Cap. 13 – Descubriendo la playa de Serendipity

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Me levanté deseando ir a la playa. Imaginaba una costa paradisíaca como la tailandesa de la película “La playa”: el agua azul, la arena blanca, poca gente, un sol radiante y yo durmiendo en una hamaca colgada entre dos cocoteros altísimos. Lo malo de la Lonely Planet es que no hay fotos… y el primer objeto en esfumarse del cuadro pintado en mi mente fue el sol: el tiempo amenazaba con lluvias y la idea de tostarme en la arena toda la mañana se desvanecía, así que cruzamos los dedos y dejamos pasar un rato desayunando. Mientras me comía medio kilo de muesli con banana miraba al cielo casi suplicando un rayo de sol, y Toni, tan optimista como siempre pensaba que al final terminaría saliendo, no sin razón ya que  al final se hizo la luz.  Y como si de un tren se tratara cogimos la toalla y el protector y nos fuimos corriendo antes de que partiera otra vez.

Nubarrones en la playa de Serendipity
Nubarrones en la playa de Serendipity

Serendipity beach fue la primera playa que visitamos. Solo teníamos que bajar la avenida donde se encontraba el Monkey Republic y atravesar  una calle de tierra maltrecha  y llena de socavones para llegar a la playa. O al menos algo que pretendía serlo, porque nada mas asomarme, el lienzo que había imaginado finalmente se esfumó. Ante mi apareció una playa que poco se diferenciaba de cualquiera de las de nuestra costa, ya que ni el agua era azul, ni la arena era blanca ni había sitio para caminar. En realidad se trataba de un tramo de arena de unos 4 metros de ancho repleto de tumbonas y con los chiringuitos pegados. Ni ley de costas ni espacio para respirar, pero eso si, todo muy rústico, sin ladrillos y muchísima menos gente.

Empezamos a andar recorriendo un chiringuito tras otro y cuando nos dimos cuenta de que todos eran igual cambiando el color de las sombrillas decidimos echarnos en un par de tumbonas, pedimos unas cervecitas fresquitas y justo cuando ya estábamos acomodados Toni se dio cuenta de que se había dejado la guía en la mesa del restaurante. Como yo ya tenía el culo pegado decidí que fuese él quien volviese a la guesthouse a cogerla si es que aun seguía allí, yo iba a quedarme disfrutando del solecito…

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En las tumbonas tomando el sol (cuando salía)
En las tumbonas tomando el sol (cuando salía)

“Aun te pasa poco” debió pensar Toni cuando volvió de recuperar nuestra guía y me vió  rodeada de niñas dándome con sus pulseritas en la cara. En los 15 minutos que tardó en llegar, cada persona que pasó por delante de mi tumbona se paró a venderme algo. Las mujeres me ofrecían una depilación de piernas tan peculiar que  hacían la demostración. Primero se sentaban a mi lado y me preguntaban si quería depilarme, cuando les decía que no empezaban a buscarme algún pelo para demostrarme que si, que me hacía falta. Primero me cogían las piernas y siempre encontraban algún pelo que quitar. La verdad es que el método muy práctico no era, pero si curioso: cogían un hilo de coser doble por los extremos lo iban enrollando y los pelos quedaban atrapados en medio. Aun así les decía que no, que para 2 pelos ya me los quitaba yo en casa, pero no contentas con mi respuesta seguían buscando pelos por los brazos, las cejas, las axilas; eso si, sin cortarse en sobarme de arriba abajo.

Una de las niñas que vendían por la playa
Una de las niñas que vendían por la playa

Visto el poco éxito de la depilación seguían examinándome deseosas de encontrar algo con que poderme engatusar  y cuando vieron el esmalte de las uñas de los pies comidas por el repelente de mosquitos volvieron a recuperar la esperanza y me mostraron toda la gama de colores de pintauñas que llevaban en la cesta. Cuando ya no supe de que manera decirles que no quería nada les dije que quería dormir y cerré los ojos. Cuando los volví a abrir vi que se iban y suspiré, con tan mala suerte que dos niñas vieron que estaba despierta y pensaron que había llegado su momento. Empezaron saludándome y preguntándome que de donde era, siguieron mirándome las pulseras que llevaba puestas y terminaron tocándome el pelo sentadas conmigo en la hamaca. Que si que bikini mas chulo, que qué pelo tan bonito, que te regalo una pulsera, que si cómprame una, que si cómprame 2 por la mitad de precio. Total que cuando vino Toni ya eran 4 las niñas que estaban allí y ya no me servía la escusa de mi “novio tiene el dinero”. Así que les compré una pulsera, se  conformaron y se fueron.

Con Toni ya sentado a mi lado seguimos comprobando que todo el mundo tenía algo que vender, y a la media hora de estar allí ya conocíamos todas las caras: el niño de las piñas, el chaval de las pulseras del color de la bandera de Camboya, la mujer con el marisco, la chica de los masajes y la niña de las gambas echas con hilo de colores. Me da rabia no acordarme del nombre de la chiquilla porque fue la que mas rato estuvo hablando con nosotros y le cogí cariño ya que la vi también los otros días. Vestía un pijama de esos que no entendía porque estaban tan de moda en Camboya y no debía tener más de 8 años, aunque seguramente aparentaba menos de lo que tenía. Me pareció una niña muy dulce, era bonita, tenía el pelo largo y brillante y unos ojos que desprendían  inocencia e integridad a la vez. Había aprendido a hacer gambas, peces y tiburones con el hilo y los días que no tenía colegio venía a venderlas a la playa. Decía que lo poco que conseguía lo invertía en las clases de inglés. Porque eso sí, todos los niños tenían un nivel elevado de inglés. Me sentía ridícula a veces cuando me daba cuenta de que la que estaba haciendo esfuerzo por entenderla era yo.

