La crónica cósmica. La pensión de la isla de Duyung

La crónica cósmica. La pensión de la isla de Duyung
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Los propietarios de la pensión Awi’s Yellow House, en la que he pasado las últimas semanas, merecerían aparecer en la Taberna Galáctica porque sus vidas no tienen desperdicio y servirían de ejemplo a quienes andan cortos de imaginación y coraje. Os recuerdo que esta pensión se halla en la Isla de Duyung del Río Terengganu, junto a la costa nororiental de Malasia.

Awi es un malayo que no aparenta los sesenta y siete años que tiene. En la larga melena que lleva recogida en una cola de caballo no hay ni una sola cana, está delgado y en su chupada cara muestra una mala leche que suele desmentir con la encantadora y típica sonrisa malaya. Cuando era un jovenzuelo de dieciocho años fue a darse un garbeo por Kuala Lumpur sin imaginar lo determinante que resultaría. En una callejuela de China Town se cruzó con Christine, una chica francesa un poco mayor que él que trabajaba en la Embajada de Francia. ¡Boom! Fue un amor a primera vista y poco después ya pasaban por la vicaría. Desde entonces ha transcurrido la friolera de cincuenta años y ambos siguen formando una pareja encantadora a pesar de que, por lo menos aparentemente, tengan poco en común.

Durante esas cinco décadas tuvieron cuatro hijas y cuatro hijos que les han dado una buena colección de nietos. Pero ahora viven solos en la gran casa de madera, de una sola planta y de color verde pastel, porque cada uno de sus vástagos se independizó y reside en su propia vivienda.

Tras esta introducción, añadiré que Awi es un marinero nato que pasó veinte años navegando por las costas malayas del Mar de la China Meridional en uno de los preciosos veleros de madera que se continúan construyendo de los astilleros de Duyung Island. El suyo era un negocio con dos facetas, pues los huéspedes de su pensión aceptaban encantados que los llevase de paseo hasta las islas de Kapas y Tioman e incluso a Singapur. Dormían en el barco y Awi hacía también las veces de cocinero. Ahora sólo sale a navegar de vez en cuando por gusto, pero pasa muchos ratos en el velero, que tiene anclado frente a la pensión. Supongo que recordará los viejos tiempos, las tormentas en el mar y aquellas islas en las que antes no había prácticamente nadie.

Si habéis imaginado a Christine corriendo simplemente con el rol de mamá y ama de casa, os habéis equivocado completamente. Hacía poco que se había licenciado en historia cuando conoció a Awi, y aunque resulte difícil de creer, los embarazos y el sinfín de obligaciones que los siguieron no impidieron que más tarde se convirtiese en arquitecta y también en escritora. Actualmente, con setenta y tres años a cuestas, el pelo blanco y el aspecto de una viejecita encantadora, continúa llevando a cabo diferentes actividades. Recientemente ha terminado de dirigir la restauración de un antiguo fuerte de Duyung que se caía a pedazos. Pero lo que más me admira de ella es que está escribiendo una tesis de antropología acerca de los cambios que se han dado durante las últimas décadas en el estado de Terengganu, para lo que debe informarse leyendo docenas de libros.

Escuché emocionado a Christine cuando me contó con su frágil y dulce voz: “He sido testigo de cómo la gente dejaba de vivir en armonía con la naturaleza. Han olvidado cuáles son las plantas medicinales a las que denominaban mágicas. Antes edificaban las casas de madera y ateniéndose a unas normas ancestrales; mientras que ahora lo hacen con cemento y ladrillos siguiendo las directrices de unos arquitectos que quizás no hayan salido de sus despachos.

Lo peor de cuanto está sucediendo ahora tiene que ver con la destrucción de las junglas, que son arrasadas por las grandes compañías dedicadas a la producción del aceite de palma. Es una barbaridad a la que nadie pone freno porque sobornan a los políticos corruptos, que están a favor del Brexit porque esperan que el gobierno británico les ponga menos trabas que el de la Unión Europea. Conozco una tribu que estuvo formada por unas cuarenta familias y vivían en medio de una jungla que les daba cuanto necesitaban; ahora sólo quedan dos familias y se encuentran rodeadas por una inmensa plantación de palmeras”.

