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La crónica cósmica. El encanto de las havelis

La crónica cósmica. El encanto de las havelis
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Me gusta viajarCargando…

EL CONFORT DEL GUÍA. ¡Pero qué descontrol! ¡Esto es el caos y la anarquía! ¡Rediós, empiezo a teclear esta crónica cuando ya debería haberla mandado! ¡¿Qué se ha hecho de mi metódica y compulsiva puntualidad?! Umm, bien, tras ponerme a gusto soltando estas paridas ya puedo “ir a lo que toca”.

Empezaré comentando que es encantadoramente relajado tener a alguien como el amigo valenciano que se encarga de hacer las reservas de trenes y hoteles, y crees hallarte en la gloria si además te lleva a sitios desconocidos que son de tu gusto, pues en mi caso tienen un doble de valor al saber que no me limitaré a visitarlos una sola vez, sino que formarán parte de mis posibles domicilios futuros.

Cuando quisimos adquirir un pasaje de autocar para dirigirnos a nuestro siguiente destino tuvimos una nueva muestra de las paranoias hindostanas porque nos vimos obligados a mostrar y fotocopiar el pasaporte y el visado. Yo prefiero viajar en tren, y más si, como esta ocasión, lo hago de noche; pero, al no tener esa opción, mi guía consiguió que yo subiese por primera vez en un autocar con literas en vez de asientos.

Al ver tal tipo de vehículos en Laos y otros países asiáticos había imaginado que podrían comportar algunos inconvenientes, como el de ser lanzado de un lado a otro si se recorrían carreteras con muchas curvas en vez de una autopista, o si la litera había sido diseñada pensando en personas de corta estatura. De entrada, al acostarme me felicité al comprobar que la mía daba justo para mi talla de un metro setenta y seis, y me pregunté cómo se metería allí un larguirucho parecido al amigo occitano.

Pero durante la noche se hizo realidad lo que había supuesto acerca de las carreteras, y no se debió tanto a las curvas como al mal estado del asfalto, pues estuvimos pegando continuamente botes como si nos hallásemos en una coctelera. Afortunadamente yo había comido una bola de bhang (la muy legal y tradicional crema de maría: 10 rupias), y me reía de ese traqueteo. De todas maneras, claro, al fin dormí muy poco; sin embargo, cuando llegamos a nuestro destino a las cinco de la madrugada descendí del autocar sin sentir todavía el cansancio de la noche perdida.

En el momento en que el amigo valenciano y un servidor pusimos los pies en tierra, miramos asombrados a nuestro alrededor; esa reacción no era exagerada, porque nos encontrábamos en medio de la nada y sin que hubiese el menor signo de la población a la que íbamos; eso sin olvidar que todavía era de noche.

Nuestro desespero duró poco gracias a que en un país como la India siempre hay alguien dispuesto a ganarse unas rupias; estarás trepando por la ladera de una montaña en el fin del mundo, y en cuanto pienses que necesitas descansar llegarás frente a un chiringuito en el que te venderán algo para comer y beber.

De pronto vimos a un hombre que se dirigía hacia nosotros cruzando la carretera; era el conductor de un triciclo “auto-ricchó” que estaba aparcado en el lado contrario oculto tras unas matas; además, ¡Oh, maravillas!, tenía un vaso de chai en la mano. Efectivamente, aparte de aquel taxista que madrugaba todos los días y esperaba pacientemente la venida de un autocar que a veces pasaría sin detenerse ni dejar algún posible cliente, junto a su vehículo había uno de esos tenderetes que mencionaba antes, construido con adobe y cañas, y que servía también de vivienda al tipo esmirriado que nos preparó un buen chai mientras su perrito trataba de seducirme con mil carantoñas.

Quizás será mejor que lo diga de una maldita vez: Nos dirigíamos a una ciudad histórica llamada Bundi, que por cierto se hallaba a seis kilómetros de allí, y a la pensión “Uma Megh Haveli” en la que ya teníamos reservadas sendas habitaciones.

Tras hacer un infructuoso esfuerzo buscándole la traducción adecuada a la palabra “haveli”, nombre que en el Rajastán se da a muchos hoteles que se hallan en edificios antiguos, al fin me he decidido por palacete. Me encanta la exótica arquitectura de este estado, y es un placer residir en ese tipo de edificios centenarios de piedra cincelada aunque algunas veces no tengan el confort de uno moderno.

