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La crónica cósmica. Mi lugar favorito de este país

¡VIENE UN RINOCERONTE! – Parque Nacional de Chitwán, Nepal. He regresado por enésima vez a Sauraha, mi lugar favorito de este país del que me fui al pasado mes de febrero. Podría titular esta crónica plagiando la canción “La vida sigue igual” como hice el año anterior ya que, aparte de algunas nuevas edificaciones de ladrillo que van apareciendo entre las aldeas de adobe y caña de la etnia Tharu, poco ha cambiado.

Lo que sí ha aumentado recientemente es el turismo, que va recuperando su flujo normal tras el COVID-19. El mayor número de visitantes son los chinos. Hasta ayer tuve de vecinas a un par de jóvenes campechanas esa nacionalidad que se ganaban la vida y pagaban los viajes como influencers en redes sociales.

Yo, por supuesto, me hospedo de nuevo en la cabaña del Oso Perezoso de la Tharu Lodge, mi domicilio habitual desde que en el 2009 descubrí Sauraha, en cuya puerta sigue luciendo el simpático error de “beer” (cerveza) en vez de “bear” (oso).

Es un lugar que sigue cargado de una gran placidez que no se ha visto alterado por el creciente tráfico motorizado de la población que va suplantando al de las bicicletas.

Esta semana se ha celebrado la festividad de Dashain o Dusserah y una multitud de nepaleses han abarrotado Sauraha. De todos modos, después del ruido y la polución de Delhi y Katmandú, se aprecia más el aire limpio y el silencio.

En esta ocasión llegué cuando empezaban a recolectar la cosecha veraniega y las casas se han ido llenado de sacas de arroz y mazorcas de maíz y los patios se han convertido en espectaculares pajares. Ahora ya están plantando la mostaza invernal, cuyas bonitas flores cubrirán los campos de amarillo.

Al alimentarme con el arroz que cultiva la familia con la que convivo, siento una satisfacción que podría denominar de ecológica, pues es una comida que llega a mi plato sin tener que viajar (expresión que usó una campesina pirenaica refiriéndose al ternasco que iba a servirme). E igual me sucede con la deliciosa agua que bebo, pues la extraigo del subsuelo con una bomba manual.

Una chica ucraniana que pasó por aquí opinó que mi plan de vida era totalmente real, y no virtual. Lo mismo podría decirse de la verdura que produce el huerto biológico que queda junto a mi cabaña, que, ya sean las zanahorias, los pimientos o la coliflor, tienen la mitad de tamaño y el doble de sabor que los de mi pueblo.

Lo que tampoco ha cambiado en Sauraha es la presencia de rinocerontes; raro es el día en que no se oiga el grito: “¡Viene un rinoceronte!”. El más popular de esos grandes paquidermos es un macho de siete años con el que yo jugaba cuando, siendo solamente un pequeño cachorro, se quedó huérfano.

Gracias a ser cuidado amorosamente por los guardas del Servicio Forestal, se acostumbró a relacionarse con los humanos y ahora se pasea tranquilamente por la calle entre la gente y los vehículos.

Ayer, siguiendo unos senderos por una parte de la jungla que poca gente conoce en la está prohibido adentrarse, por lo que sigue siendo solitaria, llevé de excursión a un amigo gallego y a su novia malaya.

Al regresar a la población, mientras tomábamos chai en la cafetería de una familia tibetana que conozco desde hace años, mi amigo rinoceronte apareció a pocos metros de nosotros saliendo del jardín de un hotel donde había estado comiendo unas tapitas de flores. Al ver comer a un rinoceronte siempre lo comparo con una eficiente cortacésped.

Valga clarar que no todos los rinocerontes son igual de pacíficos, y aquí van unos ejemplos. Tres meses atrás, uno de ellos mató a un tipo con el que yo me cruzaba habitualmente durante mis paseos. La semana pasada le sucedió igual a un campesino que se enfrentó a un rinoceronte que diezmaba sus arrozales: el hombre acabó prácticamente partido en dos. Más suerte tuvo el padre de la familia con la que vivo, que sí consiguió mantener alejado de sus campos a un gran macho.

Cerraré esta sección mencionando que otoño es la mejor época para visitar Chitwán porque, tras los monzones, las temperaturas son ideales, el cielo permanece siempre azul y las llanuras de este gran jardín lucen sus mejores galas.

PASO A PASO – Bangkok, Tailandia. Otoño de 1987. Continúa de la crónica anterior. Aunque en aquel entonces Khao San Road solamente se parecía ligeramente al gran centro comercial que es actualmente, ya era un mundo aparte habitado por tres castas distintas de las que, sin duda alguna, la de los turistas destacaba por su número.