De repente empezó a soplar el viento y llegó un nubarrón que nos hizo coger todo rápidamente y entrar al chiringuito. Llovió nada, 5 minutos y volvió a salir el sol.  Entonces los empleados volvieron a abrir las sombrillas, que ahora entendía porque estaban todas tan oxidadas, y a poner las fundas de las tumbonas. Y aprovechando el caos alguien cogió las chanclas de Toni.

La playa desde dentro de uno de los chiringuitos
La playa desde dentro de uno de los chiringuitos

De camino a la guesthouse paramos en una tienda y se compró otras chanclas, pero esta vez prefirió unas “Comverse” (si, con M) amarillas por 10000 riels. Estuvimos mirando bañadores porque también se le había olvidado, pero eran todos demasiado floreados para Toni. El resto de la tarde nos la pasamos en el Monkey Republic tumbados en el sofá y haciendo el perro a más no poder. Y de la pereza pasamos a la gula y nos pedimos unos rollitos de primavera que aún anhelo a veces. ¡mMmMMmmMm que sabor!

Esa noche fuimos a cenar a un restaurante que había en la esquina de la calle, el “Bayon restaurant”. Se trataba de una terraza cubierta por un techo de madera donde nos pedimos una barbacoa de pescado con calamar, gamba y barracuda.  Y para rematar la cena pedimos un pankake de banana y chocolate.

Cenando en el Bayon restaurant
Cenando en el Bayon restaurant

De vuelta nos interceptaron los “relaciones públicas” dándonos propaganda de varios garitos que había abiertos cerca de la playa. Nos oferían tuk-tuk y consumiciones pero preferíamos tomarnos algo en la guesthouse. Nos pedimos un par de copas y subimos a nuestra querida buhardilla donde estuvimos charlando tumbados en las hamacas hasta que nos entró el sueño.

Las hamacas de Monkey Republic.... mmmMMmmmm
Las hamacas de Monkey Republic…. mmmMMmmMm

El día siguiente pintaba idéntico, con el tiempo amenazando con seguir igual: nubes y claros. Por esa razón decidimos quedarnos otra vez en Serendipity y no ir a la otra playa que quedaba demasiado lejos para arriesgarse. Así que sabiendo que si caía algún chubasco teníamos sitio para resguardarnos volvimos a los chiringuitos del día anterior. Y como si no recordasen que el día anterior habíamos rechazado todas las ofertas, todo el mundo siguió sin dejarnos tomar el poco sol que había tranquilos. Volvió a aparecer la niña de las gambas de hilo que pasó 2 ó 3 veces por delante antes de sentarse a charlar con nosotros. Ese día se había soltado el pelo y se había puesto ropa de calle, no el pijama que llevaba el día anterior. Comentaba con el mismo entusiasmo que el que lleva unos pantalones de marca carísimos que los vaqueros cortos que llevaba puestos se los había comprado en el mercado y les habían costado 10 dólares.

Cuando empezó a llover entramos dentro del chiringuito y se sentó conmigo en el sofá. Cogió una guía que llevábamos de Sihanoukville y empezó a comentar todas las fotos. Señalaba las calles y las nombraba, me decía los nombres de las playas, incluso vio un anuncio de un hotel con la foto de un niño y me dijo que iba a su clase. Hojeando la guía me fijé en unos pasatiempos que había en la última página. Eran unos pasatiempos educativos dirigidos a los niños para concienciarles de que no debían dejar que nadie abusara sexualmente de ellos. Uno de ellos era un turista dentro de un laberinto sin escapatoria, otro la foto de un turista rodeado de puntos en el que si los unías en orden dibujabas unas rejas de una celda, otro trataba de encontrar diferencias entre dos dibujos en los que en una estaba un hombre tocando la cabeza a una niña entristecida y en la siguiente llevaba puestas unas esposas y la niña sonreía. El último ejercicio consistía en unir las palabras de dos columnas, relacionando cada cosa con el sitio en el que debería estar: el mono en la selva, el avión en el cielo, los niños en el colegio y los pederastas en la cárcel. Por si a alguien le cabía alguna duda abajo estaban escritas las soluciones.

Pasatiempos “anti-pedófilos”
Pasatiempos “anti-pedófilos”

No se si son los niños lo que realmente importaba al gobierno de Camboya, conociendo el panorama en Phnom Penh una pensaba que hacían estas cosas más bien para dar buena imagen de cara a los extranjeros que son los que dejan el dinero, porque allí se seguían cometiendo las mismas barbaridades.

Antes de irnos le compré un par de gambas a la niña y una quedó colgada en mi mochila el resto del viaje. Esa tarde fue más aburrida si cabe que la anterior, estuvimos horas viendo caer la lluvia, comiendo spring rolls y cotilleando por la guesthouse. Con tanto sedentarismo es normal que no pudiese dormir luego. Me desperté a media noche sudando porque se había ido la luz y se había apagado el ventilador. Encima no podía pegar ojo oyendo todo el rato el clic clic de una termita. Para rematarlo cuando ya parecía que me volvía a dormir llegó un grupo de borrachos y estuvieron en el jardín un par de horas gritando y sin dejarme pegar ojo. Y no paraba de llover…

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