Años atrás, Christine convenció a Awi de que su vecindario necesitaba una biblioteca pública. Para conseguir ideas recorrieron diferentes barrios de Terengganu observando los edificios hasta dar con uno de madera y de una sola planta que era ideal en todos los aspectos. Medía dieciséis metros de largo por once de ancho, y tenía cuatro puertas y una docena de ventanas que le daban mucha luz. Pero lo más importante es que, además, estaba en venta.

Acordaron comprarlo sin atemorizarse de la faraónica tarea que representaría desmontarlo. Numeraron cada placa de madera, las trasladaron todas a su domicilio y las ensamblaron de nuevo en el jardín de su casa. Actualmente la biblioteca tiene cientos de libros en malayo, inglés y francés, pero recibe pocas visitas.

Aquí van unos trazos más acerca de mi actual domicilio, del que ya me dispongo a partir. En la Awi’s Yellow House tienes derecho a cocina y hay una buena nevera en la que mantener frescas las cervezas y la leche. También dispone de un moderno aparatito del que conseguir agua caliente o fría sin verte obligado a usar botellas de plástico. Junto a mi cabaña hay una palmera que tiene las raíces hundidas en el río y cuando sus ramas son movidas por el viento hacen un ruido parecido al de la lluvia. Sus extraños frutos tienen un color pardo grisáceo, son comestibles y superan en tamaño a los cocos; son ovalados y poseen unas protuberancias parecidas a capullos de flor.

Aparte de las docenas de tiestos que Awi riega todas las mañanas, la decoración del jardín incluye varias bicicletas herrumbrosas e incluso un cicloricchó; todo colocado estratégicamente para acabar de darle un toque de buen gusto a este perfecto decorado.

El vecindario está formado exclusivamente por casitas de madera soportadas sobre zancos, porque sufren frecuentemente inundaciones. Todas están protegidas del sol por grandes árboles. Entre ellas corren unas serpenteantes y laberínticas callecitas que antes debían de ser caminos de tierra. No hay ni un solo perro, pero sí docenas de preciosos gatos.

De mañanita cruzo ante una carnicería, que no pasa de ser un pequeño chiringuito sin paredes, en el que una decena de gatos esperan las sobras que el carnicero les vaya lanzando. Los gatos también se mueven descaradamente por las mesas de los restaurantes con el beneplácito de los clientes y de los propietarios.

En Duyung hay asimismo cientos de gallinas, y sobre todo gallos, que picotean a su aire y huyen despavoridos al verme pasar porque, como en todos lados, soy el único que va de un lado a otro a patita: ¡Ah, qué tipo más raro!”. Una de las razones por las que me gustó este lugar fue precisamente la posibilidad de dar buenos paseos, que alargo siguiendo la orilla del río hasta la parte en que ya no encuentro viviendas y puedo cantar a gusto; desde allí contemplo la ciudad moderna que se levanta en la contraria y lejana orilla.

Debido a que nada es perfecto (¿o sería más adecuado decir que la perfección absoluta no existe?), os estaría engañando si limitase esta descripción acerca de Pulau Duyung a su parte positiva. La negativa tiene la forma de un puente larguísimo, que se encontrará a un kilómetro de aquí, por el que pasa la autopista que lleva hacia Khota Baru y al aeropuerto. Éste cruza de una orilla a otra del río y tiene un ruidoso tráfico día y noche.

Añádase a ello que Malasia está llena de motocicletas de pequeña cilindrada (casi todas pintadas con el emblema de Repsol: ¡Márquez!) a las que quitan el silenciador del tubo de escape y se pueden oír desde una gran distancia.

Si este vecindario se encontrase en una de tantas bulliciosas ciudades, ese barullo del tráfico pasaría desapercibido; pero al ser un sitio extremadamente silencioso, esos ruidos parecen multiplicarse, pues incluso se oyen las sirenas de las ambulancias que corren por Terengganu. No obstante, todo esto no será óbice para que en el futuro regrese a la Isla de Duyung porque Awi y Christine son un encanto, porque es un sitio muy auténtico y porque se come de maravilla por un solo euro.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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