La habitación que me tocó cumplía con todas las expectativas, porque era muy amplia y tenía tres ventanales de vidrios coloreados que daban a una laguna; en realidad era una “kundh” como las que hay en muchos templos del sur, pero en este caso la “piscinita” medía doscientos metros de largo por cien de ancho.

Al despertar a media mañana descubrí boquiabierto dónde estaba. Nos hallábamos en la parte antigua de Bundi y había pocos edificios que rompiesen con el encanto de las havelis. Tras la laguna no había más edificios y se veía un montículo vestido de verde. Lo del lado contrario era más impresionante; me refiero al fuerte de dimensiones colosales, al que también se podría denominar cómo palacio, que se levantaba por encima de la ciudad y en la cumbre de una colina rocosa. Al no ser yo un poeta, no trataré inútilmente de describir ese decorado, y os aconsejaré que busquéis Bundi en internet.

En cuanto a mi habitación en la “Uma Megh Haveli”, podéis verla en “Una cerveza con Toni Ródenas”: Fijaos en las columnas de roca labrada, y en la tarima que hay junto a las ventanas para contemplar la puesta del Sol confortablemente sentado.

Completaré la imagen de Bundi mencionando a la fauna, a las muchísimas ardillas que corren por todos lados, a las ya esperadas y ruidosas bandadas de loros, y a los cerdos de largos morros que en esta población mayormente de brahmanes no pertenecen a nadie; también estaban por supuesto las vacas, y las tribus de macacos que se han adueñado sobre todo del fuerte y obligan a los visitantes a llevar una palo en la mano para defenderse de sus ataques: Como sería de esperar, junto a la entrada hay un hombre que se gana la vida alquilando palos.

Al ser Bundi una perla, nos encontramos de nuevo con “la turisma” que en Mathura y Ujjain había brillado por su ausencia. Otra peculiaridad de esa población es que continúa teniendo las cloacas abiertas como en la India que yo conocí hace treinta y cinco años, y el concierto de “olores” llega a ser muy variado.

THE HINDUSTAN TIMES

  • Igual que si se tratase de la “Ley Seca”, anteayer un contrabandista de vacas murió en un tiroteo con la policía cuando en un control de carretera trataron de detener la camioneta que conducía.
  • Durante el año 2015 la polución del aire mató a más de medio millón de indios.
  • Siete misioneros cristianos fueron arrestados por “forzar” la conversión de unos hindúes a los que ahora obligarán a reconvertirse: ¡Ja!
  • Lo dijo el Señor Lobo: “No deja de aumentar el fanatismo y la locura hinduista”.
  • El Gobierno del Rajastán ha tomado la “democrática” decisión de prohibir que se pueda denunciar a los funcionarios sin el expreso permiso gubernamental.
  • El de Madhya Pradesh ha aprobado una ley por la que se condenará a muerte a quienes violen a menores que tengan menos de doce años. Esta noticia apareció al día siguiente de que un padre violase a su hija de siete años.
  • Un autocar que se dirigía desde Delhi a Dharamshala terminó parando ante una comisaría de policía cuando así lo exigieron los pasajeros debido al hedor que desprendían los calcetines de un hombre que se había negado a librarse de ellos.

SUCESOS

  • Un enjambre de abejas enloqueció debido al ruido de un dron con el que se estaba filmando una ceremonia oficial, y creó el caos atacando a la multitud.
  • Si algún día venís a la India no deis por sentada la aparente placidez de las vacas y sobre todo de los toros sagrados que corren por la calle, pues os podría suceder como a una turista argentina a la que un toro mandó a la pira funeraria, o como a un francés de setenta y cinco años que la semana pasada terminó en el hospital de Jaisalmer por unas razones parecidas.
  • Un tigre atacó e hirió en la pierna a un guarda forestal a las afueras de Bhopal; él era un buen profesional y, a pesar de tener un hacha en las manos, se limitó a utilizarla para asustar a la pantera golpeando sobre el suelo como hacen los guías de Chitwán con un palo.
  • Cerca de Rishikesh un hombre usó el mismo sistema con menos suerte intentando ahuyentar a un oso negro del Himalaya, animalito con mal carácter que le arrancó literalmente la cara antes de que sus chillidos atrajesen a otra gente. – En Mathura vi a un macaco que, tras robar una de las sandalias que alguien había dejado junto a la entrada de un templo, le pegaba mordiscos hasta destrozarla completamente.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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