La crónica cósmica. Improvisando una de mis horrorosas canciones

La crónica cósmica. Improvisando una de mis horrorosas canciones
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Hace un rato, mientras paseaba de mañanita antes de que apareciese en escena el tórrido sol tailandés, recordé que era el día de la semana en que tocaba escribir esta crónica, y me alarmé al advertir lo desmadrada que se había despertado mi mente. La forma correcta de definirla sería decir que me ametrallaba con ideas.

Pero esto no hubiese representado ninguna novedad de no ser porque lo hacía como si estuviese rebobinando una cinta de video, ya que parecía que hubiese empezado por el “Fin”, o el “Y esto será todo por hoy, mis queridos papanatas”. En consecuencia, iba a terminar por el prólogo, pues cada nueva idea me remitía a una anterior.

Este descontrol mental sucedía al mismo tiempo que yo trotaba, cantaba y cruzaba el puente sobre el río Kwai dirigiéndome a los lagos y prados solitarios que se hallan tras la orilla contraria. Allí, bajo un bosquecillo en el que destellaban las flores anaranjadas y malvas de distintos árboles, saludé al corpulento poni pardo con el que mantengo una estrecha relación desde hace varios años. Él trató de morderme como hace siempre y yo seguí mi recorrido sonriendo. Después también deseé los buenos días a un toro, varias vacas y un par de becerros de raza cebú que pastaban plácidamente.

Yo creía cándidamente que había conseguido aplacar a mí mente con esas distracciones naturales, pero entonces un grupo de neuronas traviesas e irresponsables abrió un armario en el que se amontonaban docenas de archivos polvorientos que darían para ensuciar cientos de líneas. Dejándome dominar por la curiosidad, empecé a hojearlos y, sintiéndolo mucho por vosotros, sufridos lectores, decidí compartir algunas de las anotaciones que hallé. ¿Vamos allá?

Como cada año (éste es el 2562 de la era budista), en los días 16 y 17 de julio se celebró en Tailandia una importante fiesta religiosa en la que se impuso la ley seca, por la que la policía clausuraría cualquier comercio que vendiese alcohol. Los turistas adivinaron que ocurría algo raro porque los bares permanecieron cerrados y la “River Kwai Street” estuvo insólitamente desértica. Los occidentales alcoholizados que residen habitualmente aquí y se han acostumbrado a darle a la botella, se reunieron en “los oasis”, como la pensión en que yo vivo, donde, de puertas para adentro, seguían sirviendo cerveza a sus huéspedes. Al advertir el trajín continuado de bebedores, pedí que me apartasen un par de cervezas Leo.

Mientras al atardecer las saboreaba contemplando las siempre impresionantes puestas de sol del Río Kwai, vi que unos viejos borrachines australianos se propasaban con las camareras e incluso con la directora de la pensión. Ya me avergonzaba de ser un salvaje occidental en el civilizado Sudeste Asiático cuando, empeorando las cosas, llegó la familia, asimismo beoda, de un borracho irlandés, y pensé que la normalmente plácida veranda de esta casa parecía un salón del Salvaje Oeste. Aunque yo no lo viva, pues me acuesto temprano, los sábados por la noche este plan de vida es bastante corriente en los bares de la calle mayor, donde los occidentales se emborrachan y se ponen agresivos.

La exótica costumbre tailandesa de comer saltamontes fritos tiene que ver con la supervivencia, pues, aparte de que esos insectos sean muy nutritivos, los hay en tales cantidades como para ser considerados una plaga, y los campesinos recorren de noche los campos “cazándolos” de uno en uno para evitar que terminen con sus cultivos.

Juventud precoz: la policía arrestó a una “madame” de dieciséis años que había organizado una red de prostitución con chiquillas menores que ella a las que contactaba a través de internet.

Una noche, mientras cenaba en una apartada y tranquila terraza de un restaurante en la que también había un par de familias occidentales con varios niños, estuve observando como una de las camareras, que rondaría los cuarenta años, se encaprichaba de una niñita rubia a la que cubría de arrullos, caricias y besos durante un buen rato con el beneplácito de la pequeña y también el de sus padres. Me pregunté qué sucedería si en vez de ser una mujer fuese un hombre el que hiciese esto.

Cuando vine desde Bangkok a Kanchanaburi, en la estación de autobuses entré en un minibús y, creyéndome a solas, estuve improvisando una de mis horrorosas canciones hasta que descubrí que en la parte de atrás había varios tailandeses que me contemplaban atónitos y ya buscaban la salida de emergencia. ¡Ja!

