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La crónica cósmica. Mi desmadrada imaginación

La crónica cósmica. Mi desmadrada imaginación
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Me gusta viajarCargando…

UN PERFECTO ECOSISTEMA. Tal como os conté en anteriores crónicas, llegué a Kuala Tahan de noche y bajo un buen diluvio, así que cuando Jab, el propietario de la “Park Lodge”, vino a recogerme en su coche y me trajo aquí, me instalé en esta cabaña de madera sin tener mucha idea de cómo era este sitio. La semana anterior también os expliqué que mi desmadrada imaginación creaba habitualmente una acuarela mental a partir de unas pocas palabras que al fin se parecía poco a la realidad, caso que se dio de nuevo ahora aunque sin perder en el cambio.

Tras decir todo esto ya puedo contaros lo que vi al despertar por la mañana entre un delicioso silencio que sólo rompían el canto de diferentes pájaros y el suave ruido del Río Tembeling, que fluye a unos diez metros justo por debajo de esta finca y hace frontera con Taman Negara (nombre al que no encabezaré con el esperado “Parque Nacional” porque eso es lo que significa literalmente).

Aunque la “Park Lodge” se halla a menos de un kilómetro del pueblo (que no pasa de ser un pequeño bazar), parece estar mucho más aislada del resto del mundo, de ahí la paz que reina aquí, porque se encuentra bajo la ladera de una loma cubierta de denso verdor igual que el resto de lo que veo. Las ocho cabañas de la pensión fueron edificadas en un llano (que no medirá más de cien metros de largo y cincuenta de ancho) que los dueños, una pareja sexagenaria, han convertido en un precioso jardín, lleno de matas y flores que perfuman el aire, por el que corren unos esbeltos lagartos de medio metro.

Este delicado decorado está cercado con unos grandes árboles en los que saltan tribus de macacos barbudos de cola larga, quienes, a pesar de pisar pocas veces el suelo como sus primos indostanos de cola menguante, tienen el mismo carácter pendenciero y, si los miras, te amenazan e insultan inmediatamente desde las alturas. Las ardillas, docenas de ellas, son otro de los habitantes habituales de las ramas, pero para desplazarse usan frecuentemente los cables de teléfono, por los que galopan como si fuesen autopistas; tienen el color pardo, la cola también larguísima, y dan la alarma con unos sonidos totalmente distintos a las de otros lugares.

Tras echar un vistazo a todo esto ya no dudé de que me hallase, como decía al principio, en mi perfecto ecosistema, y que el parque pasaba a ser una cuestión secundaria. Sólo faltaba solucionar la cuestión del precio (sesenta ringgits), que era un poco caro para mis sufridos bolsillos; pero, gracias a venir recomendado por el amigo valenciano, Jab y su amable esposa aceptaron la oferta que les hice pagando un mes por adelantado. Tras decir esto valdrá la pena aclarar que el número de clientes de la apartada y pequeña “Park Lodge” ha aumentado espectacularmente desde que el amigo valenciano la recomendó en “conmochila”, y le están tan agradecidos que, si estuviésemos en España, le mandarían una cesta por Navidad.

Umm, lo de “espectacularmente” es un decir, pues los únicos turistas que han venido desde que estoy aquí (siempre por un par de días) han sido tres parejas, una valenciana, la otra de Soria, y hoy ha llegado una de Euskadi. Por lo demás, ni dios, que es otra razón por la que me gusta este sitio, en el que además, hace una semana, estuve completamente a solas durante cuatro días porque los dueños fueron a visitar a la familia de Kuala Lumpur: ¡Qué gustazo tengo al quedarme como amo y señor de un lugar sin ver, oír o aguantar a nadie como me sucedió hace dos años en Pulao Kapas durante los monzones! ¿Os imagináis la sensación de paz que siento al dormirme por la noche y despertar con el alba escuchando solamente los sonidos de la jungla?

Rizando ya el rizo, la calidad de la cabaña, el confort de las almohadas y el colchón, el tamaño de las ventanas y el buen estado de las imprescindibles mosquiteras, son inmejorables. Además el agua del pozo es deliciosa. Pero todavía hay un detalle más de gran importancia: Aun estando en la estación “seca”, todas las tardes estallan invariablemente unas atronadoras tormentas que pueden durar varias horas y no dejan ni rastro del bochorno tropical. Tras esta descripción se comprenderá que no me mueva prácticamente de aquí y que en el futuro piense regresar muchas veces.

PERSONAJES SECUNDARIOS DE ESTA HISTORIA. El primero en aparecer y ocupar con más frecuencia el escenario es Jab, el propietario de la “Park Lodge”, que tiene sesenta y cuatro años pero parece mucho más joven gracias a no beber ni fumar y haber pasado la mayor parte de su vida respirando el aire puro de la jungla. Él trabajó más de dos décadas como guarda forestal y, debido a que se ha pateado estos bosques de arriba abajo, conoce a la mayoría de sus animales e imita muy bien sus cantos y rugidos, espectáculo que le encanta montarse para distraer a los clientes mientras desayunan. Creo que una de las razones por las que me hizo un buen descuento en el precio es la de tener a alguien con quien paliquear: ¡Ja!

