Vietnam entre el bien y el mal, ¿abrazar el capitalismo o refugiarse en el comunismo?

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Vietnam es uno de esos lugares donde un instante puedes toparte con la cara más fea de la humanidad y al siguiente verte de morros con la más bella en el gesto de un fulano cualquiera. Un país en el que el progreso rampante atropella a cualquiera y nunca mira atrás, como si arrollara a todos la marabunta de motos que se aglutina en cada avenida de Saigón. Algunos dicen que es asunto del comunismo, otros culpan a su capitalista desarrollo económico. Yo, en cambio, prefiero quedarme con lo mejor de los vietnamitas, ya que de bueno tienen mucho.

Historias que lo ejemplifiquen sobran. Como aquel día a las tres de la madrugada de un sábado, a medio centenar de kilómetros de Hanói. Había ido allí con un tipo local a ver con mis propios ojos una trama de prostitución forzada que operaba a los ojos de cualquiera, con mujeres hacinadas en habitaciones sucias vigiladas por tipos sin camiseta que cargaban con bates de béisbol en las manos. Si bien chocante para mí, aquel negocio era algo muy normal para las autoridades regionales del lugar. A día de hoy, puedo decir que recuerdo pocas escenas tan tristes como aquella en todo mi tiempo en el Sureste Asiático

Por supuesto, allí no habíamos sido invitados. Así que salir sin problemas de aquel amasijo de calles sin asfaltar dedicadas al negocio de la carne fue complejo, ya que alguno de los matones tenía la mosca detrás de la oreja con nosotros. El segundo problema fue que al lograrlo, ya fuera de aquel lugar, lo imposible era encontrar un taxi o cualquier otro medio de transporte para regresar a Hanói.

Ahí estábamos en mitad de una carretera desierta, sin saber cómo podríamos encontrar un taxi, cuando a lo lejos apareció un mastodonte de metal que hacía una ruidera de escándalo. Pronto vimos que era un camión de aquellos que parecen sacados de una película de la guerra fría, con su característico color verde militar.

El camión que apareció como nuestra única huida.

La sorpresa fue ver cómo el vehículo se apeó junto a nosotros y nos preguntó algo en vietnamita. No entendíamos ni una palabra, pero le dijimos Hanói y el tipo empezó a hacer cálculos, y a los instantes nos invitó a subir a la cabina.

Durante casi una hora de viaje, el tipo nos contó un sinfín de historias. Reíamos, no entendíamos ni jota y chocábamos las manos en gesto de camaradería. La verdad es que no sé cómo aquel trayecto pudo hacerse tan corto, pero tras casi una década en el Sureste Asiático nunca antes un transportista se había parado, a las tantas de la madrugada y en mitad de la nada, para llevarme de regreso a casa. Desviándose de su ruta.

Vietnam tiene estas situaciones. Puedes ver lo mejor y lo peor darse la mano en cualquier esquina. Por eso, desde fuera tantos hablan del país que le ganó una guerra al tío Sam para atribuir sus bondades al supuesto comunismo que dijeron abrazar. Y luego están los del otro bando, aquellos que dicen que todas sus miserias son por culpa de haber arropado la hoz y el martillo.

Pero dichos discursos son muy simplistas. Los logros y frustraciones de Vietnam no pueden atribuirse a simplezas como sus regímenes políticos. Mucho menos aún puede decirse que Vietnam pueda encajar dentro de una sola ideología. Eso preocupa más bien a aquellos que viven a decenas de miles de kilómetros de la Cochinchina, mientras que los vietnamitas tienen ya bastante con lo suyo como para preocuparse de lo que piensen los de fuera.

¿Qué fue del comunismo de Vietnam?

Hombre vietnamita
Un hombre descansa -de aquella manera- en una calle de Hanói.

Dicen que Vietnam es un país comunista. ¿Seguro? Bueno, eso parece si uno se da una vuelta por el centro de Saigón -rebautizada como Ho Chi Minh tras la guerra- o a través de la zona más turística de Hanói. Pero más allá de la bandera y de algunos gestos, del marxismo en el país solo quedan los peores vicios de las repúblicas de la hoz y el martillo: la falta de libertades, la represión y una nula democracia.

Y sin embargo, del comunismo de Vietnam se ha hablado mucho este año, curiosamente por la nación que originó su ruina. Donald Trump dijo este año que el comunismo de Vietnam fue un «milagro» y que quería que Corea del norte viviera un proceso similar.

Claro, es normal que al bueno de Trump le gustase Vietnam, porque tiene todos los ingredientes que encandilan a los dirigentes estadounidenses. Una gran economía de mercado, donde los derechos básicos solo pueden satisfacerse si hay dinero en el bolsillo, junto a un Gobierno dictatorial y corrupto que permite a las multinacionales hacer y deshacer, a cambio de llevar el tren del progreso al país.