La incultura e insensibilidad ecológica de los tailandeses es aberrante, y me observan extrañados cuando voy al mercado llevando mi bolsa de tela (de monje budista) y, pongamos por caso, introduzco en ella la fruta que compro negándome a usar bolsas de plástico. También llevo conmigo los palillos (chopsticks) para comer, después de haber leído que en la China se tiran todos los años 175.000 toneladas de ellos y se cortan veinte millones de árboles para producirlos. Asimismo, anualmente terminan en la basura 44.000 toneladas de cucharitas de plástico.

Berto Romero comentó en Nadie Sabe Nada que, desde que su hijo pequeño le había recriminado el desmesurado uso de bolsas de plástico, cuando iba de compras llevaba una cesta y una fiambrera: ¡Bien!

En muchos sitios de Asia, como en un bazar cercano a la jungla malaya de Taman Negara, todavía se sigue vendiendo la comida cocinada envuelta en hojas de bananera. ¿No sería mejor volver a usar pañuelos y servilletas de tela? Lo mismo digo acerca de las cantimploras si no queremos que el mundo termine cubierto de botellas de plástico. Y todo eso sin mencionar los envases de gel, champú, suavizante, cosméticos, cremas solares y detergentes.

Un ejemplo de lo atrasados que van los tailandeses en cuanto a reducir el uso del plástico: en los grandes supermercados de la cadena “Big C” han empezado una “campaña de mentalización” al respecto en la que el cuarto día de cada mes no se entregarán bolsas de plástico: ¡Ja, me río por no llorar!

En la India ha nacido un movimiento estudiantil llamado Extintion Rebelion que se enfrenta al gobierno siguiendo el ejemplo de la sueca Greta Thumberg: ¡Bien!

En muchos países se ha prohibido la publicidad de alcohol y tabaco, y yo me pregunto por qué no lo harán también con la de comida basura, los refrescos que engordan, las bebidas energéticas (Red Bull nació en Tailandia), los fármacos adictivos y, en fin, con el consumo desmesurado. ¡Aquí en Tailandia incluso anuncian porquerías para comer en los atascos de tráfico! ¿Y qué me decís de los videojuegos violentos que ayudan a traspasar la barrera psicológica de apretar el gatillo o pegar puñetazos?

MIRA LO QUE PIENSO

  • Mis distracciones diarias incluyen unos ratos de lectura que son parecidos a viajes mentales. Saltando de un estilo a otro, me postro simbólicamente ante maestros de la literatura como Sándor Márai, James A. Michener, Joseph Conrad, Mijail Bulgakov, Elías Canetti, Marcel Proust, Jo Nesbo o Tom Robbins, por mencionar solamente unos pocos. Aunque me lo paso en grande con la mayoría de novelas que leo, de vez en cuando cae en mis manos una que me lleva a las estrellas y, aquí va una de mis soeces expresiones predilectas, me corro de gusto con ella. Esto es lo que me sucedió recientemente con una maravilla del autor australiano Markus Zusak titulada La Ladrona de Libros, que incluso me atrevería a recomendar a los papanatas que abandonasteis la lectura al convertiros en adictos de internet.
  • Al envejecer eres incapaz de tener claro quién es el bueno o el malo y cuál es la mejor opción. Así que, además de limitarte a seguir el camino que te apetece, dejas de querer convencer a los demás, de quienes, por cierto, no te importa su opinión ni necesitas su aprobación, por lo que será difícil que te convenzan de algo.
  • El primer día en mi primer empleo, a los catorce años, en un taller metalúrgico, recuerdo que no podía dejar de mirar el reloj esperando la hora de salida: ¡Ja!
  • Cuando estoy en algún sitio público como un restaurante o una cafetería, veo que la gente, ya vaya sola o acompañada, tiene casi siempre un teléfono en las manos. Y me parece muy bien, pues ese aparatito electrónico da para mucho y, supongo, ha de ser más creativo que, por ejemplo, la pantalla de una tele. No sé si ellos se fijarán en mí, en el viejo solitario con la mirada perdida en el infinito, y si podrán imaginar que, tal como mencionaba al principio de esta crónica, trato de prestar atención al imparable flujo de ideas que mana de mi mente en plan “corre, corre, no pares”, ya sea corrigiendo lo que he escrito ese día, ya pensando en lo que escribiré mañana.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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