La crónica cósmica. Mi domicilio permanente, ¿la Tierra?

La crónica cósmica. Mi domicilio permanente, ¿la Tierra?
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EL NÓMADA RUTINARIO. He regresado a Katmandú el mismo día en que lo hice el año anterior. En estos doce últimos meses he tenido unos domicilios a los que vuelvo una y otra vez porque me siento de maravilla en ellos: Sauraha en el Parque Nacional de Chitwán aquí en el Nepal, las Colinas Kumaon en el estado indio de Uttarakhand, Kanchanaburi, junto al Río Kwai de Tailandia, y la isla de Kapas, las junglas de Taman Negara y la histórica ciudad de Malaca, en la Península Malaya.

Pero también hubo varias novedades, como los parques nacionales de Kenia a los que fui “por culpa” de los amigos valencianos, la fortificada ciudad de Jaisalmer en el desierto del Rajastán de la India en la que había estado treinta años antes, la isla malaya de Duyung (que significa sirena), y, para terminar, el maravilloso e impresionante Lago de Toba en Sumatra.

Pensé en estos sitios cuando, al registrarme en la “Green House Lodge” de Katmandú, me preguntaron cuál era mi domicilio permanente. ¿La Tierra?

A pesar de ir continuamente de un lugar a otro, mis días son tan invariablemente rutinarios que mi mujer (quien sigue diciendo que soy su marido, aunque no nos hayamos visto las caras desde hace nueve años) afirma saber lo que estaré haciendo en cada momento.

Esta última semana ha sido muy movidita. Partí temprano de Tuk Tuk y crucé el Lago Toba en un barco hasta Parapat. Allí tomé un taxi compartido para ir al aeropuerto de Medan. Las tres horas de viaje tuvieron distintos colores: primero recorrimos en plan rally una carretera de montaña que discurría entre densas junglas, de las que asomaban docenas de macacos, después pasamos entre unas plantaciones de palmeras aceiteras y más tarde cruzamos entre extensos arrozales.

El avión de la servicial Air Asia partió puntualmente y aterrizó en el aeropuerto de Kuala Lumpur a las nueve de la noche. Dos horas más tarde llegué a Malaca con el tiempo justo de beber una cerveza Tiger y comer una sopa de fideos en el último restaurante de China Town que quedaba abierto.

En Malaca reencontré a los amigos que conociese un mes antes. Casi todos habían pasado estas semanas en diferentes lugares: unos en la tailandesa Krabi, otros en Singapur y un par en Java. Regresó asimismo el malayo que tiene un negocio en Arabia y, de nuevo, organizó una fiesta tras otra, regadas siempre con mucha cerveza. Ya la primera noche había sacado de su equipaje una botella de vodka sueco de cincuenta grados, y yo terminé necesitando su ayuda para poder llegar a mi habitación de la “Voyage Home Guest House”.

En esas reuniones multirraciales (con gente de Malasia, Mali, Tamil Nadu, Etiopía, China, Francia y Túnez) me enteré que, debido a mi aspecto, ellos me apodaban Gurú.

Ya os conté que la pensión “Voyage Home” se halla en la “Blacksmith Street” (Calle del Herrero). Antes había ocho herreros, de los que actualmente sólo queda uno (aunque ya se ha retirado). Es un hombre de ochenta y tres años que dedicó setenta de ellos a tan duro oficio. Ahora recibe las visitas de las escuelas (los alumnos le observan como si fuese un neandertal) y también de los canales de televisión.

Recorriendo el malecón del Río Melaka volví a cruzarme con una mujer que cada atardecer saca a pasear a dos grandes tortugas africanas y, según supongo, seguirán creciendo, pues tienen solamente seis añitos. Sus caparazones son auténticas obra de arte: parecen hechos con docenas de piezas de madera cincelada. ¿Cómo se pasea una tortuga?: poniéndole a corta distancia las hojas tiernas que más le gusta comer e ir marcándole (lentamente, claro) la dirección a seguir,

Luego, mientras tomaba mi obligada cerveza Tiger en el mismo malecón, me fijé en que los bulliciosos pájaros miná (mynah) y los cuervos (los primeros a cientos y éstos a docenas) se disponían a pasar la noche en árboles distintos: ¿segregación racial?
Al permanecer mucho tiempo en un país aprendo a valorar el atractivo físico de sus gentes, como me sucedió cuando estuve en varios meses en Gambia. Y ahora, tras acostumbrarme a la belleza de las mujeres asiáticas, las occidentales me parecen feúchas.

