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La crónica cósmica. Te acuestas muy temprano, ¿verdad?

La crónica cósmica. Te acuestas muy temprano, ¿verdad?
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ENSAYO DEL ACOJONANTE ACOJONE DE UN ACOJONADO. ¡Ja, seguro que te has acojonado al creer que hablaría de tu acojone! Tranquilo, acojonado, que no voy a hablar de tu acojone, sino del mío, que me tiene acojonado porque no deja de aumentar de forma acojonante. Debido sobre todo a que lo de mentir no se me ha dado nunca bien, no voy a montarme el número de “Mira lo valiente que era yo de joven”, pues he sido siempre un acojonado acojonante; pero es que lo de ahora ya pasa de raya.

¿Un ejemplo? Anteayer, cuando daba mi paseíto de atardecida por los bosques del parque, me crucé primero con una tribu de macacos a los que evité tan siquiera mirar para no provocar su agresividad innata, y después con unos chavales de Georgetown que venían en sentido contrario. Más tarde, mientras me fumaba un bidi junto a un arroyo contemplando relajadamente un salto de agua (las cascadas son realmente terapéuticas), pensé, “Esos críos se asustarán al ver a los monos, que si unos palos y que si unas piedras, y lograrán ponerlos histéricos”. Al ser el rey de las deducciones, no me equivocaba, y al regresar, mi tranquilidad salió volatilizada, “¡Ah!”, al encontrarme de pronto rodeado de monos por todas partes en un túnel verde en el que casi rozaba las ramas bajas de los árboles con la cabeza (“¡Grandes inundaciones “adrenalínicas” en Pinang!”).

Ya mencioné en una crónica anterior que estos macacos son mucho más pequeños que los de la India, pero en esos momentos no me fijé tanto en su tamaño corporal como en el de sus afilados colmillos. Añádasele que llevaban un cabreo monumental. Además no os cuento esta aventura debido al peligro que corrí, ya que al final no sucedió nada, sino porque me acojoné vergonzosamente, y solamente me salvé de hacer un ridículo absoluto gracias a la virginidad de mi esfínter. Afortunadamente, junto a Joe Paranoias se encontraba también la otra personalidad que siempre me asombra al reaccionar debidamente: es como hallarse al mismo tiempo en uno y otro extremo.

Al rato, mientras esperaba mis chapatis en el restaurante indio (tomo el té del desayuno con los chinos, almuerzo con los malayos, y ceno con los indios), me quedé boquiabierto al ver en el televisor un reportaje del “National Geographic” acerca de los animales e insectos más mortíferos del Amazonas (una especie de anguila que te manda al otro barrio con una descarga eléctrica, un pececito diminuto que se mete por el culo, la polla o la vagina, y lo hace mordiendo, unas hormigas cuya picadura te provoca fiebres altísimas y te deja en cama durante diez días, o unas plantas cuyos pinchos te harán creer que sufres una “elefantitis” instantánea: No se molestaban en mencionar a las pirañas), y me pregunté: “¿Fui realmente yo el que pasó varios meses corriendo por ese “jardincito” y bañándome diariamente en el cauce de este “arroyo”? ¿Era yo el que remaba a solas en un pequeño bote que no hubiese aguantado la envestida de un caimán o una anaconda, o el que permaneció una hora con el agua hasta el pecho tratando de desatascar la barca con la que ascendía por el Río Negro?”. También me hice esta otra pregunta: “¿Estaba majara y me protegía el dios de los chiflados? Pero todavía quedaba en el aire la cuestión más determinante: ¿Haría actualmente tales locuras tras haber cumplido los sesenta y cuatro mil años?”. Umm, seguramente no. En fin, mameluco, que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy porque cuando mueras solamente te arrepentirás de lo que no hayas hecho.

FAUNÓPOLIS. Siguiendo las fórmulas habituales de estas crónicas, ha llegado el momento de dar unos trazos más a la acuarela de Teluk Bahan, pueblo al que también se podría llamar “Gatolandia” porque nunca había estado en un sitio en el que hubiese tantos gatos. ¿Se deberá a que es una aldea de pescadores y van sobrados de comida? Los hay en todos lados y, mires hacia donde mires, en cualquier patio o casa, verás docenas de ellos. Son unos gatos felices, sanos, libres y, por supuesto, sin haber sido capados ellos o esterilizadas ellas. Su variopinto colorido es la prueba de una sana diversidad genética. Los cachorritos diminutos ya van a su aire por la calle con la seguridad de no ser molestados. Controlan perfectamente el limitado tráfico. Por supuesto también los hay en la parte de la playa que da a la población formando una pequeña bahía, y me observan cuando paseo por ella de mañanita.

