Cap. 08 – Excursión en bicicleta por Koh Trong

Diario de viaje a Camboya capítulo 8
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¡¡¡¡Crench, crench, crench!!!!
–    Toni, això què és?
¡¡¡Crench, crench, crench!!!
–    Jo que sé, dorm!!
¡¡¡Crench, crench, crench!!!

¡¡¡Crench, crench, crench!!!

Al final me tuve que levantar, aun era de noche y no podía volverme a dormir pensando que había algo hurgando por las mochilas. Me acerqué con cuidado temiendo encontrar cualquier animalillo merodeando por la habitación y para mi sorpresa no había nada. Era un hombre que se había puesto a barrer la calle antes de salir el sol con una escoba de paja haciendo tanto ruido que parecía que estuviese allí dentro con nosotros. Y es que la habitación no era nada silenciosa, apenas había salido el sol y ya oíamos a todo el mundo. Las motos arriba y abajo, la gente que empezaba a trabajar, los restaurantes que abrían… Eso nos obligó a madrugar y aprovechar el día.

Ajetreo en Kratie de buena mañana
Ajetreo en Kratie de buena mañana

Decidimos quedarnos una jornada más en Kratie para descansar un día de los viajecitos en bus, reposar y disfrutar un poquito más de algún sitio. Además el lugar tenía atracciones con las que nos podíamos entretener.

Desayunamos otra vez en el Star Bar y allí mismo nos alquilaron unas bicicletas para todo el día por tan sólo un dólar cada una. Nuestra intención era cruzar el río con una barquita e ir a visitar la isla Koh Trong, justo enfrente de Kratie. Así que dicho y hecho nos fuimos al “mini-puerto” que tenían allí montado que no era más que unas escaleras que bajaban hasta el nivel del agua  y un montón de gente alrededor vendiendo comida y bebida.

Nos dirigimos a un hombre que nos pareció que tenía idea de a que hora iba a venir el siguiente bote y nos dijo que tardaría una hora. Como una hora nos parecía demasiado preguntamos a otra mujer y nos dijo que 15 minutos. Nos gustó más su respuesta así que decidimos creerla a ella y nos sentamos a esperar. Al final fue una media hora lo que tardó, pero eterna. Un hombre que esperaba también, se entretuvo mareándonos. Parecía ser que el hombre en su infancia había aprendido algo de francés. Digo que debió ser en su infancia porque ya no se acordaba de nada, por mucho que el se empeñara. El caso es que yo creo que ni los camboyanos que estaban con él sabían lo que quería decir. Lo único que deduje de sus palabras es que el bote te llevaba a la isla y luego te traía de vuelta. ¡¡¡Vaya conclusión!!!.

Con apenas sitio para respirar nos embutimos todos con las bicicletas en el barquito y por temor a mi misma decidí sentarme en el suelo. Con el oleaje que había ese día tenía más de un 50 % de probabilidades de terminar yo con la cámara en el agua y fui previsora. Desde el suelo del cayuco me puse a grabar a Toni y sin pretenderlo nos convertimos en el centro de atención. Una mujer que viajaba con nosotros se emocionó por momentos, me cogió del brazo y empezó a hablarme en jemer señalando en dirección a una punta de la isla. Aun no tengo ni idea de que es lo que quería que viese, pero la volvimos a ver más tarde y seguía insistiendo en lo mismo.

Cogimos las bicicletas y empezamos la excursión rural. Los caminos eran de tierra y las constantes lluvias las habían convertido en algunos tramos en piscinas de barro por las que era imposible pasar sin que se hundiesen las ruedas. Las vacas eran uno de los principales obstáculos, que tan sosegadas ellas, no movían ni las orejas cuando intentábamos que se apartasen con el timbre de la bicicleta, teniendo siempre que rodearlas. El paisaje era impactante, campos de arroz que brillaban coloreados debajo de un cielo que parecía que ese día nos perdonaba la lluvia y nos permitía fotografiarlo y guardarlo a modo de estampa.

Paisajes de Koh Trong
Paisajes de Koh Trong

La isla no pasaba de 4 o 5 kilómetros y en media hora, a pesar de los baches, llegamos a uno de los extremos. Dimos media vuelta y volvimos por el otro lado. En un rato ya estábamos de vuelta en el muelle.

