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La crónica cósmica. Una de mis actividades nocturnas

SALVAMENTO Y SOCORRISMO – Kuala Tahan, Malasia. Debido al entorno natural y la cercanía de las junglas del Parque Nacional de Taman Negara, que empiezan a menos de cien metros de mi cabaña, por la noche llegan volando docenas de escarabajos de diferentes razas, incluidos los grandes escarabajos cornudos.

Vienen atraídos por la luz de las lámparas como el neón de un bar atraería a un borrachín. Muchos de ellos sufren accidentes aéreos al chocar contra el techo o los muros y terminan cayendo al suelo panza arriba.

De hallarse en algún entorno natural, las garras de sus patas les permitirían recuperar la posición horizontal y reemprender el vuelo; pero si han caído sobre losas o el cemento del suelo, permanecerán pataleando hasta morir, a menos que se les eche una mano. Así que una de mis actividades nocturnas y matinales es rescatar a esos preciosos bichos antes de que acaben siendo devorados por las hormigas.

También lo tendrán mal si caen en las manos de los gatitos, que pueden jugar con ellos durante horas como si fuesen pelotas de ping-pong. El peor de ellos es Maggi, el lindo gatito que, tras su encantadora apariencia, pues es una auténtica preciosidad con la carita más dulce que se pueda imaginar, esconde a un cazador compulsivo y da caña a todo bicho viviente, especialmente a las pobres mariposas.

Anoche salvé in extremis a una pequeña y preciosa serpiente que se había metido en el comedor, a la que el gato ya se disponía a cazar. Pensé que era inofensiva y, sujetándola con cuidado, la llevé de vuelta al jardín.

Debía de ser el día de las serpientes, pues pocas horas antes, cuando fui a Kuala Tahan a tomarme las obligadas cervezas Tiger del atardecer, al descender por las escalinatas que llevan al río Tembeling vi a unas mujeres malayas que esperaban abajo sin atreverse a subir. Al preguntarles qué sucedía me mostraron una serpiente junto a la que yo había pasado unos momentos antes.

Cuando me acerqué a ella para observarla mejor, me plantó cara como hacen normalmente las serpientes venenosas advirtiéndote que estás jugando con fuego. Además, tenía la cabeza triangular como muchas de aquéllas, por lo que no me atreví a tratar de agarrarla para llevarla a la jungla.

Entonces recordé a mi amigo maño Sergio y pensé que él sí habría socorrido a la pobre serpiente, porque en una ocasión en que paseábamos por un sendero de Taman Negara y encontramos a una pequeña serpiente, se lanzó sobre ella y la agarró por la cabeza sin dañarla antes de que tuviese tiempo de reaccionar. Tal como hacen en estos casos, ella se enrolló en el brazo de Sergio dándose por muerta; pero se tranquiló cuando le dijimos que sólo queríamos observarla. Lo que nos permitió hacer hasta que Sergio la soltó dejando que continuase su camino.

Cuando vine a Kuala Tahan desde Kuala Lumpur hace dos meses, el confortable autocar en que viajaba estuvo circulando por una carretera de montaña que a veces tenía unos grados de inclinación peligrosos; hecho que evidenciaban los restos de algún camión despachurrado que se habría quedado sin frenos.

Como tantas veces ocurre en esta parte del mundo, en algunas ocasiones se veían macacos junto al arcén que miraban los vehículos como quien va al zoológico. Normalmente esos inteligentes monos entienden perfectamente el funcionamiento del tráfico rodado y, al contrario de lo que sucede con los perros, los gatos y otros animales, nunca había visto a ninguno de ellos que hubiese terminado bajo las ruedas de algún vehículo.

Pero así sucedió ese día cuando un macaco jovencito murió atropellado al tratar de cruzar la carretera. Su madre, arriesgándose también a terminar mal, se metió entre los coches y, abrazándolo, lo acunó desconsoladamente. Entonces ocurrió lo más sorprendente de aquel dramático accidente: un macaco grandullón, que debía ser el padre, apareció en escena y, levantando los brazos, consiguió detener el tráfico hasta que la madre sacó el cadáver de su hijito de la calzada y lo trasladó al arcén.

En Sauraha, junto al Parque Nacional de Chitwan, una vez vi un elefante recién nacido del que me sorprendió el aspecto de sus ojos, pues parecían unos adhesivos de plástico. Comprendí la razón de ello cuando, hará un par de días, al buscar información acerca de los elefantes que me sirviese para la novela que estoy escribiendo, me enteré de que en el momento de nacer son ciegos, a pesar de que ya tienen perfectamente desarrollado el sentido del olfato y el del oído, y, por supuesto, ya son capaces de andar.

No importa lo grande que sea un acuario, pues sigue siendo una pecera.

PASO A PASO – Pushkar, Rajastán, India, otoño de 1987. Continúa de la crónica anterior. Temprano por la mañana, yo, el viajero que acariciaba el mundo con sus pies descalzos, llegué a la estación de autobuses de Jaipur. Debido al colocón de la noche anterior con el que celebré Diwali con algunos amigos locales, me sentía como si me hubiese bebido varios litros de sangría, o sea como un zombi.