En una calle de Malaca hay una señal de tráfico indicando: Lisboa 11.699 kilómetros.
De vuelta al aeropuerto de Kuala Lumpur, y cuando me disponía a partir hacia el Nepal, me fijé en un anuncio publicitario que decía algo tan estúpido como: “Fly like a star and shop like a hero”. ¡¿Cómo compran los héroes?!

Al contrario que el año anterior, durante el vuelo no pude ver la colección de preciosas islas tropicales que teníamos por debajo porque el cielo estaba nublado, pero sí que después gocé de las siempre impresionantes vistas del Himalaya, gracias a haber conseguido una ventanilla en la parte derecha del avión.

Aleluya, aleluya: la pista del aeropuerto de Katmandú ya tiene por fin un nuevo asfalto y pudimos aterrizar sin pegar peligrosos saltos. Mi equipaje llegó abierto y manoseado, pero sin que faltase nada. Tras permanecer seis meses en el caluroso Sudeste Asiático, las temperaturas de Katmandú me han parecido muy frías (18º de máxima y 4º de mínima). Asimismo, el descontrol, la dejadez y la suciedad de la capital nepalesa me han resultado chocantes: ¡But I like it! También han sido de mi gusto sus baratos precios. Por cierto, que la rupia nepalesa se ha devaluado y ahora ya te dan ciento veintiséis de ellas por un euro.

Recuerdos del Lago Toba: El constante color verde que lo cubre todo, las matas cubiertas de flores perfumadas, la buena cerveza Bitang, los nombres holandeses que continúan usando (como “pis pot”: urinal), el jardín del resort que parecía una pequeña jungla gracias a sus gigantescos árboles, los artesanos esculpiendo esculturas de madera preciosa, la publicidad de la tele anunciando cremas blanqueadoras para el cutis y los “hiyab chik”, las miles de termitas voladoras haciendo las delicias de las golondrinas y los gatos, el pescador holandés liberando los peces que pescaba con una caña, y los amigos mañicos, que llegaron desde Borneo el día antes de que yo me largase y pasamos un buen rato juntos.

Y hablando de “las amistades peligrosas”, los amigos valencianos estuvieron hace un mes aquí en el Nepal y, aparte de hacer excursionismo (que marcha tienen), visitaron el Parque Nacional de Bardiya, y mientras estaban allí un tigre se merendó a un cornaca que había descendido de su elefante.

También quiero mencionar al amigo occitano porque tuve la sorpresa de leer en las noticias internacionales el nombre de su pueblo, Le Teil, cuando hace poco hubo un terremoto que dañó muchas casas medievales del barrio antiguo.

FAUNÓPOLIS.

Dos casos insólitos sin salir de mi cabaña. Al saltar de la cama en la Isla de Duyung una mañana en que la marea estaba muy alta, puse el pie sobre algo duro y lleno de protuberancias, que resultó ser el caparazón de un gran cangrejo. “¡Ah!”, exclamamos ambos al unísono.

Como ya sabréis, los lagartitos gecko tienen unas ventosas en las patas que les permiten aferrarse a los muros y los techos. En la pared del baño de la cabaña de Tuk Tuk había uno que había muerto estando en posición vertical y tardó varios días en desprenderse y caer.

Aquí en el Nepal existe un centro gubernamental llamado “Kasara Crocodile Breeding Center” en el que crían cocodrilos. Según una noticia del Kathmandu Post, en los últimos cinco años han liberado más de mil trescientos de la especie gavial (gharial) en diferentes ríos. El año anterior soltaron quince en el Río Rapti de Chitwán, pero tres de ellos murieron al meterse en redes de pesca.

En la comarca nepalesa de Sunsari, y cerca del Parque Nacional de Koshi Tappo Wildlife, han muerto varias vacas de ántrax, enfermedad extremadamente peligrosa para los animales salvajes.

Vi una foto en la que aparecía un buceador que se hallaba junto a una medusa gigantesca que le superaba en altura y doblaba en corpulencia.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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