Vietnam es considerado como un milagro económico, de eso no hay duda. Estados Unidos dejó el país totalmente arrasado y nunca soltó un dólar para compensarle por haberle lanzado tanto napalm -además de que les impuso un embargo económico para acabar de rematarlos-, y a día de hoy la nación del Mekong se ha convertido en una de las economías más potentes del Sureste Asiático y un referente en el mundo. No en vano, muchas empresas se mudan de Tailandia a Vietnam y los salarios están disparándose al mismo ritmo que crecen como setas las boutiques de moda francesa.

Los globos de la risa en Vietnam, toda una adicción en discotecas y en las calles. En la foto, una instantánea de la discoteca Opera en Hanói.

No fue siempre así. Justo después de la guerra en la que el tío Sam salió escaldado y por la puerta de atrás, la economía en Vietnam se hundió. La hiperinflación superaba el 900% y la economía se desplomaba, mientras que la industria fue nacionalizada, las granjas colectivizadas y los nacimientos se dispararon porque el Gobierno regalaba sacos de arroz a aquellos que tuvieran hijos.

En breve, Vietnam se vio totalmente colapsado y hasta tuvo que importar arroz para abastecer a su población, cuando su potencial era tan notable que, a día de hoy, es el principal exportador mundial. El comunismo de manual no le funcionó muy bien al Vietnam marxista, en parte porque era una nación derruida. «Todos cobrábamos lo mismo, pero nadie tenía dinero», me dijo un día un tipo que servía cafés en un hotel.

Cuando el gobierno vietnamita se vio contra las cuerdas, abandonó los lazos con la Unión Soviética y se abrió al mercado. Dejó la economía en manos de la inversión privada y dejó la puerta abierta para que las empresas internacionales se instalasen en el país y transformasen sus urbes. La ciudad de Haiphong, por ejemplo, tiene barrios enteros dedicados al ocio nipón y coreano porque, claro, todos los que viven en buena parte de la ciudad son empresarios del extremo oriente. LG, Samsung, Panasonic o Sony tienen colonias industriales modernas.

discoteca vietnam
Una discoteca frecuentada por empresarios adinerados asiáticos, en la ciudad industrial de Haiphong.

Los granjeros recuperaron sus tierras y las ciudades empezaron a vivir una fortísima transformación seguida de la habitual burbuja inmobiliaria que afecta a toda nación asiática en desarrollo. El dinero fluyó y los barrios vieron cómo el comercio llegaba a cada esquina, muchos se llenaron los bolsillos y otros lograron hacer buenos negocios.

Visto de esta manera, podría pensar más de uno que se creó un híbrido entre capitalismo y comunismo muy fructífero, pero esa es una realidad muy sesgada. Vietnam es un país muy poblado, en el que las zonas rurales aún son muy pobres y donde es habitual que muchos granjeros aún vendan a sus hijas. El país regado por el Mekong es el mayor exportador de prostitución del Sureste Asiático. Más bien, el tren del progreso ha catapultado a demasiados, pero se dejó a millones por el camino.

A lomos del abrupto ‘desarrollismo asiático’

Moto Vietnam
Por algún curioso motivo, en Vietnam se dice que, al montar tres personas o más, la de mayor peso ha de estar en el extremo posterior.

El modelo de crecimiento que aplicó Vietnam no es nuevo, y a más de uno le sonará. Aprovecharon la salida de un modelo de economía cerrado para jugársela con la entrada de inversión extranjera, pero con las cartas marcadas. El Gobierno se olvidó de la parte social del marxismo y se quedó con el lado más feo de las sociedades comunistas, la represión.

La prensa libre no existe en Vietnam y existe un control férreo de todo lo que se publica. Igualmente, las libertades de reunión o de expresión están cercenadas, y la democracia ni está ni se la espera. La organización política está en manos de los de siempre y la corrupción llega a situaciones demenciales.

En cambio, con la llegada del capitalismo también empezaron a recortarse los derechos sociales. Ya no hay educación gratuita de calidad en todo el país, y tampoco la sanidad está garantizada para todo el mundo. Hay que pasar por caja si quieres tratamiento médico en demasiados casos.

El desarrollo fue tan extremadamente rápido que las ciudades crecieron como pudieron. Se destrozó el plan urbanístico francés de la época de Indochina y las aceras se estrecharon para que los edificios crecieran no solo en altura, sino también en anchura. Ya no se puede pasear por Hanói o Saigón, porque lo poco que quedó para los viandantes se convirtió en aparcamientos para motos.

niño vietnamita
Un niño descansa en la moto de sus padres a la salida de la escuela.

