La crónica cósmica. Movida: extender mi visado nepalés

La crónica cósmica. Movida: extender mi visado nepalés
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AVENTURAS. Tal como os había dicho otras veces, queridos niños y niñas, Nepal es el país de la incertidumbre y es mejor no dar nada por sentado. En Occidente lleváis a cabo distintas actividades sabiendo que serán raras las ocasiones en que algún incidente altere vuestros planes, mientras que aquí, a los pies del Himalaya, esto es lo habitual.

Ayer salté de la cama a las cuatro y media de la madrugada sin haber tenido que cambiar la hora del despertador, pues era la misma de cuando hace cinco meses hice la misma movida: extender mi visado nepalés. Tuve el primer inconveniente al tratar de abrir el aparatoso candado con el que Ranjana cierra la verja de esta pensión por la noche, que permaneció impasible ante mis esfuerzos obligándome a trepar por el portal enrejado y luego saltar el muro de dos metros que tenía al lado. “No está mal para un viejo”, me dije sacudiéndome las manos la mar de satisfecho.

Fui hasta la calle y, después de esperar inútilmente a mi amigo Shankar, que se había ofrecido a llevarme en su moto hasta Tari Bazar, donde tomaría un bus hacia Pokhara, troté hasta su casa y lo saqué de la cama: “¡Levanta, cabrón!”. Aunque estaba adormilado, condujo a toda hostia y llegamos justo a tiempo, cuando también lo hacía un microbús.

Recordando que en la última ocasión había cogido el bus equivocado porque olvidé preguntar una tercera vez y el chófer me engañó, habíamos hecho la reserva estipulando que el pasajero, yo, era de la pensión tal y cual; pero volví a caer en la trampa porque, cuando le pregunté al respecto, me respondió con el típico “yes, yes” de quienes no te han entendido. Por suerte, tras ponernos en marcha, oí a una mujer hablar de Katmandú y descubrí que, no solamente estaba en el vehículo equivocado, sino que éste se dirigía a la capital. Pegué un berrinche y no dejé de incordiar hasta que, dando media vuelta, me devolvieron al sitio en que, en aquel mismo momento, llegaba el microbús en que tenía reservado el asiento frontal.

Cumpliendo maquiavélicamente con las normas gubernamentales, el microbús sólo llevaba la mitad de los pasajeros (¡pagando el doble!), pero, en vez de dejar espacio libre entre unos y otros, iban todos apelotonados en la parte delantera porque la trasera estaba llena de cajas y bultos. Gracias a vivir en un sitio limpio y poco habitado como Sauraha, en todos estos meses de la pandemia yo me había puesto una mascarilla un minuto y medio, y este fue también el tiempo que tardé en quitármela en el microbús porque era agobiante y me costaba respirar: lo siento, pero soy un yayo asilvestrado que ya no recuerda las lecciones de domesticación, como lo sería currar ocho horas diarias.

Había escogido llevar a cabo el trámite del visado en Pokhara porque, aparte de que el trayecto se hace en la mitad de tiempo que el de Katmandú, que es como mínimo de siete horas, la carretera me gusta más: menos tráfico y los paisajes son de lo mejor, con los árboles luciendo una camisa limpia gracias a las lluvias. Valga mencionar que, tres días antes, los monzones habían pegado sus últimos coletazos provocando las inevitables avalanchas; una de ellas, que fue monumental e incluyó toneladas de rocas, cortó la carretera que va de Chitwán a Pokhara y Katmandú dejándonos incomunicados. Cuando nuestro microbús pasó por allí ya la habían despejado.

De todos modos, el resto del recorrido estuvo salteado de zonas en las que la carretera se había quedado sin asfalto; en su lugar había profundos baches convertidos en charcas que nos obligaban a circular lentamente y con mucho cuidado como si, yendo de paseo, tanteásemos la profundidad de un arroyo con el pie antes de meternos en él. Por la misma razón encontrábamos continuamente pequeñas cascadas que a veces caían directamente sobre la carretera.

Los siempre impresionantes Annapurna aparecieron ante nosotros y al poco llegábamos a nuestro destino. “Taxi, a la Oficina de Inmigración”.