Le seguía de cerca la de los tenderos, los camareros, los cocineros y, sobre todo, la de los vendedores que, desde los chiringuitos sobre ruedas que instalaban a lo largo de las aceras, ofrecían cuantos productos pudiesen interesar a los extranjeros.

La tercera casta agrupaba el comercio de la carne: docenas de chicas, pero también chicos y niños, se dedicaban a la prostitución por unos precios muy asequibles. Para ofrecer sus servicios compartían mesa en bares y restaurantes charlando tranquilamente con los turistas.

Gracias a que el antiguo Siam no había sido colonizada por los misioneros bíblicos, los tailandeses no menospreciaban a quienes se dedicaban a la prostitución y en cualquier familia podría darse el caso de que una hija trabajara de dependienta y otra hiciese de puta, o que la esposa del alcalde de un pueblo se hubiera dedicado a tal oficio antes de sentar cabeza y convertirse en madre; hecho que sería del conocimiento general entre la población sin que por ello se la señalara con el dedo o fuese criticada.

Los intereses de los tres grupos sociales comportaban que la marcha y el jolgorio descansaran pocas veces en Khao San Road, donde la vida continuaba las veinticuatro horas y donde en la mesa de una cafetería pudiesen coincidir un madrugador, que estaría tomando su desayuno, con un juerguista que apurara sus últimas copas junto a una putilla que le acompañaría a la cama.

La pregunta que se repetía por doquier sonaba más o menos así: “Eh, tío sexy, ¿tienes chica para esta noche?”. Quienes hacían tal pregunta eran, generalmente, jóvenes y preciosas muñecas que hubieran logrado tentar hasta a San Francisco de Asís, pero no a mí porque los pocos días que estuve en Bangkok los pasé mayormente en la cama sufriendo los más desagradables retortijones de estómago, dolencia que parecía agravarse las pocas veces que me atreví a salir a la calle, donde al bochorno lo acompañaban los aromas de las diferentes fritangas que desprendían los hornillos de los diversos chiringuitos provocándome nauseas.

Así, a pesar de babear ansiosamente ante la belleza de las muchachas tailandesas, mi estado de salud no me animaba a seguir los instintos de mi cuerpo, y pasé la mayor parte del tiempo en la soledad de mi habitación consiguiendo que, en aquella primera visita a la ciudad, prácticamente no viese nada de ella.

Faltado siempre de cualquiera de las guías para viajeros que todos los turistas usaban, yo no tenía la menor idea de cuál sería mi camino porque no sabía absolutamente nada del país que pretendía visitar. Quien se encargó de orientarme un poco fue un italiano con barba de cuatro días y cara de chico malo a quien conocí en la terraza de mi pensión.

Se llamaba Mauro y antes de presentarse ya me estaba pasando un porro de maría tailandesa. Increíblemente, lo rechacé alegando mi miserable estado de salud. “¿Has cogido algún virus tropical?”, me preguntó preocupado. “No, solamente sufro una sobredosis de los fármacos occidentales que se encargaron de curarme la infección del pie pero que también se cargaron a mi frágil estómago”.

“Acerca de Tailandia, la cosa es muy simple”, me explicó el italiano; “si vas al norte encontrarás selvas y opio, mientras que en el sur hay unas maravillosas islas tropicales, además de mucha marihuana y poca policía.

En Koh Samui, por estar ya un poco explotada, tendrás cuantos servicios desees, o sea chicas y discotecas además de periódicos y otros productos europeos.

Al noroeste de esta isla está la de Koh Phangan, que es mucho más virgen y sólo se puede llegar a la mayoría de sitios en barca porque, aparte de alguna pista, no hay carreteras; pero lo más importante es que tampoco hay ni un policía.

La tercera isla, más alejada, se llama Koh Tao, y es una lujuriante selva a la que solamente podrás llegar si algún pescador acepta llevarte.

Puedes ir hacia el sur en tren o en autocar. Al hacerse el trayecto durante la noche, es más cómodo ir en tren y con litera; pero deberás hacer la reserva con antelación y desplazarte hasta la estación.

Por el contrario, para el autocar de aire acondicionado, con servicio de comida y bebida y un aseo donde fumar porros si te apetece, te venderán el billete en esta misma pensión, donde te recogerá un minibús y para llevarte a la terminal. Has de pedir por el autocar que va a Surat Thani y desde allí tomar uno de los transbordadores que cruzan hasta las islas”. Continuará.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Ser supersticioso trae mala suerte.
  • Quienes afirman que la primera vez de lo que sea es lo más más se olvidan de los nervios, la inseguridad y del casi seguro pésimo resultado que acompaña esta primera vez.
  • Para morir satisfecho has de aprobar todas las asignaturas de la universidad de la vida, y es esencial haber gozado y sufrido el amor y la relación de pareja.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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