Otro que se va contento con su regalo...
Entre arrozales
En el embarcadero antes de la llegada de más niños
En el embarcadero esperando el barco

De vuelta a Kratie aun nos quedaban ganas de pasear con la bicicleta, así que aprovechamos y fuimos a ver un poco los alrededores. Pedaleando nos metimos sin darnos cuenta en un barrio de las afueras de lo más desamparado, todavía más necesitado. Sus cabañas en pésimo estado, parecía que iban a derrumbarse de un momento a otro y no iban a resistir la siguiente tormenta. Los niños con cualquier cosa para cubrirse, porque en realidad iban semidesnudos, y aun así con la sonrisa en la boca y saludándonos al pasar.

Llegamos en unos minutos a un wat que por la zona en la que estaba debía de ser el Wat Roka Kandal. Fue entrar al recinto y una estampida de niños se acercó gritando a recibirnos. Toni, que quería hacer fotos del lugar me pidió que entretuviese a los niños, así que se fue y me dejó sola ante la avalancha. Solo eran 6 niños, pero hiperactivos y emocionadísimos y como les estaba haciendo caso, cada vez querían más atención. Todos querían enseñarme sus habilidades acrobáticas, me decían sus nombres y me preguntaron el mío. Se me ocurrió coger a una niña por los brazos para que diese un salto muy alto y todos la quisieron imitar. Eran todos muy delgaditos y me cogían para que les levantase a ellos también o les rodara por el aire. Fueron solo diez minutos pero intensos y agotadores. Los pobres solo querían un poco de atención, no hacían más que gracias para que me riese.

Menuda jauría de niños juguetones
Menuda jauría de niños juguetones

Mientras, a 20 metros de aquel alboroto, Toni fotografiaba a una mujer meditando ajena al vocerío; no se inmutó y no movió un pelo ni cuando se puso a un metro de ella para hacerle un retrato, parecía estar en éxtasis.

Mujer monje meditando
Mujer monje meditando

Cuando nos fuimos de allí, cuando nos dejaron los chiquillos en realidad, aun nos persiguieron hasta la entrada y se despidieron a gritos. Media hora más tarde estábamos en la guesthouse dándonos una ducha fresca y descansando, después del trajín con las bicicletas lo único que nos apetecía era ponernos cómodos e ir a tomar una cerveza. Esta vez acudimos a U-Hong II Guesthouse, donde también había restaurante con una bonita terraza, unos ordenadores para conectarte a internet y un servicio de “agencia de viajes” con información para realizar excursiones por los alrededores.

La cervecita de rigor en U-Hong II Guesthouse
La cervecita de rigor en U-Hong II Guesthouse

En la terraza del bar nos pusimos a debatir sobre que era lo más conveniente para seguir con nuestra marcha por Camboya. Nuestro propósito según lo planeado era llegar al noreste del país para hacer trekking por Ratanakiri, adentrarnos en la selva y conocer minorías étnicas. Pero los problemas eran varios: por una parte no sabíamos como estarían las carreteras para llegar después de las intensas lluvias, y por la otra no teníamos garantía alguna de que fuesen a parar. Se sumaba también que teníamos que mirar por el presupuesto, y llegar hasta Ratanakiri aparte del precio del trekking era sumar el dinero para el transporte. Muy a mi pesar y al de Toni, porque después nos hemos arrepentido (al menos a mí me ha quedado la espinita), decidimos saltarnos esa parte del itinerario e ir directamente hacia Siem Reap. Aunque no pudiésemos ver sanguijuelas y perdernos por la selva como el año anterior nos consolaba pensar que nos esperaban los Templos de Angkor, patrimonio de la humanidad. Y nueve horas de bus…

5 Comentarios
  1. Sele dice

    Tomo nota, chicos.

    Las fotos son alucinantes. No veo el momento de agarrar la mochila y aparecer allí!

    Saludosss,

    Sele

  2. admin dice

    te mola eh??????? :P

  3. pirata dice

    La foto de la dona és de concurs.
    Quina cosa més original.

  4. admin dice

    Y ni te digo si vas por la calle saludando a la gente… pronto dirían: este está loco????

  5. pirata dice

    Es bonito ver la confianza que tienen los niños con los turistas.
    En el "mundo civilizado" si un extraño se acerca a algún niño, lo mas leve es que quede fichado por la poli, lo mas provable que sus padres les zurran, tanto al niño como al adulto.
    En fin cosas del progreso.

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