Al hacer la pregunta, “¿El siguiente autobús hacia Ajmer?”, recibí la respuesta que cabría esperar, “¡Es aquel de allí! ¡Corra, que ya sale!”. Fue así como me encontré viajando sin haber tenido opción de tomarme un chai que aliviase mi malestar general. Por otro lado, gracias a la festividad del día anterior, el vehículo iba casi vacío y pude relajarme gozando del paisaje después de conseguir sentarme junto al chófer. 

Mientras nos íbamos adentrando en el desierto traté de imaginar cómo sería mi siguiente destino, Pushkar, adonde llegaría después de cambiar de autobús en Ajmer. Sabía que Pushkar formaba parte de la élite entre los lugares sagrados y turísticos de la India, y que era un oasis en el desierto de Thar que, según las creencias hindúes, fue formado por una lágrima de Brahma, el dios que había creado el Universo, la Tierra y a todos los que vivimos en ella.

Las buenas intenciones de mi imaginación no lograron acercarse ni mínimamente a la realidad porque, guiadas por la palabra oasis, se dejaron llevar hacia las imágenes que guardaba de sitios como Palmira, en Siria, donde el agua favorece el esperado vergel, mientras que el lago de Pushkar se halla rodeado por la ciudad, pequeña y blanca, por sus ghats (escalinatas) y, por supuesto, por más de mil templos de todos los tamaños.

En cuanto puse los pies allí, y a pesar de estar embelesado ante tan maravilloso lugar, sentí ganas de salir corriendo por varias razones. Por un lado me notificaron que pocos días después empezaba la famosa feria de animales, con lo que Pushkar se llenaría a reventar y, siguiendo las costumbres del país, los precios se multiplicarían hasta que, por ejemplo, una habitación que hoy costaba veinte rupias podría llegar a trescientas.

Pero tal problema se quedaba en una nimiedad si lo comparaba con el de los brahmanes pujaris del lugar, quienes eran unos desvergonzados salteadores que se dedicaban a vender la más infame de las mentiras afirmando: “Estás obligado a hacer una puja junto al lago”. Evidentemente, ellos tenían la exclusiva de tal ceremonia religiosa, que se encargaban de realizar por sumas astronómicas.

Además, aquel gremio de bandidos, para asegurarse que los extranjeros habían pasado por caja, inventaron algo denominado “el pasaporte de Pushkar”; una credencial que tenía la forma de un pequeño brazalete de tela, sin el cual, por lo menos supuestamente, no les era permitido acercarse a los ghats.

Curiosamente lo que hizo variar mi idea de largarme con viento fresco fueron las ganas de residir durante unas semanas en el primer lugar totalmente vegetariano que hubiese visitado: valga aclarar que yo era vegetariano desde hacía más de diez años.

Efectivamente, en Pushkar estaba totalmente prohibido matar cualquier tipo de animal, e incluso resultaba imposible hallar un solo huevo en todo el término municipal. Esta norma era la responsable de la gran cantidad de peces, gordos y satisfechos, que habitaban en el lago, a los que incluso se podía acariciar porque la falta de enemigos les inhibía de cualquier temor.

La otra razón que animó a un lector compulsivo como yo a quedarse en aquella ciudad santa fueron los muchos comercios de libros de segunda mano, porque en la India, a pesar de que por lo general resultase fácil hallar lectura tanto en inglés como en alemán, francés o italiano, las posibilidades de encontrar un libro en castellano o catalán eran ínfimas.

Tras llevar bastantes semanas de abstinencia literaria, pensé que allí tendría posibilidades de terminar con tal sequía: mis suposiciones se confirmaron cuando pude adquirir “Las Aventuras de Barry Lyndon” de William M. Thackeray.

Pensando en mi presupuesto, me hospedé en el dormitorio del Pushkar Palace. Aunque era un hotel bastante lujoso que se hallaba situado frente al lago, ofrecía las camas al simpático precio de diez rupias, precio que durante los días fuertes de la feria llegaría a sesenta.

La espaciosa y soleada habitación, desde cuyos grandes ventanales se podían ver todos los ghats, estaba ocupada solamente por cinco chicas y tres chicos; éstos eran un inglés, suave y pelirrojo, llamado Aarón, un irlandés de nombre Norman, que viajaba con su guitarra y perdía fácilmente los nervios con las ratas de bazar, y un bromista incansable de Nueva Zelanda con quien yo había coincidido en Leh, al que todos llamaban simplemente Kiwi, igual que a mí me habían apodado Catalonia.

Entre los dos primeros y yo se formó rápidamente un trío de inseparables, mientras que Kiwi se inclinó por una de las chicas, una hermosa joven alemana seguidora de Osho, llamada Ramona. Continuará.

MIRA LO QUE PREGUNTO

  • ¿No os resulta empalagoso el ego espiritual de los líderes religiosos? 
  • ¿No os parece que los adolescentes van totalmente acelerados, pero sin saber adonde ir? 
  • ¿No os planteáis si tendréis suficiente coraje para enfrentarnos al jaque mate final de la vida?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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