Al contrario de cinco meses atrás, en que fui el primer “cliente” de la mañana, ahora me encontré con un centenar de extranjeros que esperaban pacientemente en el jardín, de pie y bajo el sol, a que los atendieran lenta, muy lentamente de uno en uno. No me sorprendió, pues, tras los meses de confinamiento, era el día límite para regularizar el visado sin que te multasen. Temí lo peor: “Pasaré el puto día aquí y no podré regresar a Sauraha hasta mañana”.

Mis amigos de la juventud recordarán que yo siempre había sido muy hábil colándome sin pagar en las discotecas e incluso los cines. Era parecido a tener el don de la invisibilidad y, de hallarme en una cola, me las arreglaría para saltármela sin que nadie se apercibiese o quejase. No me enorgullezco de ello, aunque entonces sí lo hacía; y ahora, entre todos aquellos simpáticos turistas, me propuse portarme bien. De todos modos, para protegerme de los tórridos rayos solares, me acerqué a la puerta de entrada de la oficina buscando la franja de sombra que había allí.

Era la primera vez que me hallaba entre un montón de gente desde que se declaró la pandemia. Me fijé en una chica coreana que, con su diminuta minifalda, unos absurdos calcetines, y el pelo corto y teñido de rubio, tenía un aspecto contradictorio, pues era al mismo tiempo erótico e infantil. Muchos no llevaban máscara y tenían el típico aire desmadrado de los occidentales enamorados de la India y el Nepal. Escuché conversaciones en las que se mencionaban distintos problemas respiratorios e incluso enfermedades provocadas por las mascarillas. ¡Ei, que no estoy opinando al respecto y, además, os recomiendo seguir las normas impuestas por vuestros gobiernos! ¿De acuerdo?

¿Habéis oído hablar del karma instantáneo, por ejemplo, cuando haces o tan siquiera piensas algo destructivo y tropiezas y te pegas una hostia? En mi caso, al haberme portado bien no tratando de colarme, mi karma tomó la forma de un premio inesperado cuando las personas que tenía alrededor empezaron a preocuparse de mí, “¡Oh, pero qué viejecito más caduco hay aquí y lo agotadito que parece!”, y entre unos y otros me obligaron a avanzar hasta que, al fin, solamente tuve delante a una mujer que, asimismo, me cedió su turno. Puestos ya a montarme el número, me agaché como si no me tuviese en pie, y el guarda, aparte de permitirme entrar en las oficinas, me ofreció un sillón en el que permanecí sentado hasta que me atendieron.

A los codiciosos maoístas del gobierno nepalés les gustan mucho las divisas y me cobraron un pastón por extenderme el visado hasta el 15 de diciembre. Me sentí estafado, pero me calmé recordando que los últimos cuatro meses me habían salido gratis. Si como fecha límite hubiesen puesto el 31 de diciembre, yo habría podido, si así lo desease, permanecer en el Nepal los cinco meses del próximo año a los que tendré derecho.

Tras terminar esos trámites burocráticos regresé a la estación de los microbuses de Pokhara con el tiempo justo de tomar el mismo que me había traído. A las cuatro y media de la tarde (“dos quarts de cinc”), o sea doce horas después de haber saltado de la cama, entré en mi cabaña, donde me duché y enjaboné de los pies a la cabeza e hice la colada para librarme del polvo del viaje, aunque también era mi ceremonia antivirus.

TALIBANIA. No apto para corazones sensibles.

Un hombre de Chitwán murió en un accidente de tráfico tres días después de haberse casado y sus familiares lincharon a la viuda acusándola de traer mala suerte.

Cuatro hombres violaron a una chica de diecisiete años en una aldea del distrito nepalés de Sapari, y el “panchayat” (tribunal local) las amenazó a ella y a su madre para que no lo denunciasen a la policía, porque darían mal nombre a la aldea. Entonces la chica se suicidó.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Están las mentiras históricas de la escuela, que siempre me negué a aprender, y están las verdades históricas que me “cuenta” la autora Almudena Grandes, que no olvidaré. Gracias.
  • Expresión fascista: “Tiempo de rojos, hambre, miseria y piojos”. ¡Qué bien mienten!
  • No hay mayor satisfacción que la de improvisar un buen chiste sobre la marcha: lo hago continuamente, pero en secreto.
  • ¿Eres un simpático de escaparate? ¿Eres consecuente o responsable?
  • Aterrizaje, alunizaje, ¿y pronto marterizaje?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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