La crónica cósmica. La mejor cerveza del Nepal

La crónica cósmica. La mejor cerveza del Nepal
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LA COSA PERSONAL. Generalmente tengo la suerte de no añorar a nadie ni nada. Supongo que sólo añoraría la libertad si me faltase. ¿Es un don o una debilidad? ¿Podrían acusarme de ser robóticamente insensible? Me vacunaron a hostias contra la añoranza cuando, en mi infancia, permanecí cuatro años encerrado en un internado, que era lujoso y, al mismo tiempo, parecido a un cuartel fascista en el que imperaba una disciplina férrea.

Otra razón para explicar esa falta de añoranza se debe a un hecho psicológico, más normal y comprensible. Lo define a la perfección la expresión “echar en falta”. Se echa en falta a quien ha desaparecido de nuestras vidas, de la casita que compartíamos o de las tertulias que manteníamos al atardecer. Es una pequeña molestia que se siente en el plexo solar y que podría confundirse con un nudo en el estómago.

Evidentemente, sólo la padece quien se queda, porque el que ha partido tiene metafórica y literalmente la cabeza en otro sitio, pues, para evitar sufrir percances durante el viaje, uno ha de centrarse en el presente y cuidar de cada uno de los pasos que da, como si anduviese junto a un precipicio. Y no añoro a nadie porque casi siempre soy el que se va.

Pero, maldita sea, el amigo valenciano ha sido la excepción que confirma la regla. Tras permanecer dos semanas conmigo en esta pensión de Sauraha, en el Nepal, cuando anteayer partió de vuelta a su tierra (pasando por Katmandú, Delhi y Madrid) noté ese curioso picor de la añoranza. Era un hecho insólito, y me dije sonriendo: “¡Vaya, hombre, pues ahora resultará que soy un ser humano!”.

LAS CUESTIONES VIRULENTAS

Debido a la epidemia de coronavirus, el gobierno de Pekín acaba de cerrar sus fronteras con el Nepal. Me parece de maravilla, aunque lo lógico habría sido que quienes tomasen esa decisión fuesen los nepaleses. ¿Harán igual con los otros países limítrofes del Sudeste Asiático?

Esta crisis está trayendo con ella un sinfín de problemas inesperados que hubiesen sido inimaginables unas pocas semanas antes. Uno de ellos tiene que ver con las poblaciones fronterizas del Nepal, que se abastecían en los cercanos bazares chinos, ya que los nepaleses se hallan a grandes distancias, y ahora les han de llevar comida con helicópteros del ejército.

Los que por el momento no han recibido la ayuda prometida para ser evacuados de China son los miles de jóvenes nepaleses que estudian en aquel país, muchos de los cuales se hallan precisamente en Wuhan, el epicentro de ese terremoto virulento.

El turismo chino ya había caído a cero incluso antes de que cerrasen las fronteras, y ahora casi ocurre lo mismo con el de Corea, el de India y el de Sri Lanka. Con ello, claro, muchos hoteles del Nepal están prácticamente vacíos. Y esto ha sucedido en el momento en que el gobierno de Katmandú anunciaba a bombo y platillo el principio de la campaña publicitaria “Visit Nepal 2020” para conseguir que este año se multiplicase espectacularmente el número de turistas extranjeros que visitaran el Nepal.

PASEANDO POR ESTE GRAN JARDÍN

Afirman los especialistas en adicciones que es muy malo beber solo (¡But I like it!), y la compañía del amigo valenciano evitó que yo siguiese con esa “mala” costumbre. De todos modos, nos ceñíamos a unos horarios vampíricos y únicamente descorchábamos alguna botella tras esperar el ocaso. Él lo definió diciendo: “Somos abstemios de día y borrachos de noche”. Un día en que me invitó a cenar en un lujoso resort ajardinado que se halla junto al Río Rapti, descubrimos la existencia de la que es, sin duda alguna, la mejor cerveza del Nepal. Se llama “Red Himalayan”, tiene un sabor tan peculiar como su color, y nos la sirvieron a presión.

Con el Señor Tolstoi, aparte de jugar “sanguinarias” partidas de backgammon, dedicamos muchos ratos a mirar los vídeos domésticos que filman los rusos en sus casas o mientras circulan en automóvil; y yo, al ver los disparates que hacen, exclamo diariamente: “¡Aunque cueste de creer, los rusos estáis más locos que los nepaleses o los indios!”. ¡Para circular por las calles y carreteras rusas se ha de ser un poco kamikaze, pues se pasan semáforos en rojo a toda velocidad, y lo mismo sucede con los Stop! Terrorífico: larguísimos camiones adelantarán a otros obligando a salirse de la carretera a quienes vengan de frente.

