La crónica cósmica. Insultando con los peores improperios

La crónica cósmica. Insultando con los peores improperios
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Al regresar a Kanchanaburi hace un mes me sorprendió no hallar al cuarteto de occidentales que vivían habitualmente en Tailandia, quienes, a pesar de residir cada uno en una casita con su respectiva esposa tailandesa, se reunían de mañanita en la veranda de esta pensión para dedicar el resto de la jornada a beber una cerveza tras otra (no exagero), charlar y desternillarse continuamente bromeando acerca de todo lo imaginable, metiéndose despiadadamente unos con otros.

Dos de ellos eran ingleses: uno era un periodista y escritor que había trabajado para The Guardian, y el otro, que hablaba un tailandés impecable, daba lecciones de inglés en una academia de Kanchanaburi. El tercero era un músico canadiense, y el cuarto un norteamericano mecánico de aviones, al que su patriótico padre había obligado a alistarse en el ejército para luchar en la Guerra del Vietnam cuando sólo tenía diecisiete años.

En ocasiones, un quinto occidental se juntaba al cuarteto, pero, según pude advertir, no gozaba de la sintonía que había entre ellos. Al preguntarles al respecto me dijeron que, a pesar de ir un poco corto de dinero, bebía tanta o más cerveza que ellos (eso sería difícil…), y debido a ese derroche hacía pasar literalmente hambre a su joven esposa tailandesa.

A mí tampoco me caía especialmente bien ese personaje (y no precisamente porque su esposa fuese una preciosidad de veintidós años y él un cincuentón…), del que además me resultaba difícil entender su inglés, razón por la que solía desaparecer de escena en cuanto él llegaba. Por ello comprenderéis que no me alegrase al encontrarle hace unos días instalado en esta misma pensión.

Además, empeorando las cosas, se empeñó en darme palique como si fuésemos los mejores amigos, dejándome con las ganas de viajar por San Petersburgo de la mano del maestro Dostoievski en Crimen y Castigo mientras el Sol se ponía tras los cañizares del Río Kwai. Su encantadora esposa estaba sentada con nosotros, y la poca simpatía que él me inspiraba se quedó en nada cuando la puso a parir en plan no es buena para nada, acusaciones que ella tragó estoicamente sin contradecirlas.

No obstante, y tras tanta negatividad, debo decir dos cosas a su favor. La primera: cuidaba amorosamente de una perra callejera, hecho que pude comprobar gracias a unas fotos en las que la abrazaba y los ojos de la perrita dejaban claro que se hallaba en la gloria. Y la segunda (¡Ja!): estaba más interesado en escuchar mis anécdotas viajeras de los últimos doce meses que en contarme su vida (de la que en realidad tendría poco que decir porque, según me confesó, él y su esposa se pasaban los días jugando con sus respectivos teléfonos y mirando la tele en el diminuto apartamento en que vivían).

La última vez que los vi fue una noche cuando yo iba a cenar y me crucé con ellos en la calle mayor, The River Kwai Street. El hombre andaba descalzo y parecía muy alterado. Ella le seguía y temblaba de miedo. Él me explicó que acababa de darse de hostias con un tipo, y me mostró el puño ensangrentado de la mano derecha, ornamentada con tres gruesos anillos. Me contó esto pegándome empujones como si también quisiese machacarme a mí. Su frágil esposa recibió el mismo trato cuando se interpuso entre nosotros.

Yo, como buen cronista, todavía le pregunté un par de veces cuál había sido la razón de la pelea y si se había pegado con un occidental o un tailandés (dato de gran importancia en países como éste), pero él no parecía escucharme. Tras decidir que estaba como un cencerro y que iba acelerado como una moto, hice lo que mejor sé hacer en estos casos: largarme sin despedirme. Al día siguiente me alivió enterarme que se habían ido de la pensión. La mujer birmana que la dirige me susurró: “Ambos están un poco locos y siempre me traen problemas”.