Uno puede encontrarse enjambres de motoristas en cualquier rincón del país, además de gigantescos centros comerciales, y los más adinerados se pasean en coches de lujo europeos. Pero muchos vietnamitas se ven obligados a vivir en pobreza, y la división entre ricos y pobres es cada vez mayor. Las autoridades sesgan las cifras y dicen que solo hay un 8,4% de pobreza, pero se piensa que las cifras están maquilladas.

Visto de esa manera, es normal que a personajes de dudoso pelaje como Donald Trump les encante que Vietnam esté considerado como un país comunista, porque en muchos casos es una réplica del capitalismo más atroz. Y, pese a ello, el país se ha convertido en la 34ª economía con más poder de gasto en todo el globo, y su PIB se sitúa en el top 50 mundial.

Por supuesto, la historia cambia mucho según en boca de quién se escuche. Es fácil encontrarse con quienes alaban a Vietnam como ejemplo de un modelo comunista que funciona, también a los que elogian su brutal crecimiento económico y, claro, tampoco podemos negar que el país se recuperó en un tiempo récord de un conflicto bélico aplastante. Y sin embargo, yo prefiero quedarme otros detalles. Aquellos que hacen que Vietnam sea un lugar entrañable, de esos que hacen que uno siempre tenga ganas de volver a la antigua capital de Indochina.

El comunismo vietnamita que aún palpita

bia hoi vietnam
Los locales callejeros de Bia Hoi son casi centros sociales donde beber cerveza a precios muy populares. La copa sale a unos 12 céntimos de euro.

Dicen muchos turistas despistados que los vietnamitas son unos tipos malcarados, sobre todo los del norte. Yo, en cambio, diría como mucho que en general no saben hablar inglés. Porque agradables son un rato, y son de los que será más fácil que te echen un cable en la Asia del Sureste.

Nunca en otro país un camionero se paró en mitad de la nada para llevarme a donde quisiera. Pero es que también es muy habitual que si uno se recorre las zonas rurales en moto del país acabe durmiendo en casa de tipos locales que no quieren cobrar, y que además ven la llegada del tipo de ojos rasgados como un motivo fantástico para descorchar vino vietnamita. Hay un sentimiento de camaradería en Vietnam que gusta, y que gusta mucho.

Las comparaciones son odiosas, y si ponemos al que fue el país más importante de la Indochina frente a aquellos que fueron influenciados puramente por Estados Unidos, como Tailandia o Filipinas, encontramos diferencias que se agradecen. El primer McDonalds de Vietnam es relativamente joven, no es fácil ver cafeterías de Starbucks y la comida basura no es habitual. El americanismo es menor en esta parte del mundo, como sucede en algunos países de origen comunista.

Bun cha Vietnam
Gente simpática cocinando carne a la brasa en la calle.

Se puede pensar que la poca presencia de la cultura yanqui fue porque en Vietnam estaban resentidos con el yanqui, pero no. El gobierno local puso mucho énfasis en la gastronomía del país y en que los ciudadanos no solo comieran, sino que lo hicieran de manera saludable. Por eso, los restaurantes de comida rápida estuvieron restringidos. ¿Y quién diablos querría chatarra gastronómica estadounidense pudiendo disfrutar de los baratísimos bocadillos banh mi?

Pero no solo los vietnamitas no están gordos en general -son los ciudadanos con menos sobrepeso de todo el Sureste-, sino que además están bien educados. Durante la época comunista la enseñanza era terriblemente nacionalista, pero también de gran calidad.

Además, es fácil comprobarlo a ver a tantos estudiantes curiosos en Vietnam. En el centro de Saigón es común encontrar a grupos de estudiantes universitarios que quieren entablar conversación con occidentales para practicar su inglés.

¿Cuál será el futuro de Vietnam? Lo más probable es que siga escalando puestos en su desarrollo económico, si bien se estima que el gran aumento de los salarios en los últimos años puede estar creando una burbuja que, si estalla, arrastrará al país a una fuerte crisis.

Quizás lo que me apene sea que la apertura democrática no esté en la agenda del gobierno. O que todo esté cada vez más en manos del mercado. Sin embargo, el modelo puramente comunista fue un fracaso en Vietnam -según sus partidarios es culpa de la ruina que hubo tras la guerra- y quizás fue necesario abrazar un capitalismo a la vietnamita. Pero tras haber dejado vía libre al mercado, quizás sea el momento de volver a poner a la población como lo más importante de este país cuya capital fue en un tiempo pasado el centro de Indochina.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve

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