cuerpos de seguridad del estado en los que sus miembros tengan pelo largo? ¿Por qué cuando se quiere disciplinar a mano de hierro lo primero que se hace es cortar el pelo a la fuerza…?”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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