FAUNÓPOLIS

  • Aunque seguramente durante estos últimos días visteis alguna que otra imagen del torneo de tenis que se celebraba Wimbledon, quizás no os fijasteis en que por encima del All England Club no se veía un solo pájaro, ni apareció ninguno sobre la hierba mientras se celebraban los partidos, algo habitual en un país como Inglaterra. Esta ausencia no fue casual, sino debida a la presencia de un halcón llamado oficialmente “Rufus the Hawk”; una majestuosa preciosidad de distintos colores adiestrada para mantener alejadas sobre todo a las palomas, a las que asusta con su sola presencia sin necesidad de derramar sangre.
  • Recuerdo que el año anterior, estando junto a las junglas malayas de Taman Negara, hallé un precioso escorpión en el baño de mi cabaña. Entonces os aconsejé que, si os dejabais caer por el Sudeste Asiático, nunca abandonaseis la protección de la mosquitera sin haber encendido la luz y ver dónde poníais los pies. Otro ejemplo acerca de ese peligro: un turista se quedó pasmado cuando se disponía a calzarse sus deportivas, pues en el mismo momento en que extendía la mano hacia una de ellas, salió catapultada de su interior una diminuta serpiente; por suerte del turista no iba a por él, sino a por un sapo que pasaba por allí. ¿Un poco más de lo mismo? El aparato de a/c de una cabaña vecina de la mía (yo prefiero el ventilador) funcionaba mal y hacía unos ruidos muy extraños. Cuando el electricista abrió la cobertura del aparato, tuvo que salir corriendo porque en su interior se había instalado toda una familia de serpientes venenosas a las que, por lo visto, les gustaba el aire fresco. Si esto sucede en las viviendas, podréis suponer que para pasear de noche por el campo es imprescindible llevar una linterna, algo que yo hago por precaución, pero también por amor: para evitar pisar a los miles de encantadores bichitos noctámbulos que cruzan el camino.
  • Os suplico que si algún día vais a comer en un restaurante chino en cuyo menú aparezcan las aletas de tiburón, os larguéis con viento fresco, insultando al propietario con los peores improperios que conozcáis: cada año mueren setenta millones de tiburones, a los que arrojan al mar tras cortarles la aleta. Cuando me toque la lotería (algo imposible, pues jamás he comprado un boleto porque lo considero una gilipollez), voy a montar un gran acuario lleno exclusivamente de tiburones a los que alimentaré con pollas de chinos comedores de aletas de tiburón. Umm, también organizaré algo parecido para los japoneses, que han reemprendido la caza de ballenas: ¡Cabrones!
  • Un sargento del ejército tailandés mató un “gato leopardo” (una panterita preciosa) en una reserva cercana a Chiang Mai. Para no dejar duda de que además de hijo de puta era imbécil, antes de despellejarlo se fotografió con el cadáver y colgó las imágenes en internet. Al ser arrestado declaró que no sabía que fuese un animal protegido. Podría ser condenado a cuatro años de cárcel y a pagar 40.000 bahts. ¡Bien!
  • En estas crónicas os he contado muchas veces que, en ocasiones, las manadas de elefantes del Nepal atacan las aldeas y, aparte de arrasar los cultivos, destrozan las frágiles viviendas y matan a algunos de sus habitantes. Aunque aquí en Tailandia se dan unos casos parecidos, nunca hay muertes de por medio y las únicas que salen malparadas son las cosechas. Por si os estáis preguntando la frecuencia de estos sucesos, os aclararé que en ambos países es rara la semana en que no haya como mínimo uno. Pondré el punto final a esta sección y al tema de los elefantes con algo que no me creería si no lo hubiese visto: me quedé atónito ante las imágenes captadas por una cámara oculta en las que aparecía un elefante que se rascaba la espalda contra el tronco de un árbol, permaneciendo completamente de pie sobre las patas traseras como haría un oso.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Acerca de la caza de brujas: condenar a diez culpables no justifica joderle la vida a un solo inocente.
  • Estuve leyendo la biografía de Magallanes del autor Stefan Zweig, y me maravilló lo que escribió en aquella lejana época un viajero italiano llamado Ludovico Varthema: “Porque soy tardo en comprender y no inclinado al estudio de los libros, he decidido ver personalmente, con mis propios ojos, los distintos lugares del mundo, pues tienen más valor los informes de un solo testimonio de vista que todo lo que se aprende de oído”: ¡Bravo!
  • La falta de información (o sea mi incultura, el desconocimiento de los idiomas o la ausencia de un guía si visito un sitio histórico) siempre ha alimentado mi imaginación.
  • ¿Se sienten las marionetas realizadas haciendo de marionetas y se vendrán abajo si les cortan los hilos?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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