Aunque Jab es un tipo cojonudo (y también un buen cocinero que me invita a comer de vez en cuando), su mujer le supera en cultura y encanto, y las conversaciones que mantenemos son más interesantes. Al hablarle yo de que me gustaban mucho los animales, ella me contó una mañana mientras tomábamos café: “Conozco a dos hermanos que vivían cerca de la jungla y un día hallaron a una cachorrita de tigre huérfana. Al ser unos amantes de los animales, se la llevaron a casa, donde creció como si fuese parte de la familia hasta que llegó a la edad adulta. Entonces la devolvieron a la jungla, aunque en realidad ya había vivido siempre en ella al pasear, jugar y explorar por los alrededores. Un par de años más tarde los dos hermanos se cruzaron con la tigresa en el bosque y, aparte de reconocerles y dejar que la acariciasen, les guió hasta su guarida para mostrarles orgullosamente a un par de precios cachorritos que había parido. ¿A que es una historia bonita?”.

Los siguientes personajes no son asiáticos, sino aragoneses, “¡Mañicos, oiga!”. Los conocí en Pulao Kapas, pero sólo intimamos realmente cuando aparecieron por aquí poco después de llegar yo. Él es uno de esos hombres que sonríe en contadas ocasiones, y ella una dulzura de mujer que sabe mirar profundamente. Se enamoraron a los dieciséis años, y ahora, con treinta y pico, siguen formando una amorosa pareja. Mientras trabajaban en diferentes empleos y ahorraban hasta poder comprarse un par de pisos, un día, en una feria, ella rellenó un formulario de Iberia con el que participarían en el sorteo de un viaje, y les tocó el primer premio. Fueron a la Argentina y les entró el gusanillo de ver mundo. Desde entonces aprovecharon cada año las vacaciones para visitar diferentes países, India, Nepal, Mali, Tailandia, Malasia, hasta que el gusanillo se convirtió en adicción, y decidieron: “A tomar por el culo con tanto curro y tanta vida de ciudad, alquilemos los pisos y convirtámonos en nómadas”. Ahora pasan la mayor parte del tiempo en Asia, pero no le hacen ascos a otros lugares. Igual que yo con la arcilla, ellos usan el aceite esencial de menta como medicina para todo, “Con sólo olerlo un instante (es fuertísimo, o sea aromaterapia a lo bestia) te cura desde el dolor de cabeza a los problemas estomacales”, me explicaron mostrándome un pequeño frasco, “pero no lo toques porque incluso te puede quemar”.

CONFESIONES. Entre todas las bondades de mi nuevo domicilio está la de tener todas las noches unos sueños en cinemascope. Ayer soñé que una parte de la Tierra se juntaba con otra de las antípodas como si se hubiese plegado en dos, y yo me encontraba de pronto en una aldea con gente muy exótica de la que, por mucho que me esforzase, no conseguía adivinar su origen porque no teníamos una lengua en común. Su piel era blanca, pero yo no había visto jamás el tipo de vestidos tradicionales que llevaban ni la extraña arquitectura de sus viviendas. Otra noche tuve un sueño erótico (efectos secundarios del celibato) en el que aparecía una chica muy bonita de mi juventud a la que no recordaba en absoluto y, al despertar, su siempre sonriente carita se desvaneció de mi memoria tal como hacen casi siempre los sueños. Este caso no fue único, pues muchos de esos sueños me llevan de vuelta a mi pueblo, aunque no a mi juventud, y en ellos aparecen familiares y amigos en las más absurdas situaciones. Mis sueños son casi siempre así: kafkianos, entretenidos y, por supuesto, sin traer con ellos mensaje alguno como, según dicen, les sucede a otras personas.

Mi mayor defecto (sí, sí, incluso yo soy imperfecto) es la precipitación, pues siempre voy demasiado deprisa (cuando me muevo con otra gente tengo que poner el freno de mano): ¡Ja, ya me lo decían las mujeres, “¡Qué rápido vas!”, pero de esto ya hace mucho tiempo! Ahora tocaría soltar el típico, “¡Oh, los viejos buenos tiempos”! ¡A la mierda con los viejos tiempos! ¡El ayer fue siempre un bodrio, y además jamás existió porque nos crearon y conectaron hace sólo un ratito con una memoria artificial en el coco! En lo único que soy lento es en las cuestiones emocionales, pero esto es una ventaja, ya que me da la oportunidad de ponerme el cinturón de seguridad antes de que lleguen, y evito pegarme la gran hostia.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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