Después, tras dejar las últimas casas a mis espaldas, me enfrento a los cuatro “peligrosos” y grandes perros del templo hindú al que entro a darle los buenos días al Dios Shiva; dos de ellos son de color canela, los otros, negros, y deben ser masoquistas porque me acompañan hasta el final de la playa soportando mis cantos mientras nos sobrevuela una coreográfica nube de golondrinas.

Al referirme repetidamente a los cantos os estoy dando la clave de la alegría, y también en cierta forma de la salud, pues al andar y cantar se lleva a cabo un perfecto ejercicio respiratorio.

La imagen de esta playa no estaría completa si me olvidase de mencionar que nunca hay el mínimo oleaje, que la temperatura del agua es parecida a la del cuerpo, que su exagerada salinidad te mantiene perfectamente a flote, y que las grandes rocas de sus extremos son parecidas a las que había en Rishikesh frente al Ganges antes de que la codicia de los áshrams acabase con ellas. Al ver las preciosas águilas blancas (con una franja negra en las alas), la lógica me dijo, “Deben ser pescadoras”; y esto se confirmó al verlas regresar del mar trayendo el desayuno en las garras.

Entre la fauna playera destacan unos esbeltos lagartos parecidos a los del río Kwai que, a gracias a su espectacular cola, superan los dos metros de largo (según me ha contado la gente, llegan a ser mucho más grandes); aunque parecen muy tranquilos y no se meten con nadie, he deducido que son de armas tomar porque los monos o las aves zancudas mantienen las distancias con ellos.

VIDA SOCIAL . Al día siguiente de haber llegado a Teluk Bahan, mi anfitriona me preguntó: “Te acuestas muy temprano, ¿verdad?”. Tras ese comentario se escondía una realidad de la que sólo fui consciente posteriormente: ¡La población local es noctámbula como la de mi pueblo, y en estas cuatro calles hay más marcha de noche que de día! Empeorando las cosas, los malayos son muy aficionados al motociclismo y, a falta de otra distracción, se dedican a ir de un lado a otro en unas motocicletas pintadas con los colores de Repsol, (“¡Márquez, Márquez!), y ellos vistiendo camisetas del Barça (“¡Messi, Messi!”), a las que, debido a su poca cilindrada, les colocan ruidosos tubos de escape para sentir, supongo, una velocidad sicológica. Igual que en Laos o Tailandia, es habitual ver frente al piloto a un crío o incluso a un bebé con cara de excitación; pero el más alucinante es un tipo que lleva a un gran macho macaco (tamaño indostano) que también parece pasárselo de coña.

Asimismo, e igual que en los otros países del Sudeste Asiático, muchos de los servicios públicos se hacen sobre dos ruedas (bueno, con la del sidecar, son tres): la moto del pescado, la del hielo, la de las bombonas de gas, etcétera. Los chinos, por el contrario, se inclinan más por el ciclismo, y los días festivos se llegan a formar unos grupos tan numerosos (perfectamente equipados) como para hacerte creer que se trata de una competición (¡Tour de France, tour de France…!). Ya que hablo de las aficiones deportivas, valga mencionar que los partidos de fútbol que muestran por la tele se juegan en inmensos y modernos estadios cuyas graderías están completamente vacías de público.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Gracias a mi afición por los experimentos de la vida, observo con un creciente interés los achaques de mi mente senil. Ella, mi mente, es como una película constante llena de recuerdos de mil lugares distintos que van apareciendo como trailers al hallarme frente a situaciones que me los recuerdan.
  • Aun suponiendo que el sistema judicial y penitenciario tuviese alguna lógica o un sentido, jamás se debería condenar a alguien mientras existiese una mínima posibilidad de que fuese inocente. ¿La pena de muerte es como la castración de los animales asesinos para evitar que se reproduzcan? Supongo que las leyes existentes se deben a que la sociedad da por sentado que quien haya asesinado a alguien volverá a hacerlo, pero ello no es óbice para que los ejércitos de todo el mundo enseñen a sus soldados cómo matar con total frialdad a gente desconocida.
  • ¿Eres tan tonto como para creer en todo lo que ves, y tan ciego para no creer en lo que no ves?
  • Dos expresiones con las que demostramos ser unos gilipollas: “Ya te lo dije”, y “¿Estás seguro?”.
  • Un musulmán me aseguró, “Todos los seres humanos nacemos limpios y llevando un mismo nombre que nos ha dado Dios, pero después nos bautizan con otro provocando que creamos ser distintos”.
  • Dos consejos finos del “Tao Te Ching”: “No compares o compitas, sé tú mismo”. “Si tienes en cuenta la opinión de los demás, serás siempre su prisionero”.
  • Y yo añado a todo ello: “Cuando miramos hacia fuera y nos fijamos en las debilidades de los demás, ¿acaso tratamos de evitar hacerlo hacia adentro porque nos atemorizaría lo que veríamos?”.
  • Érase una vez una persona tan aburrida que solamente usaba la palabra “disgusto”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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