Al mirar cada uno de los continuados y espectaculares accidentes (si no lo veo no lo creo), me pregunto: “¿Esos conductores iban borrachos o es que ni tan siquiera sabían conducir?”.

La cosa cómica. Un automóvil que circulaba llevando en la parte trasera un verraco gigantesco que sacaba toda su cabezota por la ventanilla. Más difícil todavía: un pequeño turismo transportando un camello que, inevitablemente, asomaba asimismo la cabeza y el cuello por la ventanilla. Un hombre que permanecía de pie en el maletero abierto de un coche mientras sujetaba una nevera de dos metros.

Las estafas. Venden cápsulas medicinales que están vacías: “Tome cinco al día y verá como mejora”. Lo mismo hacen con algunas latas de cerveza, de las que hay una vacía en un pack de cuatro: “¡Compre cuatro por el precio de tres!”.

Lo más increíble de esa increíble Rusia: un gato tomando un placentero y largo baño en una palangana llena de agua de la que sólo sobresalía su cabeza.

Dejad que os aporte unos datos acerca de esas reuniones con el Señor Tolstoi que os ayuden a visualizar el decorado. Él y su esposa nepalesa ocupan una habitación cuadrada de la planta superior de la casa que van edificando por etapas. A un lado, y arrinconada a la pared, está la cama de matrimonio, que sirve de campo de juegos a sus dos simpáticos sobrinos de pocos años. Ella es la encantadora Rítica a la que yo empecé a llamar Pichurrina cuando era sólo un bebé, mote que ya le ha quedado, pues así la llama toda la familia. No recuerdo el nombre del niño porque le han dado el mote de Kale (negrito). A pesar de que por ahora el Señor Tolstoi y su esposa no hayan tenido hijos, es evidente que a él le encantan los niños, pues juega pacientemente con esos sobrinos soportando sus barrabasadas sin perder la sonrisa.

Las limitadas dimensiones de esa habitación no han sido óbice para que también hayan metido en ella una mesa de comedor ovalada, una nevera, una mesita con un hornillo eléctrico, un sofá, y un sillón a juego en el que el Señor Tolstoi pasa la mayor parte del tiempo manteniendo discusiones políticas por internet con compatriotas suyos. Pero todavía no hemos terminado, pues en esa misma estancia también duermen los dos perros callejeros que él adoptó poco después de llegar a Sauraha. Igual que con los niños, se muestra muy amoroso con ellos, y en las noches de invierno se preocupa de acunarlos con unos cálidos edredones en los que los envuelve hasta que únicamente sobresalen los hocicos. Puro amor perruno. Bien hecho. Felicidades.

FAUNÓPOLIS

La ciudad de Pokhara, con su precioso lago y las maravillosas vistas de los Annapurna, es uno de los destinos obligados de los turistas que visitan el Nepal. Sin embargo, yo no sabía que la comarca de Pokhara fuese también renombrada debido a los leopardos que viven allí; pero me enteré de ello al leer las siguientes noticias en el “Kathmandu Post”:

“Un leopardo se metió en el bazar de un pueblo llamado Kavre e hirió a once personas antes de ser linchado por la gente”.

Os aclararé que, normalmente, este tipo de incidentes tienen un final distinto; como el de una leoparda de treinta y cinco kilos que, después de entrar en la escuela de otro pueblo cercano obligando a maestros y alumnos a salir por piernas, se la encerró dentro hasta que llegaron unos agentes del Servicio Forestal, que la sedaron y trasladaron precisamente aquí, al Parque Nacional de Chitwán.

También en la comarca de Pokhara, y en el pueblo de Tanahun, atraparon un leopardo que luego llevaron a la jungla. Era el séptimo lindo gatito que caía en la misma trampa tendida por el Servicio Forestal, que iba tras ellos porque en los dos últimos años habían matado a nueve niños. El drama más reciente fue el de una niñita que jugaba frente a su casa.; recuperaron el cadáver con el cuello roto, pero sin que hubiese tratado de comérsela ni hubiese recibido más heridas.

Umm, este final tristón no ha sido intencionado. Lo siento.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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